Yarema Malashchuk y Roman Khimei posan tras la presentación de la exposición.

Yarema Malashchuk y Roman Khimei posan tras la presentación de la exposición. TBA21

Historias

Lo cotidiano entre las bombas: los dos artistas ucranianos que convierten la guerra en una clase de memoria y resistencia

La exposición 'Pedagogías de guerra' narra el día a día de la población ucraniana desde que Rusia invadió a gran escala su país.

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La penumbra inunda la sala de exposiciones temporales de la planta -1 del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Una oscuridad que solo rompe la luz tenue de cuatro videoinstalaciones que muestran algo tan raro hoy en día como la cotidianidad.

Casi a modo de búnker, estas paredes recogen la exposición Pedagogías de guerra, que narra el día a día de la población ucraniana desde que en 2022 Rusia iniciara la invasión a gran escala de su país.

El proyecto, una colaboración de la Fundación TBA21 y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, ha sido realizado por los artistas ucranianos Yarema Malashchuk y Roman Khimei. En un recorrido casi cronológico, el espectador puede ver cuatro obras en vídeo que reflexionan sobre cómo la guerra se ha filtrado y ha ido reconfigurando la vida cotidiana.

Ambos trabajan juntos desde 2016, pero desde 2022, cuando el ejército ruso irrumpió en su país, intentan buscar un nuevo idioma para hablar del conflicto. No quieren que la imagen de Ucrania en el resto del mundo sea la de los edificios destruidos

Por eso no quieren mostrar lo explícito, sino lo cotidiano, la vida que se abre paso, que tiene que seguir su curso a pesar de las bombas. "Queremos resaltar los momentos entre los sonidos de las explosiones", cuenta Malashchuk.

Para ellos, sus creaciones ofrecen una comprensión de la realidad diferente a la que proporcionan las noticias. No pretenden desactivar o acabar con un sistema como la guerra, sino "el diálogo entre dos realidades: la que está dentro y la que está fuera del conflicto".

Sobre la primera, recuerdan que la sociedad ucraniana se ha visto obligada a normalizar una rutina entre las bombas y el conflicto para sobrevivir. "Han tenido que incorporarla a su rutina diaria, como cepillarse los dientes o sacar la basura", compara.

Por eso, ven el arte que hacen como una herramienta para aliviar la tensión que provoca el conflicto. De hecho, la describen como una de las formas más efectivas de lograrlo. Describen sus obras como colectivas porque suelen involucrar a mucha gente.

"Esto genera situaciones puestas en escenas compartidas que transforman la presión a la que estamos sometidos en un carnaval", apunta Khimei.

Cadáveres y niños durmiendo

La exposición comienza con The wanderer (El caminante, en español), una obra de 2022 producida poco después del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia y que forma parte de la Colección TBA21.

En ella, los artistas utilizan sus cuerpos para escenificar las posturas de los cadáveres de los soldados rusos caídos que se confunden con el paisaje natural de los Cárpatos. Además, evoca el cuadro romántico El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich.

El recorrido continúa con Open world (Mundo abierto, en español). Este trabajo es de 2025, y ha sido presentado recientemente en la 36ª Bienal de Artes Gráficas de Liubliana. Aquí, los dos artistas han querido combinar los códigos del videojuego con recursos del cine documental.

Imagen de la obra 'Open World' en la exposición del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Imagen de la obra 'Open World' en la exposición del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. TBA21

Tres años después del inicio del conflicto, muestra como un joven ucraniano, desplazado por la guerra, teledirige un perro robot de uso militar para recorrer las calles y los lugares de su infancia. No solo lo ve, sino que puede interactuar con las personas con las que se va encontrando.

El espectador puede ver en la misma pantalla las imágenes que capta el robot y la reacción del joven que lo dirige, como si estuviera viendo un directo en la plataforma Twitch.

La tercera parada es, quizá, una de las más perturbadoras que componen el recorrido. Se trata de You shouldn’t have to see this (No deberías tener que ver esto, en español), de 2024. En esta videoinstalación con seis pantallas el protagonista es el silencio. Muestra a niños ucranianos mientras duermen plácidamente.

Imagen de la obra 'You Shouldn’t Have to See This' en la exposición del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Imagen de la obra 'You Shouldn’t Have to See This' en la exposición del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. TBA21

Este grupo de menores había sido trasladado a la fuerza a Rusia y después había podido volver a su país. Con este trabajo, Khimei y Malashchuk ponen al visitante en una tesitura entre la mirada tierna y el voyerismo.

Eso era precisamente lo que querían lograr, situarse entre estos dilemas éticos: qué y a quién se debe mostrar y qué no. Esa controversia se percibe desde el mismo título y su necesidad radica en la creencia de ambos de que en tiempos de emergencia "las imágenes pueden desempeñar un papel importante".

La obra que cierra la exposición es We didn’t start this war (Nosotros no empezamos esta guerra). Creada en 2026, ha sido un nuevo encargo de TBA21 para el museo que la acoge. Esta última parte mantiene al visitante en tensión, con la sensación de que de repente ocurrirá algo terrible, aunque, finalmente, eso no llega.

Las tres pantallas que la componen muestran el resultado de una atención sostenida a una rutina que casi ha desaparecido para la población ucraniana: la vida cotidiana que transcurre sin catástrofes visibles.

"Esta obra es, en cierto modo, como un altar en el que depositamos un valor audaz: el aburrimiento que nos fue arrebatado", enuncia Khimei. Malashchuk la define como un intento de cambiar la percepción de quien la observa: "Se niega a contar otra historia, rompe la narrativa y deja al público en un presente diferente".

El primero define su obra "un puente estable para la comunicación y el intercambio con el resto del mundo". Eso sí, destacan que no pretenden usar el arte para cambiar el mundo, sino como una ventana, aunque, si alguien encuentra consuelo en ello, "es maravilloso", señala el segundo.

Para Khimei ha llegado el momento de dejar a un lado el mensaje de que normalizar la guerra es malo. Es cierto, pero también es la única opción para quienes siguen en Ucrania hasta que acabe la guerra iniciada por Rusia. "El arte nos permite no quedarnos solos ante la cruda realidad", dice sobre su papel.