Hace tiempo que leo críticas hacia cierto tipo de bares y cafeterías, sobre todo en redes digitales de carácter profesional. Los comentarios en cuestión no vienen motivados por el café amargo ni por la calidad de los bocadillos, sino por cuestiones de gravedad como la decoración, el ambiente apagado o, lo verdaderamente escandaloso, que la wifi es lenta o incluso inexistente.

Vaya por delante que no soy especialmente asidua de los bares. Salir a diario a desayunar pudiendo hacerlo en casa me parece un dispendio, pero en ocasiones, por diversos motivos, lo hago. En esos días voy a un local cercano al centro, uno de esos lugares donde el encargado mira a la cara a los clientes y les saluda con un “buenos días” sonoro acompañado de una sonrisa.

No sé si tiene wifi, y jamás he visto a nadie consultar un teléfono móvil, aún menos un ordenador portátil o una tablet. Tampoco sirven el café cubierto de espuma, con un corazón silueteado de forma artística.

No hay tazas de porcelana blanca con un mensaje motivador grabado en letras redondas, sino vasos de vidrio de los que las abuelas guardan en las alacenas. Y por muchos filtros y marcos que le pongas, probablemente no sea el mejor lugar para hacerse un selfie con el que compartir tu aprendizaje del día.

Este lugar tiene lo que tiene; no pretende otra cosa. Comida sencilla y café fuerte, como en las cafeterías de las viejas estaciones de tren. Y a pesar de encontrarse en una calle céntrica, no hay que buscar rincones apartados si se desea quietud: cada mesa es una pequeña isla de calma, aunque no cuente con enchufes usb ni servilletas de diseño.

La gente que visita el bar es anodina y tranquila. Beben su café mirando al frente, sin prisa, pensando en sus propios asuntos, que parecen importarles más que las últimas tendencias de Tiktok.

Algunas personas mayores van en pareja. Piden un pitufo y lo comparten, a veces rezongando el uno del otro. Luego comen en silencio y, al salir, se cogen del brazo para sumergirse de nuevo en el ruido y la prisa.

Los jóvenes prefieren la barra. Se acodan en ella con ademán pensativo, como si no temieran aburrirse por esos minutos de inactividad. Antes de marcharse rebuscan monedas en sus bolsillos y las cuentan con cuidado. Parece que aquí la tarjeta de crédito tampoco tiene muchos adeptos, al menos por la mañana.

Con estas mimbres, y tomando como base el criterio de las redes, el local debería estar al borde de la ruina. No solo por su evidente falta de distinción ni por la ausencia de un barista refinado, sino por atraer a esa clientela fea y anti-trendy, que se limita a desayunar con parsimonia cuando el mundo espera conectividad constante, marca personal y liderazgo.

Contra todo pronóstico, sin embargo, cuando regreso al bar siempre lo encuentro abierto, y al encargado saludando sonriente, como ajeno a la maldición que se cierne sobre quienes no luchan por encabezar el hype. Y yo me uno alegremente a esos parroquianos misteriosos que, cosas de la vida, siguen entrando a un local solo para tomarse tranquilos su café.