Fuimos al cine a ver Yo no moriré de amor, ópera prima de Marta Matute que ganó la Biznaga de Plata en el último Festival de Málaga. Conozco a mucha gente española y muy española que sólo va al cine a ver películas de superhéroes, o de acción, donde los buenos son los buenos y los malos son los malos, sin aristas, sin medias tintas, sin sutilezas.
La vida compleja no va con ellos, y quizás prefieran esas películas estadounidenses donde todo viene mascado y cocinado de antemano porque para ellos el mundo es también así de simple, un mundo polarizado donde unos son los buenos y los malos son siempre los otros, todos los otros, como si dentro de cada persona no hubiera dudas, miedos, ambiciones, esperanzas y todo eso que nos convierte en seres humanos.
Así que entiendo que haya gente a la que no le guste el cine español, porque es un cine que a menudo nos reta con historias tan reales como las nuestras, con dolores tan cercanos como los que sufrimos nosotros mismos y las personas que nos rodean, y entonces se sale del cine herido, con la cabeza llena de preguntas, con una página en blanco por delante para sentarse y escribir.
Yo no moriré de amor, basada en la propia experiencia de su directora, es una película tan humana que hace daño, tan cercana que duele, porque habla sin tapujos ni sonrisas fingidas sobre la trastienda de los cuidados: la vida que dejas de vivir, la incomodidad, la incertidumbre, las tensiones familiares, la sensación de injusticia, la certeza de que al final del pasillo del dolor sólo está la muerte.
Quienes cuidamos, quienes han cuidado, sentirán al ver la película un reflejo total o parcial de su propia historia. Las renuncias, las vacaciones anuladas, los turnos incómodos, las conversaciones familiares ya no tan fraternales, los momentos de silencio, los suspiros de alivio cuando llega el relevo.
Todo eso si hablamos de la clase media, claro, de familias normales, porque cuando hay dinero los cuidados los hacen otros, las residencias son maravillosas y la conciencia se limpia con fajos de billetes. Y cuando no hay dinero, entonces el peso de la vida cae con toda su injusticia sobre hombros que ya no pueden más, sobre espaldas curvadas por la carga de la falta de recursos, de la pobreza congénita, de la vida sufrida como una ciénaga de la que es imposible escapar. Siempre hubo clases, y siempre las habrá.
Cuidar es hermoso, claro, pero no es lo mismo hacerlo con esos hijos que has decidido traer al mundo, y que traen con ellos esperanza e ilusión, que hacerlo con tus progenitores cuando son mayores y su declive te arrastra hacia exigencias que pueden hacer estallar tu vida.
Porque el trabajo sigue ahí, tu propia familia sigue ahí, los ladrones de tiempo siguen ahí, y a nadie le apetece, digamos lo que digamos, afrontar dos, cinco, diez años de sacrificio sin otra recompensa que la satisfacción del deber cumplido. Todo va muy deprisa, y quedarnos fuera tiene su precio aunque no hablemos de ello: profesional, emocional, sentimental, físico.
Repaso, para escribir este artículo, un texto publicado por Ana M. Longo en El País, el 4 de abril, de título provocador: ¿Cuidar a nuestros padres es una obligación moral más allá del afecto? Es un dilema interesante, que en el texto pone el foco en la idea individual de responsabilidad, que debe surgir cuando el afecto no es la causa para cuidar a esos padres con los que no hubo una relación idílica, o simplemente cercana.
Pero lo más interesante de esta reflexión es la referencia que hace a Joan C. Tronto, profesora de ciencias políticas, muy desconocida para los profanos, autora de libros tan estimulantes como¿Quién lo cuida? Cómo remodelar una política democrática, y sobre todo Democracia y cuidado.
Las tesis de Tronto, que deberían ser leídas con más atención, apuntan en una dirección: “la injusticia es no cuidar bien”. Para esta autora, cuyos libros han sido publicados en España por la pequeña editorial Rayo Verde, “no vas a ser capaz de entender cómo funciona realmente el mundo, a menos que hayas intentado cuidar tú mismo. Es una posición ética. Requiere que nos tomemos en serio la idea de que todas las personas y todas las cosas son dignas de cuidado y que todos deberíamos participar en este proceso de cuidado”.
En sus libros se destaca que los cuidados siempre han estado a cargo de las personas y de los estratos sociales menos privilegiados, comenzando por las mujeres, pero ella desborda esa idea para proponer una visión que ponga en el centro de todo la idea del cuidado para comprender mejor el mundo y actuar en consecuencia.
No es una propuesta más. Quienes hemos intentado que los cuidados no afecten mucho, por ejemplo, a nuestra vida profesional, sabemos que es imposible. Hoy las organizaciones premian a los que lo dan todo por los objetivos, y quienes muestran una mínima decencia hacia los demás, incluso hacia sus propios compañeros, pueden salir del circuito de las promociones internas a las primeras de cambio.
Se aplaude el compromiso familiar, pero se premia la ambición, la ausencia de escrúpulos, la dedicación exclusiva y militante a costa de los hijos, a costa de los padres, a costa de la propia familia. Porque los objetivos, los beneficios y los dividendos son lo más importante y lo único importante en un mundo deshumanizado que celebra con la boca pequeña el afecto, la compasión, o la simple y sencilla responsabilidad consciente de cuidar, más allá de cualquier condicionamiento moral.
“La idea de que la producción y la economía son la principal preocupación humana y política ignora la realidad: el cuidado está en el centro de la vida humana, pero actualmente está fuera de la política”.
Pienso en todas las personas que conozco muy de cerca y que dedican horas y horas a cuidar, a viajar para cuidar, a vivir los fines de semana separados de sus parejas para cuidar, y en los equilibrios inestables que supone para todos ellos llevar este tipo de vida, en manos de organizaciones más o menos civilizadas y de superiores más o menos sensibles, más o menos decentes. Y sí, coincido con la cita anterior de Joan C. Tronto, porque el día que dejemos de cuidar, de humanos a humanos, ese día habré perdido toda esperanza.