He tenido la oportunidad de vivir el último concierto de la gira Debí Tirar Más Fotos World Tour de Bad Bunny en San Juan, Puerto Rico.

Podría hablar de las cifras, de los récords o de lo extraordinario que resulta que un artista nacido en una isla de poco más de tres millones de habitantes haya convertido su música, su idioma y su identidad en un fenómeno cultural global.

Pero después de unos días por este país, creo que quedarse únicamente en las cifras sería perderse una parte mucho más interesante de lo que está sucediendo. Para entender realmente lo que representa Bad Bunny hay que entender Puerto Rico. Y para eso hay que mirar, escuchar y preguntar.

En 2017, el huracán María mostró hasta qué punto las vulnerabilidades estructurales de la isla podían convertirse en una experiencia colectiva. La destrucción de la red eléctrica provocó un apagón que, en algunas zonas, llegó a prolongarse durante meses.

Nueve años después, escuchar aquí a personas hablar de cortes de luz y de agua sigue siendo una experiencia que cuesta comprender desde fuera. La historia está en los libros, pero también en las conversaciones, en las casas, en las calles y en la manera en la que una persona habla de su país. Y también puede estar en una canción.

Durante mucho tiempo hemos entendido la influencia de un artista desde su capacidad para entretener, vender o llenar estadios. Hoy creo que necesitamos ampliar esa mirada. Existe otra dimensión de la influencia: la capacidad de modificar la percepción de millones de personas sobre una realidad.

Una canción puede recuperar una palabra. Una letra puede preservar una memoria. Un artista puede convertir una experiencia local en una conversación global. Eso es precisamente lo que ha conseguido Bad Bunny.

Ha convertido lo local en universal conservando aquello que lo hace único. La cultura puertorriqueña ha viajado con él: sus palabras, sus sonidos, sus códigos, sus referencias, su historia y sus preguntas. Y con ella han viajado sus músicos, sus bailarines y toda la comunidad creativa que forma parte del proyecto.

La otra noche, mientras miles de personas cantaban juntas en San Juan, pensaba en todo lo que había detrás de ese escenario. En la historia de este lugar, en su identidad, en sus contradicciones, en su capacidad de resistencia y en su orgullo.

Y pensé: ¿cuánto impacto puede generar una canción? Quizá mucho más del que somos capaces de medir.

Estamos acostumbrados a medir el éxito de la industria musical en entradas vendidas, reproducciones, audiencias, seguidores o ingresos. Tenemos herramientas sofisticadas para medir su impacto económico. Pero ¿cómo medimos todo aquello que sucede después?

Las conversaciones que provoca. Las preguntas que despierta. Las identidades que refuerza. Las historias que hace visibles. Las personas que se sienten representadas. Los lugares que millones de personas descubren a través de un artista.

Ahí existe un territorio enorme por explorar. Porque la cultura también puede construir identidad, generar vínculos, preservar memoria, amplificar voces y abrir conversaciones a una escala extraordinaria.

Me voy de Puerto Rico con la sensación de que viajar también consiste en revisar la mirada con la que llegamos a los lugares. Y con una certeza todavía mayor: cuando la cultura consigue trascender el entretenimiento, su capacidad de impacto puede ser extraordinaria.

Y quizá la verdadera dimensión de un artista se encuentra precisamente ahí: en aquello que consigue mover en los demás.

***Ana Gómez de Castro es consultora estratégica en cultura, música e impacto social.