Un local que cerró por el apagón hace un año en Málaga.
El día que Málaga se quedó a oscuras: un año del apagón que dejó a la provincia paralizada durante 15 horas
Dentistas, hosteleros, farmacéuticos y comerciantes recuerdan cómo sobrevivieron al tiempo sin luz, sin conexión y sin saber qué estaba pasando realmente.
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15 horas. 900 minutos. 54.000 segundos. Ese es el tiempo que Málaga estuvo sin luz. Tiempo suficiente para paralizar una ciudad entera, alterar su ritmo cotidiano y poner a prueba a miles de negocios y ciudadanos que, de un momento a otro, tuvieron que enfrentarse a lo inesperado.
Un apagón eléctrico dejó sin actividad a miles de negocios en España, obligando a improvisar, cerrar antes de tiempo o reinventarse sobre la marcha. Un año después, quienes lo vivieron en Málaga todavía recuerdan aquel sonido extraño: el del silencio de las máquinas.
Clínicas paralizadas: cuando la salud depende de la electricidad
En la clínica dental Larios Odontología, el corte llegó en pleno funcionamiento. “Estábamos atendiendo a varios clientes y de repente se fue la luz. Nos quedamos sin poder seguir”, explica la doctora Silvia Márquez.
Al principio pensaron que sería algo momentáneo: “Creíamos que volvería enseguida, pero vimos que enfrente tampoco tenían luz”. La confirmación llegó poco después: el problema era más amplio.
Los pacientes, sorprendidos, tuvieron que marcharse. “Se lo tomaron bien, pero no se podía hacer nada, algunos clientes no se dieron cuenta de lo que estaba pasando hasta llegar aquí”, explicó Márquez. El apagón también obligó a remodelar toda la agenda. Entre seis y siete citas tuvieron que ser reprogramadas en cuestión de minutos.
Conservar el frío en medio del caos
En la famosa heladería Casa Mira, Eloisa López tardó en entender la magnitud de lo que estaba ocurriendo: “Al principio piensas que es algo del barrio, pero al cabo de una hora ya ves que no hay móviles, que no hay nada”.
Mientras tanto, la preocupación estaba en las vitrinas: “Las neveras aguantan si no se abren, pero llega un momento en que no es suficiente”. El negocio permaneció a la espera de que volviera la luz, pero no ocurrió porque "no pudimos abrir finalmente por la tarde y parte del producto tuvo que desecharse”.
Una inauguración a oscuras
Para la tienda del Málaga Club de Fútbol en plena calle Larios, el apagón coincidió con su gran día. El día de su debut. “Estábamos haciendo muchas ventas, había mucho movimiento y la gente estaba muy contenta”, recuerda Marina Muñoz, dependienta de la tienda.
“De un momento a otro se quedó sin conexión todo”, recuerda Muñoz. Muchos de los clientes quisieron esperar para intentar finalizar su compra con el deseo de que volviera la luz pero la espera se alargó demasiado y “después de un par de horas, tuvimos que cerrar e irnos”. Al día siguiente, muchos regresaron para completar sus compras. La inauguración se salvó, aunque no como estaba previsto.
Hoteles en modo de emergencia
En el Hostal Victoria, el primer aviso fue el ascensor. “Dejó de funcionar y al principio pensé en que era un fallo puntual”, explica María García, recepcionista del hostal. Pero al bajar, la realidad que se encontró era evidente: “Todo estaba apagado y eso ya no podía ser fallo nuestro”.
Sin sistema, el trabajo volvió a lo retro. “Tuvimos que hacerlo todo a mano: check-in, cobros…todo”, recuerda García. La jornada se convirtió en un ir y venir constante por las escaleras. “Todo el día para arriba y abajo, ayudando incluso a clientes a subir”.
Sin datáfonos, se perdieron ingresos. Pero también hubo un efecto inesperado para García: “Mucha gente que no podía moverse de Málaga se quedó. Perdimos por un lado, pero ganamos por otro”.
Sin cocina, sin cobros, sin servicio
En el restaurante Madeinterranea, el apagón comenzó poco a poco. “Primero fue la cafetera y luego la cocina”, cuenta Andrea Stroescu, camarera del local. Pensaron que era un fallo interno, pero pronto vieron que afectaba a toda la zona. Con la terraza y parte del local a medio llenar (unas 30 personas), la situación obligó a improvisar.
“No podíamos cobrar con tarjeta”, explica Stroescu. Solo pudieron atender a los clientes ya sentados. Fuera, la incertidumbre era palpable: “La gente buscaba comida como en pánico, como si se fuera a acabar” comentó la camarera.
Para evitar pérdidas mayores, repartieron parte del producto. “Dimos comida a clientes y al personal para que no se estropeara y tener que tirarla”, comenta Stroescu.
Entre la urgencia y la incertidumbre
En la Farmacia Los Tilos, el apagón fue total. “Se fue todo de golpe: ordenadores, luz…todo”, explica el farmacéutico Álvaro Lupiañez. Con clientes en mitad de una compra, la actividad se paralizó por completo.
La situación fue especialmente delicada por el tipo de servicio. “La gente venía pidiendo medicamentos, pero no podíamos comprobar nada de su ficha médica”, comenta Lupiañez. Aun así, Lupiañez comenta que los medicamentos más sensibles resistieron: “La insulina, las vacunas, los medicamentos que necesitan frío en general…aguantaron en la nevera”.
Sin alternativa, no les quedó otra que cerrar la farmacia: “Cuando vimos que pasaban las horas y las luces no volvían, no nos quedó otra que cerrar”.
“No sabíamos qué estaba pasando”
Miguel Ángel Medina, estudiante universitario, vivió el apagón desde otro ángulo. Le sorprendió mientras grababa un reportaje en El Palo para un trabajo de clase. “No le dimos importancia al principio porque era de día”, recuerda. Pero el problema llegó al volver a la universidad.
Sin semáforos ni orden en el tráfico en algunos puntos, la ciudad se volvió loca. “El autobús en el que íbamos, chocó con otro”. Tras el incidente, tuvieron que buscar alternativas para el trayecto y como resultado les fue "bastante complicado llegar”.
Como muchos otros, también sufrió la desconexión. “No podía comunicarme con mi familia porque no tenía internet ni cobertura, no pude saber cómo estaba mi familia al día siguiente”.
Más allá de las pérdidas económicas (difíciles de calcular en muchos casos), el apagón dejó una lección clara: la dependencia absoluta de la electricidad. Durante horas, Málaga funcionó a medio gas, improvisando soluciones y recordando cómo era trabajar sin tecnología. Un año después, muchos aseguran haber aprendido la lección. Otros, simplemente esperan a que no vuelva a ocurrir.