Hay un instante —breve, casi invisible— en el que todo comienza. Me atrevería a decir que no es el disparo, ni el grito, ni siquiera la orden de fuego. Es anterior. Puede que sea una mirada. Un gesto imperceptible en el que alguien deja de ver a otro como un igual.
Imaginemos una escena cotidiana. Un vagón de metro en Madrid a primera hora, lleno claro está. Rostros con signos de sueño, cuerpos en equilibrio precario, miradas que se cruzan y se retiran. Nada ocurre.
Sin embargo, todo está ahí: la capacidad de reconocernos o de ignorarnos. De incluir o de excluir. De pensar "este es uno de los míos" o "uno de los otros".
La ciencia lleva décadas intentando descifrar por qué una especie capaz de escribir sinfonías, secuenciar genomas y enviar sondas más allá de Plutón sigue tropezando con la misma piedra: la necesidad de dominar, y en su versión más extrema, de destruir.
La respuesta no es contundente porque no señala a un culpable externo. No hay un gen maldito ni una mutación reciente. Lo que hay es una herencia.
Durante cientos de años, sobrevivir no era un derecho, era una negociación diaria con el entorno. Los grupos humanos competían por recursos limitados: agua, alimento, refugio. En ese contexto, colaborar con los tuyos y desconfiar de los otros no era una elección moral, más bien devino una estrategia evolutiva.
Los individuos que mejor distinguían entre "nosotros" y "ellos" tenían más probabilidades de sobrevivir. Y, por ende, de dejar descendencia.
Ese mecanismo sigue ahí. No lo vemos, pero actúa.
En el cerebro, estructuras como la amígdala reaccionan en milisegundos ante lo desconocido. No piensan: evalúan. ¿Seguro o peligroso? ¿Aliado o amenaza? Es un sistema antiguo, rápido y eficaz. Demasiado eficaz, quizá, para un mundo que ha cambiado más deprisa que nosotros.
Al mismo tiempo, otros circuitos —los del placer, los de la recompensa— pueden activarse cuando ganamos, cuando imponemos nuestra voluntad, cuando vencemos. De hecho, no es necesario que haya violencia física, basta con la sensación de superioridad. He de decirte, que el cerebro no distingue demasiado bien entre una victoria simbólica y una real.
Ilustración en acuarela que representa un grupo grande de personas. iStock
Entonces llega la cultura.
Porque si la biología enciende la chispa, la cultura puede convertirla en incendio. Las identidades —nación, religión e ideología— son herramientas poderosas. Nos permiten organizarnos, cooperar y construir. Pero también pueden delimitar fronteras invisibles que separan a los seres humanos en categorías rígidas.
El problema aparece cuando esas categorías se cargan de emoción. Cuando el otro deja de ser simplemente distinto y pasa a ser peligroso, inferior o prescindible. La historia ha demostrado que antes de cada gran violencia hay un proceso lento de deshumanización. Un cambio en el lenguaje. Una erosión del "nosotros".
No es casual. Es eficiente.
El cerebro busca simplificar. Y en momentos de incertidumbre —crisis económicas, pandemias, cambios sociales— esa necesidad se intensifica. Explicar un problema complejo requiere tiempo, datos y pensamiento crítico. Señalar a un enemigo es inmediato. Reconfortante, incluso.
Así, lo que comenzó como una adaptación evolutiva se convierte en una trampa contemporánea.
¿Por qué?
Porque seguimos utilizando herramientas diseñadas para pequeños grupos en un mundo de millones de personas interconectadas. La escala ha cambiado, pero los mecanismos no. Ahí reside el peligro.
No obstante, esta no es una historia condenada.
La misma evolución que nos hizo desconfiar también nos dio algo extraordinario: la capacidad de empatía. De ponernos en el lugar del otro. De construir normas, instituciones y sistemas éticos que frenen nuestros impulsos más primarios.
La corteza prefrontal —esa parte del cerebro que planifica, que inhibe, que reflexiona— actúa como un contrapeso. No siempre gana, pero está ahí. Gracias a ella hemos sido capaces de reducir, en ciertos periodos, la violencia interpersonal. De crear acuerdos, leyes y marcos de convivencia.
No somos sólo lo que heredamos. También somos lo que decidimos hacer con ello.
Mas, volvamos al vagón de metro.
Nada ha cambiado. Las mismas personas, el mismo trayecto. Pero algo podría ser distinto. Una mirada que se mantiene un segundo más. Un gesto mínimo de reconocimiento. La aceptación silenciosa de que, más allá de las diferencias, compartimos una misma fragilidad.
Puede parecer poco. Lo es. Pero también es un inicio.
Porque la guerra que llevamos dentro no se libra en los campos de batalla. Cristaliza en esos instantes invisibles donde decidimos —sin darnos cuenta— si el otro es un enemigo o un reflejo.
En esa decisión, repetida millones de veces al día, se juega el futuro de nuestra especie. No nacimos para destruirnos, pero tampoco —al menos no del todo— para entendernos. Entre ambos extremos, en ese territorio enredoso y humano, transcurre nuestra historia. Aunque, conviene no olvidarlo: también poseemos la capacidad de modularla.