Cuando llega la noche pienso no solo en mi noche. Pienso también en la de los otros, en quienes la reciben con miedo, con hambre, con incertidumbre o con la impotencia de no saber qué traerá el día siguiente. Pongamos que hablo de Ceuta, de quienes viven allí, de quienes esperan, de quienes vigilan, de quienes sostienen una casa, una familia o una preocupación. Porque la noche no cae igual sobre todos, pero a todos nos deja, de una forma u otra, frente a aquello que durante el día conseguimos mantener a distancia.
Quizá por eso seguimos necesitando la noche, incluso cuando pesa. Cuando disminuye el ruido del día, quedan a la vista las cosas más elementales: el cuerpo cansado, la necesidad de sentirse a salvo, el miedo a lo que puede ocurrir y también la esperanza de que alguien esté cerca. Hemos aprendido a iluminar la oscuridad, pero no necesariamente a acompañarla y esa diferencia dice mucho de nosotros.
El día tiene horarios, nombres, precios y obligaciones que nos empujan hacia fuera, mientras que la noche nos devuelve a lo que no hemos podido resolver. Lo paradójico es que hemos conseguido borrar muchas de las sombras físicas de la noche al tiempo que llenábamos el día de otras. Vivimos rodeados de luz y, sin embargo, no siempre vivimos con claridad.
Durante siglos, la noche imponía un límite que hoy casi hemos conseguido borrar. No era mejor ni más amable, porque también traía frío, peligro y desamparo, pero obligaba a detenerse y recordaba una verdad que ahora nos cuesta aceptar: no todo depende de nosotros. El mundo es inmenso, nosotros somos pequeños y, aunque esa idea pueda inquietarnos, también puede aliviar.
Ahora casi nunca anochece del todo. Hay farolas, pantallas, mensajes, series, notificaciones y noticias que continúan entrando en nuestras vidas mucho después de que el cuerpo haya pedido silencio. Nos llevamos el día a la cama y todavía nos sorprende no saber parar. Tal vez no nos falte únicamente sueño, sino también una verdadera experiencia de la noche.
Porque la noche recuerda que no todo puede controlarse. Hemos aprendido a gestionar casi todo y, de tanto gestionar, corremos el riesgo de olvidar que la vida no siempre se deja ordenar. Hay preocupaciones que no desaparecen, llamadas que tardan en llegar, preguntas que no encuentran respuesta y noches en las que lo único posible es aprender a estar dentro de aquello que no entendemos.
También hemos confundido lo visible con lo verdadero. Si algo no se muestra, parece que importa menos; si no se cuenta, casi sentimos que no ha sucedido. Sin embargo, una parte esencial de la vida ocurre fuera de foco, en aquello que pensamos, sentimos o atravesamos sin necesidad de mostrarlo. Necesitamos conservar algún lugar de nosotros mismos que no pueda convertirse en contenido.
Y cuando por fin apagamos, aparece el ruido de dentro, ese que durante el día mantenemos ocupado. La noche no inventa nuestros miedos, pero sí deja de esconderlos, y quizá por eso incomoda tanto. No siempre queremos mirar lo que aparece cuando ya no queda nada alrededor que nos distraiga.
Por eso me gusta la palabra 'velar', porque velar no significa vencer la oscuridad ni convertirla en día, sino permanecer junto a aquello que no podemos arreglar. Velar es acompañar cuando no hay respuestas, estar cerca cuando no existen soluciones y recordar que, a veces, la presencia puede ser más necesaria que cualquier explicación.
Quizá necesitamos la noche precisamente por eso, porque nos recuerda que hay oscuridades que no desaparecen encendiendo más luces y que, a veces, lo más humano no consiste en buscar soluciones imposibles, sino en acompañar a quien tiene que atravesarlas y permitir también que otros nos acompañen cuando nos toca hacerlo a nosotros.
Tal vez eso sea también la noche: saber que, cuando no podemos hacer nada más, todavía podemos quedarnos.