Ahora que ha decaído el frente de borrascas, las tardes dominicales invitan a salir a dar un paseo. En Córdoba, donde apenas estoy los fines de semana, como ya saben quienes me conocen y me leen, he aprovechado estos días más largos y el aumento de las temperaturas para volver a dar paseos con mi suegra, ella en silla de ruedas, porque a diferencia de la película que inspira el título de esta columna semanal, ahora las mujeres de cierta edad ya no se desplazan en cadillacs conducidos por hombres negros, sino que las salidas son mucho más prosaicas y se hacen por el barrio, por los parques cercanos, por las grandes avenidas que nunca se fueron, por las plazas y las callejuelas.
Así que mi mujer le hace a su madre un fino trabajo de peluquería y salimos los dos, más contentos que unas pascuas. Cuando mis hijos eran pequeños, en Málaga, me gustaba mucho ir a dar una vuelta a las calles del centro, con un itinerario más o menos fijo que incluía escaparates vistosos y atractivos, de juguetes, ropa, curiosidades y, lo reconozco, una célebre armería que hacía las delicias de mi hijo Daniel y de su padre, que siempre fue aficionado al tiro con carabina.
La ciudad no se había convertido aún en lo que ya es ahora, un espacio de éxito donde una posible ruta podría ser la de los establecimientos que cierran y sus nuevos inquilinos, sea la bonita Ostería Mura-Mura, que ocupa ahora un restaurante indo-thai, o aquella tienda de ropa donde ahora se venden afamadas tartas vascas de queso. En cada paseo se puede descubrir que ha cerrado un negocio pero que acaba de abrir otro, en una suerte de ruleta de la fortuna que incluye todas las cocinas del mundo, todos los sabores de los cinco continentes, pugnando por hacerse un hueco en el competido mercado local para turistas.
Con mi suegra la ruta es mucho más simple. El Parque de los Patos, para ver flores naturales, y a partir de ahí el Vial, o un camino cuesta abajo hasta la Judería, que luego hay que subir con cierto esfuerzo, o un giro rápido hacia el Bulevar, Cruz Conde y Las Tendillas, para ver el ambiente.
Con lo que más disfruta Francisca es con las flores, que adornaban con mimo y buen gusto su pequeño patio en Villanueva de Córdoba, y ahora que la primavera ha llegado y los días son más largos y luminosos, una buena ruta debe buscar esos parques donde crecen con cuidado flores como los pensamientos o los lirios y las margaritas, que ella reconoce de inmediato bajo mi atenta mirada ignorante.
En Córdoba los alquileres son asequibles y vivimos muy cerca del Corte Inglés, una zona en la que muchas familias contratan a jóvenes migrantes para dar los preceptivos paseos a sus personas mayores. He notado que, si empujas una silla de ruedas, mucha gente piensa que lo eres, solo porque vas en vaqueros y ropa y calzado cómodo.
Parece que los hijos y nietos de esos vecinos mayores apenas tienen tiempo para dar un paseo con sus padres, madres o abuelos, pero lo más curioso es que esa misma mirada identificativa la he notado también en esos paseantes contratados, estableciéndose una especie de complicidad entre nosotros, como si para ellos yo mismo fuese un Goodfellas, uno de los suyos.
Cuando vamos hacia el Vial, esa amplia avenida peatonal que transcurre sobre las vías del hoy maltrecho AVE, las miradas ya son otras. A mi suegra la entretienen los niños que montan en bicicleta, las niñas patinadoras, los perrillos ataviados con todo tipo de complementos.
La soledad es un hecho y abundan las mascotas más que los niños pequeños, y en ese desfile de mayores solitarios acompañados de sus perritos a veces tiene uno la impresión de estar asistiendo a un desfile de modelos caninos, con las correas brillantes y abrigos corporales para combatir el posible frío de las últimas horas de las tardes de marzo. Hay que proteger a los que nos acompañan.
Nos cruzamos también, claro, con mujeres mayores que salen a pasear en grupo. Algunas se ayudan ya de un andador, otras no lo necesitan aún, pero interpreto en sus miradas un anticipo de sus propios futuros. ¿Cuánto tiempo podré salir a pasear con autonomía? ¿Me veré así en poco tiempo? ¿Se preocupará mi familia de mí?
La vida son los ríos que van a dar a la mar, pero antes de ese destino que a todos nos espera hay meandros y vericuetos, etapas y etapas en las que la diferencia va a estar marcada por el cariño, el afecto y la implicación de las personas a las que has dedicado tu propia vida.
Y no todo el mundo responde igual cuando se les necesita, porque los trabajos aprietan, porque los hijos estudian, o porque es mucho más cómodo contratar a otra persona y subcontratar el amor y la compañía que ejercerlo en primera persona, estando Netflix tan cargado de novedades y de series atractivas que no nos podemos perder. Y es que, como cantaba el gran Luis de Córdoba, hasta limosna has pedío pa que tus hijos comieran / hasta limosna has pedío pa que tus hijos comieran / y ahora que ya han crecío no te quieren a su vera. El flamenco y sus verdades como puños.
Llegamos por fin al Parque de Colón, en busca de sus flores blancas y moradas, del bullicio de los niños en el parque infantil, del sonido hermoso y fundacional del agua de su fuente. Nos cruzamos con una pareja, ellos se dan la mano. En la sudadera que viste el chico identifico de lejos el emblema de la Falange: el yugo y las flechas y el cisne del cardenal Cisneros.
Cuando nos cruzamos, giro la cabeza para leer en su espalda tres palabras de hace casi cien años: patria-justicia-revolución. Sigo caminando y le digo a mi suegra que me encantaría llevarla a ver el mar. Ella no me entiende, pero siempre será preferible llevar a los niños a ver el mar que enterrar a los maestros en una fosa común. Y eso debería comprenderlo cualquiera.