Mateo entró en la consulta mirando el móvil. Se sentó sin levantar la cabeza mientras Elena, su madre, explicaba: No sé qué haremos cuando empiece el colegio. Se acuesta tardísimo, duerme mal y ya no consigue concentrarse.

Tenía once años. Durante el verano desayunaba viendo vídeos, comía con el teléfono junto al plato y pasaba buena parte de la tarde jugando.

Mateo, guarda el móvil —le pidió Elena. —Un momento. Estoy terminando una partida. Le pregunté cuánto tiempo lo utilizaba cada día. —Lo normal; como todos mis amigos.

Cuando todos hacen algo, deja de parecer excesivo. Le pedí que dejara el teléfono sobre la mesa. —No quiero quitarte la tecnología —le expliqué—. Quiero devolverte todo lo que está desplazando.

Mateo no era una excepción. Su historia, con diferentes nombres y edades, se repite hoy en miles de hogares. Según un estudio de UNICEF España realizado con cerca de 100.000 menores, el 41% de los niños de diez años ya tiene móvil propio; a los doce, el 76%, y en Secundaria, el 92,8%. Casi el 9% de los jóvenes dedica más de cinco horas diarias a las redes sociales durante la semana, porcentaje que se aproxima al 20% los fines de semana.

La Organización Mundial de la Salud, tras estudiar a casi 280.000 adolescentes de 44 países y regiones, comprobó que el uso problemático de las redes aumentó del 7% al 11% entre 2018 y 2022. La OCDE añade que casi uno de cada tres estudiantes se distrae con dispositivos digitales durante las clases.

El cerebro infantil está en pleno desarrollo y necesita movimiento, lenguaje, contacto, juego y experiencias reales. El exceso de pantallas se relaciona con sueño más corto, sedentarismo, sobrepeso, fatiga visual, progresión de la miopía y dificultades de atención. Cuando su uso se vuelve problemático, también se asocia con ansiedad, irritabilidad, síntomas depresivos y baja autoestima.

El uso de pantallas durante la noche merece una atención especial. La luz, las notificaciones y la estimulación retrasan el sueño. Al día siguiente, el niño está cansado, aprende peor y tiene menos energía para moverse.

La Asociación Española de Pediatría recomienda evitar las pantallas hasta los seis años; limitar su utilización a menos de una hora diaria entre los siete y los doce, y a menos de dos horas entre los trece y los dieciséis, incluyendo el uso escolar.

—¿Entonces me quedo sin móvil? —preguntó Mateo.

—No. Pero el móvil dejará de decidir cuándo duermes, comes o hablas con tu madre.

Acordamos que el teléfono dormiría fuera del dormitorio, desaparecería una hora antes de acostarse y no entraría en las comidas. Entonces miré a Elena: Estas normas son para los dos. El mejor control parental continúa siendo el ejemplo.

Dos semanas después regresaron. Mateo llevaba el teléfono guardado.

—Ahora duermo antes y cenamos sin móviles —me dijo—. Al principio no sabíamos de qué hablar, pero hemos empezado a leer juntos.

Antes de marcharse, resumió el pacto: el móvil no entra en el dormitorio, las comidas son para conversar y nadie puede exigir aquello que no está dispuesto a cumplir.

Quizá esa sea la verdadera preparación para septiembre. Nuestros hijos necesitarán libros, horarios y mochilas, pero sobre todo necesitarán adultos presentes. Porque la vuelta al colegio no comienza cuando abren la puerta del aula, sino cuando toda la familia apaga las pantallas y vuelve a mirarse.