Pues no, no he leído ni La Odisea ni La Ilíada, y cuando escucho la palabra ‘Homérico’ mi cabeza se va a la casa de mi buen amigo Alejandro Rubio, a la que fuimos hace ya cuarenta años Francisco Abilio Ruiz de Brito, José Manuel Aranda y un servidor a ver en VHS nada menos que El hombre tranquilo, aquel peliculón de John Ford, con John Wayne y Maureen O´Hara.

Todos recordamos que, tras una noche de bodas conflictiva, marcada por las discusiones y el desencuentro, llega a la casa de los recién casados una camarilla de gentes del pueblo, de Innisfree, y que al ver la cama matrimonial destrozada en el suelo, el cochero borrachín llamado Michaleen Oge Flynn proclama, entre pícaro y asombrado: “Impetuoso, homérico”.

Pero La Odisea, la película de Nolan, ha inundado los cines y mis hijos querían verla, así que nos fuimos los tres a disfrutar del espectáculo. Antes sólo habíamos ido los tres varones de la familia juntos a ver la última de Torrente, y aunque hemos visto muchas películas de calidad en casa, mi currículum cinematográfico con ellos en pantalla grande merecía un giro de guion.

La película dura casi tres horas, tuve ganas de aplaudir al final, y salimos tan entusiasmados que me los llevé a cenar al Moriles Ribera, en Córdoba, claro, donde comimos croquetas, ensaladilla rusa, patatas bravas y un flamenquín sin hablar de la película, porque teníamos hambre, sí, pero también porque necesitábamos reposar lo que acabábamos de presenciar.

Pocos días antes de ir al cine me llegó, a través de Nani Soriano, a la que llevaba tiempo sin ver, un artículo de Ana de Palacio publicado en El Mundo al hilo del estreno de la película de Nolan. La bolsa de los vientos, se titula. De Palacio fue Ministra de Asuntos Exteriores, y de su artículo me gustó particularmente este párrafo, que completa una lectura en clave personal sobre la fatalidad, las enfermedades, el destino y el carácter. “Cualquier biografía puede resumirse en unas líneas: lo que la convierte en vida son los desvíos, las pruebas, los encuentros, las pérdidas y cuanto irrumpe sin figurar en el itinerario previsto”. Una lección de vida a partir de Homero y de Nolan.

También leí la entrevista que hizo Xavi Ayén a Irene Vallejo -la autora de El infinito en un junco- y que se publicó en La Vanguardia un día antes del estreno. Vallejo es asombrosa, sus declaraciones están cargadas de amor a los clásicos, a la cultura y a un concepto amplio de la idea de civilización que suscribo, y habla del carácter humano de los grandes héroes clásicos de los que bebe toda la tradición literaria y de ficción occidental.

Y en esa entrevista podemos descubrir que, para Irene Vallejo, “en La Odisea los personajes ya no se mueven por la gloria, aman más la vida, y hay un momento en el que Odiseo baja al infierno y se encuentra con Aquiles. Y Aquiles le dice que se ha arrepentido y que le gustaría estar vivo, que no le importa nada ser el guerrero más glorioso y ser el rey del mundo de los muertos, que preferiría volver a la Tierra aunque fuera como labriego a las órdenes de otro”. Otra lección de vida para dirigentes capaces de todo con tal de pasar a la Historia, incluso a destruir todo el camino que hemos recorrido más o menos juntos, hasta ahora.

No quiero dejar de mencionar el texto que publicó en El País el embajador griego en España, Apostolos Baltas, en el que aprendí no sólo el origen griego de la palabra ‘nostalgia’, sino también la interesante lectura contemporánea de la ley de Zeus que recorre toda la película de Nolan: “el espectador disfruta de un mundo donde, pese a las adversidades, prevalecen la vida y la voluntad de servir al bien común. Un mundo donde la ley de Zeus, el carácter sagrado de la hospitalidad hacia el extranjero, permanece inviolable”.

En esta misma idea insiste Shlomo Ben Ami, ex embajador de Israel en España, ex Ministro de Asuntos Exteriores de su país, al que tuve la oportunidad de conocer en persona hace muchos años, cuando la Universidad de Málaga aún no organizaba los Cursos de Verano que ya hacían furor en otras instituciones académicas, y siendo un estudiante inquieto se me ocurrió -con otros compañeros, claro- poner en marcha unos cursos magistrales, uno de los cuales versó en torno a la convivencia en el Mediterráneo, con el apoyo institucional de la Fundación de las Tres Culturas y su entonces director, Bernardino León Gross.

Ben Amí, en La Vanguardia del jueves 13 de agosto, publica un texto oscuro pero luminoso, titulado Un Odiseo para nuestros tiempos. Recurre al estudioso Erich Auerbach para hablar de Homero y de la Biblia: “la Biblia no dice nada del viaje de tres días de Abraham al monte de Moria para sacrificar a su hijo por mandato de Dios (Génesis, 22:1-19), un viaje que debió ser una odisea de tormentos y sufrimientos inconmensurables”.

Ese episodio del sacrificio finalmente detenido de Isaac me marcó profundamente cuando leí la Biblia en mi infancia, así que me enganché de inmediato al texto y sus recovecos. Porque, además, Ben Ami conecta con lo que escribe el embajador griego, una coincidencia llamativa: “La ley de Zeus, en la Odisea de Nolan, no se hace eco de Homero, sino del Levítico 19:34: ‘Al extranjero que resida entre vosotros lo trataréis como un nacido entre vosotros. Amadlo como a vosotros mismos, pues vosotros fuisteis extranjeros en Egipto’. Y se hace eco de Mateo 7.12, cuando Jesús dice: ‘En todo, haced a los demás lo que queráis que os hagan a vosotros, pues esto resume la ley y los profetas’”.

La película de Nolan es espléndida, y el director domina los saltos en el tiempo, los viajes entre el presente y el pasado, la realidad y los recuerdos. Cada uno puede sacar su propia lección de vida, su propia lectura, más allá de las tres horas de entretenimiento garantizado.

Nolan no sólo consigue traer al presente y enseñar a los más jóvenes todo lo que debemos a los clásicos, al mundo griego y romano. También tiene la virtud de proponer una reflexión sobre la vida, el destino, las decisiones, las consecuencias, los remordimientos, el sufrimiento, el amor, la traición, la lealtad, la codicia, las mentiras, el sacrificio, la culpa, la redención.

Tengo una larga conversación pendiente con mis hijos. Al fin y al cabo, tienen la edad de Telémaco, hijo único de Odiseo y Penélope, algo que ni me había planteado cuando empecé a escribir este artículo. Una circunstancia mágica, una coincidencia homérica.