Entre los últimos días de mayo y los primeros de junio coinciden en el calendario tres efemérides que tienen mucho que ver con mi amor por las plantas.

Les hablo del Día Internacional de la Fascinación por las Plantas, el Día Internacional de la Diversidad Biológica y del Día Mundial del Medio Ambiente. Para festejar la primera de ellas, o puede que las tres, me uní al evento convocado en el Vivero Educativo Taxus, de la Diputación de Toledo, por el doctor en Medio Ambiente e ingeniero forestal Enrique García Gómez, que se había propuesto hablar de plantas sin hablar de botánica.

Antes de ver cómo Quique resolvía el reto, visitamos los umbráculos, la huerta y ese jardín donde conviven árboles, aromáticas y una buena colección de setos. Entre los ejemplares más significativos, un tejo de 25 años que da nombre a la instalación y que resume bien la paradoja vegetal: es una de las especies más longevas y veneradas de Europa; casi todo él es venenoso y, sin embargo, de su corteza se extrae el taxol, uno de los compuestos más utilizados en el tratamiento del cáncer. La naturaleza, una vez más, complicando las categorías.

Quique arrancó su charla hablando del incienso, una resina aromática que lleva siglos quemándose en las iglesias no solo como ritual: es bactericida y fungicida. Las personas más devotas, las que acudían con regularidad al templo, también enfermaban menos. Pensaban que gozaban de la protección divina, pero en realidad era pura química.

Y de química saben mucho las plantas. Los aceites aromáticos que producen actúan como factor de protección solar, evitan la evaporación y les permiten comunicarse entre ellas para atraer polinizadores o repeler herbívoros. La encina, reina del bosque mediterráneo, lleva esta estrategia al extremo: de pequeña desarrolla hojas con pinchos para defenderse de los conejos y los pierde cuando ya ha crecido lo suficiente para estar fuera de su alcance. Una inteligencia sin cerebro que todavía nos cuesta comprender.

Quique conoce la manera de acercar la ciencia a través de lo que creemos saber. Y así nos condujo hacia los bulos botánicos, mucho más abundantes de lo que ustedes imaginan. Hay uno con largo recorrido: el manzano como árbol del bien y del mal, el fruto prohibido del Génesis es en realidad un error de traducción. En el siglo IV, quien vertió la Biblia al latín confundió el adjetivo malus, que significa "malo", y el sustantivo mālus, con "a" larga, que significa "manzano". El equívoco prosperó durante siglos y le dio a esta fruta una fama inmerecida.

Y luego está la historia del quilate. Esa unidad de medida que usamos para calibrar el oro y las piedras preciosas, equivalente a 0,2 gramos, deriva de la algarroba, fruto del algarrobo, un árbol rústico y resistente del que Toledo atesora un único ejemplar. Sus semillas (garrofínes) tienen un peso tan uniforme que durante siglos se usaron como contrapesa de precisión en los mercados. De la palabra árabe qīrāṭ, algarroba, viene quilate. La joyería le debe más a este árbol discreto de lo que sospecha.

Salí del Vivero Taxus con la certeza de que lo cotidiano es una buena puerta de acceso al conocimiento. Cuando en sus paseos encuentren flores, plantas y otros elementos vegetales deténganse y observen. Llevan más tiempo en el mundo que nosotros, hacen cosas que no sabemos hacer y, muy probablemente, se están comunicando con su entorno. Solo hace falta saber escuchar.