Uno de los quioscos de Málaga que han participado en este artículo.
La agonía de los quioscos de prensa en Málaga: "Cada vez que muere una persona mayor, pienso que pierdo un cliente"
Varios quiosqueros de la capital subrayan la decadencia de la venta de periódicos en papel y muchos piensan en jubilarse y cerrar el negocio.
Más información: El día a día de los monitores de Aspandem para ayudar a personas con discapacidad intelectual
Los propietarios de varios quioscos atestiguan la situación precaria que viven a día de hoy en Málaga. Caminar por cualquier calle, con rumbo fijo o sin él, encontrarse a una persona con el periódico bajo el brazo y sentir una sensación extraña.
Es 2026, sí, pero quizá más de un viandante lo pone en duda cuando se encuentra ante esta estampa. Leer el periódico en papel casi ha abandonado la categoría de “vintage”, para introducirse en la de obsolescencia. Tampoco supone un gran problema dudar por un momento en qué año se encuentra uno, tan sencillo como sacar el móvil del bolsillo para consultar la fecha. Ese mismo dispositivo que también sirve ya para leer la prensa.
Los diarios son uno de los fieles reflejos del cambio de los tiempos, pero en ese trasvase hay quien empieza a quedarse atrás. Entre ellos, los propietarios de los quioscos. No son personas ajenas a la realidad, aunque permanezcan en pocos metros cuadrados, en solitario, la mayoría de su jornada.
Están ahí, al lado de nuestras casas, desde hace décadas, y como todo aquello que se da por hecho, cuando se marchen quizá se les añore, ¿serán eternos los quioscos o tienen fecha de caducidad? ¿cómo vive un quiosquero hoy? Surgieron como punto de venta de periódicos y sus dueños confiesan ahora obtener la mayoría de sus ingresos con todo lo demás que tienen a la venta.
La situación roza el límite y la palabra rentabilidad ha desaparecido para no volver. Es el caso de José María, cuyo quiosco en Barbarela tiene las horas contadas: “Yo estoy aquí aguantando porque tengo una familia y dependo de esto, pero estoy buscando trabajo y en el momento que lo encuentre dejo el quiosco. Lo que no voy a hacer es cerrar ahora para quedarme en mi casa acostado”.
Que la alegría va por barrios está adherido a una realidad esquiva a este sector, pues Isabel, a pesar de encontrarse a kilómetros de distancia de José María, en la Malagueta, se da de bruces con la misma situación: “Con esto sacas un “sueldecito”, en mi caso unos 800 euros”.
Una persona junto a un quiosco en Málaga capital.
Así es, la realidad de esta profesión se encuentra hoy por debajo incluso del SMI, pero el negocio cobra un sentido más allá de lo laboral. Norma, junto a su marido, son el claro ejemplo, en Cruz Humilladero: “A mi marido si le quitan el quiosco se muere. Él, que va a cumplir 80 años, entre los papeles, hablando con la gente, es su forma de entretenimiento. Estaremos dos o tres años más”.
Mientras tanto, ella conversa al sol con sus amigas en un banco de la plaza, hastiada de la oscuridad del quiosco, a la espera de un cliente, que casi con certeza no comprará el periódico, sino que pedirá recargar la tarjeta del bus, servicio que incorporó Norma para compensar la bajada de ventas en la prensa.
Ese romanticismo nostálgico queda entremezclado con el orgullo del trabajo diario en un gremio que ya peina canas, pero a mucha honra. “No es que sea rentable, es que es mi trabajo. ¿A dónde voy ahora, después de 18 años aquí y con 55 años que tengo? ¿Me voy al desempleo y que me dé una paga el Estado? No lo veo”, defiende Isabel.
La prensa era el sustento, la base fundamental, el hilo que ejercía de atracción a todo lo demás que había a la vista en un quiosco.
Muchos jóvenes no serán ni siquiera conscientes hoy de todo cuanto ofrecen estos comercios, pero en el pasado uno se marchaba de allí con el periódico y probablemente algo más. “El cliente ha cambiado sus costumbres, antes la gente venía, compraba el periódico y ya que estaba compraba unas chucherías, tabaco... ahora eso no ocurre, quien viene a por tabaco o a por el periódico sólo compra eso. El mercado se ha abierto mucho y aquí nadie mira por el pequeño negocio”, comenta José María mientras vende una botella de agua. Sólo una botella de agua, nada más.
La globalización es un concepto presente, Málaga su fiel definición. La calle Marqués de Larios es el asistente silencioso a una transición que ha abandonado a su suerte a la identidad de la ciudad. Las tiendas, cada vez de mayor prestigio y menor personalidad, se hacen con sendas aceras de la calle. No queda espacio para los malagueños entre idiomas distintos que se apoderan de ella. Menos para Arturo.
Su quiosco es el quiosco, pues uno no puede ir allí a buscar tabaco o chucherías. Revistas y periódicos, simple y llanamente. Se mantiene como un reducto entre tantos portales en los que nadie habita ya en largas temporadas: “La mayoría de clientes que tengo no son de aquí, muchos viven en barrios y se nota sobre todo los días de fiesta porque los quioscos suelen cerrar y vienen aquí, pero es cierto que mis clientes habituales de Larios han ido desapareciendo”.
Esta calle tiene impregnado en su mármol blanco el concepto de nostalgia, pero todavía no se ha apagado del todo, pues sigue manteniéndose como el corazón que bombea oportunidades, utópicas en el resto de la ciudad. “Sería una locura montar un quiosco sólo de prensa en cualquier otra calle, eso sólo es factible en Larios por la afluencia de gente que hay”, confirma Arturo.
Todavía se puede resistir a base de clientela fiel, como le sucede a María Jesús, que vende entre 50 y 60 periódicos en su quiosco de El Limonar. También hay quien está cerca de perder el sentido propio del negocio, como Norma, que no vende más de 4 periódicos diarios, a veces incluso ninguno, a pesar de gozar de una ubicación inmejorable en Cruz Humilladero. Ambas responden con un suspiro ahogado cuando rememoran la cantidad de prensa que vendían en el pasado. Era todo distinto; más feliz para ellas.
Por casualidad, destino o, lo que es más probable, por merecimiento tras años de trabajo en arduas jornadas laborales, muchos propietarios de estos comercios afrontan la vía sin salida del negocio con la jubilación llamando a la ventanilla de sus quioscos. Pero hay quien debe buscar una nueva vía, esta vez sí con salida, durante los años de trabajo que le restan.
El quiosco Arturo sobrevive gracias a estar en la calle Larios.
María Jesús atiende en su quiosco por las mañanas, tachando los días para cerrar con vistas a dos años, para poner fin a más de 40 años al frente de su negocio. Sin embargo, por las tardes está su hermana, más joven, al frente, y ella no podrá mirar a los ojos de la jubilación de manera tan cercana.
Continuar como quiosquera por mucho más tiempo supondría un error, María Jesús aclara que “es muy complicado con la cantidad de impuestos que hay”, pero prefiere tomarse con humor la situación de su hermana: “Ella no sé qué hará, igual es casi mejor que se vaya a casa y cobre el desempleo (entre risas)”.
Confrontar la pena con la alegría es el calmante más antiguo que permite afrontar una realidad dolorosa, y la risa de María Jesús no deja de ser la máscara de una queja por la irrefrenable llegada del final para un sector que, abriendo las calles, ha formado parte casi religiosa de la rutina mañanera de cientos de personas.
Aquellos que deseen continuar con su quiosco tendrán que hacerlo con actitud valiente o suicida, según se mire. Lo que no queda claro entre quienes conocen la prensa en papel como el jardín de su casa, es si será eterna, o los quioscos tendrán que claudicar ante la sin razón de su origen para garantizar su viabilidad.
Kiko, con su quiosco en Echevarría a la espera de un cierre casi inminente, tiene claro que “cuando la gente de 60 o 70 años no esté, el papel también se marchará”. José María y Norma se suscriben a este final que, de suceder, tendrá hasta un punto apocalíptico.
Kiko, Norma, María Jesús y José María se marcharán en breve, pues asisten maniatados a la muerte lenta de su profesión, de una parte de su vida, con un sentimiento sin morfina posible, que define Kiko en nombre del gremio: “Cada vez que se muere una persona mayor, yo pienso que pierdo un cliente, así que esto se acabará”.
Fernando López Sierra es estudiante de la facultad de Periodismo en la Universidad de Málaga y participa en la sección La cantera periodística de la UMA a través de la cual EL ESPAÑOL de Málaga da su primera oportunidad a los jóvenes talentos.