Silvia, dueña de una cafetería.

Silvia, dueña de una cafetería.

Estilo de vida

Silvia, hostelera: "Tienes que vender muchos cafés para que te compense tener un trabajador por 2.000 € al mes"

El testimonio de la empresaria ejemplifica las dificultades de los autónomos para contratar personal.

Más información: Confirmado por Hacienda: "Si tus padres te envían dinero, no importa si son 5 o 300 euros, hay que declararlo"

Publicada

En España abrir un bar sigue siendo, para muchos, un negocio rentable, o incluso un sueño. Pero detrás de la barra hay una contabilidad ajustada al milímetro.

Silvia, autónoma y dueña de una cafetería en Barcelona, resume la tensión diaria con una frase directa: "Pagar a una persona es carísimo".

Regenta su negocio desde 2009. Primero se trataba de un negocio familiar y, con el tiempo, pasó a sus manos.

Desde entonces vive la cara menos visible de la hostelería: márgenes estrechos, costes fijos elevados y jornadas que no entienden de festivos.

En un país con más de 180.000 bares, según datos recientes del sector, la competencia es enorme. Pero también lo es la exigencia. Cada café vendido sostiene una estructura de gastos que muchos clientes desconocen.

La inversión invisible

Montar un bar no empieza con la cafetera, sino con una cifra. Reformas, licencias, maquinaria y traspasos pueden disparar la inversión inicial.

En el caso de la familia de Silvia, la entrada al negocio costó 33.000 euros en 2009, una cifra moderada dentro de una horquilla que hoy puede superar los 100.000.

Esa inversión es solo el primer paso. A partir de ahí llegan alquileres, suministros, proveedores y seguros. La caja diaria no es beneficio, también es combustible para mantener la persiana levantada.

Silvia explica que su local se ha especializado en menú del día, lo que le ha permitido diferenciarse en su zona. No tener competencia directa cercana le da estabilidad, pero no elimina la presión de cuadrar cuentas cada mes.

Camarera sirviendo comida.

Camarera sirviendo comida.

La hostelería, subraya, es un negocio de volumen. Se gana poco por unidad y se necesita vender mucho. El margen se construye a base de repetición: desayunos, menús, cafés, refrescos. Un flujo constante que exige presencia física casi permanente.

El coste de contratar

El punto más delicado, según la autónoma, es el personal. No solo por la dificultad de encontrar trabajadores dispuestos a asumir horarios exigentes, sino por el impacto económico que supone cada contrato.

"Pagar al personal es carísimo. El sueldo de una persona son unos 1.300 euros, más la Seguridad Social, se te va a 2.000", afirma. Es un gasto fijo que entra cada mes, haya más o menos clientes.

La matemática es sencilla y dura. "Solo una persona. Si tienes dos, son 4.000. Tienes que trabajar mucho y vender muchos cafés para que te salga rentable", añade. Cada empleado implica un umbral mínimo de facturación que obliga a mantener el ritmo.

Este coste condiciona decisiones diarias: horarios, días de cierre, refuerzos en temporada alta. Muchos pequeños hosteleros optan por trabajar ellos mismos más horas para reducir plantilla. El ahorro se paga en cansancio.

Vivir tras la barra

La imagen romántica del bar de barrio choca con la rutina real. Fines de semana trabajados, festivos abiertos y jornadas largas forman parte del paquete. Silvia lo asume como parte del oficio, pero reconoce que no es un negocio fácil.

El bar no se apaga cuando se va el último cliente. Después llegan compras, limpieza, contabilidad y planificación. Ser autónoma implica ser camarera, gestora y encargada al mismo tiempo.

Aun así, sigue detrás de la barra. El trato con los clientes habituales y la sensación de negocio propio compensan parte del desgaste. La rentabilidad, insiste, existe, pero exige constancia extrema.

Su testimonio refleja una realidad extendida en la hostelería española: negocios pequeños que sobreviven gracias a un equilibrio frágil. Cada café vendido sostiene más que una taza. Sostiene un proyecto de vida.