Escribí hace un par de semanas sobre la necesidad de seguir hablando con los demás, sobre el placer de conocer a otras personas mediante una conversación inesperada e improvisada, y hoy quiero contar mis experiencias con las citas a ciegas, un concepto que todo el mundo asocia al ámbito de las relaciones personales y de la búsqueda de pareja -estable u ocasional-, pero que se puede ampliar al terreno profesional e intelectual con consecuencias realmente valiosas.
Pero mi primera vez fue con una chica, claro. Yo tenía 26 años, vivía con mis padres, era económicamente independiente y mi madre veía con creciente preocupación mi vida disipada, mis entradas y salidas, mi estancamiento en el furgón de cola de mi responsable grupo de amigos, todos ya con trabajo estable, calendario nupcial, piso comprado a plazos y perspectivas de incorporación casi inmediata de nuevos miembros al núcleo familiar. Es decir, el escenario soñado por casi cualquier madre para sus hijos, antes y ahora.
Así que mi madre no dejaba de hablarme de la hija de una amiga, segura de que íbamos a encajar bien. Mi madre había hecho de casamentera para media Málaga, así que estaba deseando poner a prueba sus habilidades con su hijo pequeño y díscolo.
Y de repente llegó su oportunidad, cuando menos lo esperaba: venían Les Luthiers a Málaga, al Teatro Cervantes, yo andaba corto de dinero, y cuando la necesidad aprieta surge la opción de buscar soluciones imaginativas.
Hablé con mi madre, y con toda la cara del mundo le pregunté si me pagaría las entradas (en butaca de patio, claro) si iba a ver a Les Luthiers con la hija de su amiga: en décimas de segundo tenía en mis manos un billete de 5.000 pesetas (de hace 30 años) y el teléfono fijo de la casa de la amiga de mi madre, porque no había móviles, por supuesto, y tuve que llamar y preguntar por ella y concertar la cita. Y eso hice.
El día de autos yo estaba en la puerta del Teatro Cervantes nervioso y preguntándome qué hacía allí. Cada vez que se acercaba una chica más o menos de mi edad me quedaba mirando con una mezcla de expectación y pánico, porque no estaba nada seguro de que aquello pudiera salir bien.
Así que cuando apareció Silvia, con sus radiantes 29 años, espléndida, elegante, simpática y guapísima -no hay el menor atisbo de machismo en esta descripción: todos los adjetivos que pueda utilizar para describirla se quedan cortos-, en ese momento quise que me tragara la tierra porque había un abismo entre los dos, y era demasiado evidente.
Lo pasamos muy bien con Les Luthiers -es imposible pasarlo mal con ellos- y luego nos fuimos a tomar algo. Mientras ella se pedía un par de zumos yo me bebí tres copas, pero la conversación fue divertida y la verdad es que pasamos un buen rato.
Creo que los dos vivimos un momento para recordar y, de hecho, cuando nos cruzamos por la calle unos meses después, estuvimos hablando más de media hora con simpatía sincera.
Gracias a mi madre he estado al tanto de su vida, y desde luego no he olvidado aquel momentazo cuando ella apareció en la puerta del Cervantes y yo me quedé paralizado con cara de panoli de película española de los 70.
Tuvieron que pasar unos cuantos años antes de volver a la carga. Y lo hice para conocer a gente que me llamaba la atención en las redes, en Facebook o Twitter o LinkedIn.
Así fue como José Aníbal Campos, traductor de Gregor von Rezzori al castellano, entre otras muchas cosas, fue a recogernos a mi mujer y a mí a un andén de Viena, a finales de diciembre de 2015, para enseñarnos parte de la ciudad.
Y así fue como, gracias a ese desparpajo genuino, pude conocer a gente tan enriquecedora como José Manuel de la Chica, Sergio Jiménez, Andreu Navarra, Manuel Alejandro Hidalgo, Jorge Díaz Lanchas, Enrique Bocanegra, Borja Barragué, Sergio Torrejón, Gerard Espuga, Alfredo Romeo, Carlos Ares o Manuel García Rodríguez.
A este último, brillante ingeniero de telecomunicaciones, le seguía en LinkedIn y le animé para publicar un artículo en Auditoría Pública, la revista de las Cámaras de Cuentas autonómicas.
Así lo hizo y en poco tiempo formamos un muy bien avenido matrimonio profesional, él ingeniero (ahora en el Banco de España, nada menos) y yo economista, que nos permitió publicar unas cuantas cosas juntos y dar conferencias y diversos cursos de formación especializados en el uso institucional de las nuevas tecnologías. ¡Eso sí, tardamos un par de años en conocernos en persona!
En Berlín, adonde tuvimos la enorme fortuna de poder viajar en la primera semana de julio de 2020, cuando levantaron fugazmente las restricciones a los viajes turísticos, arrastré a toda mi familia a un par de citas a ciegas gestionadas por las redes.
La primera con un joven periodista granadino que colaboraba con el Berliner Zeitung, y la segunda, en una cervecería enorme al aire libre, con José Miguel Calatayud, periodista freelance, que nos contó con detalle su cobertura de la guerra de Sudán del Sur y la exclusiva que logró en Ruanda infiltrándose en una cárcel para entrevistar a un empresario español acusado injustamente por el gobierno. En casa aún lo recordamos.
Hay más nombres, pero me gustaría hablar de otro asunto. Por desgracia, no he podido repetir el esquema con mujeres, porque hay una desconfianza lógica y comprensible causada por las malas acciones protagonizadas por varones imbéciles -ya saben: not all men, but always a man-, porque demasiados hombres siguen sin saber distinguir los límites, y confunden un gesto de amabilidad con una señal de algo que sólo existe en sus cerebros desquiciados.
Así que he preferido ser prudente a provocar malentendidos o dar explicaciones por adelantado que ya de por sí suenan mal. Pero hay una excepción: la excepcional Nuria Castaño, lectora voraz y amiga fantástica, a quien seguía en Facebook, que en Oviedo no sólo desayunó conmigo en uno de mis viajes de trabajo, sino que además me regaló una caja inolvidable de suculentas moscovitas. Aunque el regalo fue ella, claro.
Nunca he utilizado aplicaciones de citas, ni chats, ni Tinder ni nada parecido. No me gustan y creo que automatizan un proceso -el de conocer a alguien que nos interesa- evitando esos pasos previos que permiten, precisamente, identificar si la otra persona nos va a gustar o no, si se encaja, se comparten ideas y aficiones y ciertos gustos, si hay una conversación que se puede prolongar en el tiempo más allá del fogonazo inicial.
Cuando Manuel García y yo contamos -lo hacemos siempre- que LinkedIn fue nuestro Tinder profesional, la gente se ríe, pero es cierto. Y puedo decir que mantengo el contacto con todas las personas que he mencionado, y que me avisan si vienen a Córdoba o Málaga para vernos y tomar unas cervezas y ponernos al día.
La vida se expande de la mano de estas amistades provocadas. Hacer de las redes una pocilga o un infierno sólo beneficia a quienes se encuentran cómodos viviendo así.