El resurgir de la ultraderecha en el siglo XXI no es un fenómeno aislado ni espontáneo. Responde a patrones históricos recurrentes que, adaptados a los nuevos contextos tecnológicos e institucionales, explican su avance simultáneo en ambos lados del Atlántico.
Mientras que hace apenas tres décadas se proclamaba el "fin de la historia" y la victoria irreversible de la democracia liberal, los datos actuales sugieren un panorama muy distinto: parecemos inmergir en lo que los académicos denominan una "recesión democrática".
El informe Freedom in the World 2025 es contundente: solo el 20% de la humanidad actualmente vive en sociedades consideradas libres. Y, en 2024, 170 millones de personas fueron despojadas de sus libertades básicas.
En ese sentido, el declive democrático acumula ya 19 años, con sesenta naciones que retrocedieron el año pasado —el doble de las que mostraron progresos—.
Ni las democracias ya más consolidadas escapan a esta tendencia, donde asistimos a un creciente acoso a la libertad de prensa y a la independencia judicial. Conflictos como los de Palestina, Ucrania o Irán actúan además como caldo de cultivo, lo que permite a actores autoritarios explotar la polarización y la inestabilidad.
El ADN de la nueva extrema derecha
Cuando Donald Trump apela a "Make America Great Again", o Jair Bolsonaro proclama "Brasil acima de tudo", no estamos ante simples eslóganes de campaña. Estas narrativas nostálgicas construyen un pasado idealizado que, examinado con lupa, revela períodos de exclusión institucionalizada.
Para las mujeres, las minorías raciales o los colectivos LGBTQ+ esas épocas "doradas" significaron, en realidad, la privación de derechos, la segregación legal y la violencia estructural.
La teórica política Hannah Arendt ya desentrañó en Los orígenes del totalitarismo cómo los regímenes autoritarios reconfiguran la Historia para validar sus proyectos. Hoy, sus lecciones siguen vigentes: la extrema derecha contemporánea ha perfeccionado el arte de construir narrativas nacionales que apelan a un presunto "renacimiento" de la nación.
Ilustración creada por la OEI. OEI
El historiador Roger Griffin lo denomina "ultranacionalismo palingenético": la visión de un país que resurge de sus cenizas mediante una transformación radical.
La diferencia es que, actualmente, estos movimientos evitan las camisas pardas o los saludos romanos para operar dentro de marcos populistas y democráticos, con lo que adaptan esa dialéctica de destrucción y renovación al discurso político mainstream.
Un fenómeno glocal
Un caso particularmente interesante es el de las redes transnacionales de partidos de extrema derecha. Estas alianzas estratégicas entre movimientos iberoamericanos con actores como el bolsonarismo en Brasil, son materializadas en plataformas como el Foro de Madrid, que articula a la ultraderecha hispánica para coordinar estrategias contra el "comunismo" y la "ideología de género".
Esta conexión no es casual. En este sentido, aunque los movimientos de extrema derecha presentan particularidades nacionales —por ejemplo, en Brasil, donde la inmigración es testimonial, se enfatiza una retórica de la ley y el orden racializada en lugar del discurso antiinmigración—, comparten un núcleo ideológico común.
El politólogo Cas Mudde lo sintetiza en tres ejes: "nativismo" (la defensa del Estado frente a los elementos extranjeros), "autoritarismo" (la creencia en un orden social rígido) y "populismo" (la división de la sociedad entre "el pueblo puro" y "la élite corrupta").
De los símbolos a los hechos
El peligro de estos movimientos reside precisamente en su mimetismo adaptativo. Han comprendido que en el siglo XXI no necesitan uniformes paramilitares ni leyes raciales explícitas para erosionar la democracia. Sus métodos son más sofisticados:
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"Terrorismo estocástico", como los asaltos al Capitolio en Washington (6 de enero de 2021) o a las sedes de los tres poderes en Brasilia (8 de enero de 2023), donde la violencia no es directamente ordenada por los líderes, sino que está incentivada a través de su retórica incendiaria.
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"Subversión legal", desde decretos desreguladores en Argentina hasta las guerras judiciales en España contra las leyes democráticas, utilizando los propios instrumentos legales para vaciar de contenido a las instituciones.
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"Simbología de odio", cuando los seguidores de Bolsonaro corearon "una nación, un pueblo, un líder" —eco directo del lema nazi—, estamos ante el uso sofisticado de la política simbólica en la era digital.
Estas tácticas apuntan a un objetivo común: la instauración de lo que se ha dado en llamar "democracia iliberal", siguiendo el modelo del húngaro Viktor Orbán.
Se tratan de regímenes que mantienen una fachada electoral y formalmente democrática, pero que vacían sistemáticamente los contrapesos institucionales: controlan el poder judicial, acallan a la prensa crítica y modifican las leyes electorales para perpetuarse.
En Brasil, se ha intentado debilitar al Congreso y al Supremo Tribunal Federal; en Estados Unidos, se han cuestionado los resultados electorales y se ha alentado a sus seguidores a "luchar como demonios"; en Argentina, hubo decretos de necesidad y urgencia que evaden el parlamento; en España, se han intentado derogar las políticas de memoria ante los tribunales.
La paradoja de nuestro tiempo
Vivimos una paradoja inquietante: la extrema derecha crece utilizando las propias herramientas de la democracia para erosionarla desde dentro, explota la libertad de expresión para difundir discursos de odio, se presenta en las urnas para luego deslegitimar los resultados que le son adversos, y utiliza los tribunales para bloquear las políticas que protegen a las minorías.
Como señala el historiador Enzo Traverso, asistimos al surgimiento de un "posfascismo" adaptado a las condiciones contemporáneas: un fenómeno que no es una mera repetición histórica, pero que tampoco es una formación política convencional.
Es un movimiento que, bajo el ropaje de la defensa de la libertad y la soberanía nacional, está redefiniendo los límites de lo aceptable en nuestras democracias.
En este escenario de retroceso democrático global —con sesenta naciones en declive según el último informe—, comprender las raíces, las estrategias y las conexiones transnacionales de la nueva extrema derecha no es solo un ejercicio académico: es una condición necesaria para defender las frágiles democracias que aún nos quedan.
*** Dra. Gabriela de Lima Grecco, profesora del Departamento de Historia Moderna e Historia Contemporánea. Universidad Complutense de Madrid.
Referencias
Arendt, H. (2006). Los orígenes del totalitarismo. Alianza Editorial.
Freedom House. (2025). Freedom in the World 2025 (Feb. 2025). Freedom House.
Griffin, R. (2010). Modernismo y fascismo. Akal.
Mudde, C. (2019). La ultraderecha hoy. Paidós.
Traverso, E. (2019). The new faces of fascism: Populism and the far right. Verso.