Últimamente he visitado en su sede varios cuadros famosísimos y, al ver la cantidad de personas que les respiraban encima, me vino a la cabeza la importancia de los estudios científicos que relacionan la calidad del aire con la conservación del patrimonio cultural.

Sobre este particular, en Toledo hay un proyecto vivo que dirige la química física Ana María Rodríguez Cervantes, una de las científicas más serias y rigurosas que conozco. Y se ha rodeado bien, porque en esta aventura, financiada por el Gobierno regional, la acompañan especialistas en microbiología, física, geología o historia del arte, entre otros. Que me gusta una buena confluencia entre las artes y las ciencias y me encanta defender la tercera cultura. Porque la brecha, si existe, es inapreciable.

Este equipo multidisciplinar se ha propuesto estudiar de manera científica el impacto de la contaminación atmosférica en el Toledo monumental. Su objetivo no es solo describir el problema, sino comprenderlo en profundidad para poder prevenirlo. Por eso, analizarán tanto los agentes químicos como los biológicos que deterioran la piedra, los metales y otros elementos constructivos, así como las tendencias asociadas al cambio climático causado por la humanidad.

El estudio, denominado ICAToletum, se centrará en tres puntos emblemáticos: la Puerta de Bisagra, permanentemente expuesta a la contaminación del tráfico; la Catedral Primada, más protegida por las restricciones de circulación, y el Seminario Conciliar de San Ildefonso o Seminario Mayor, que se encuentra en una zona intermedia. A través de la comparación entre estos lugares se buscará entender cómo influyen las distintas condiciones ambientales en la conservación del patrimonio.

Además, el proyecto analizará la calidad del aire interior de la Catedral y del Museo de los Concilios y la Cultura Visigoda, dado que la contaminación también se filtra en los espacios cerrados, comprometiendo elementos artísticos como retablos, telas, pinturas o piezas de orfebrería.

Más allá de muestreos, laboratorios y mediciones, la esencia del proyecto radica en una idea sencilla y poderosa: proteger la herencia común para que siga viva. Con la colaboración del Ayuntamiento, el Cabildo Catedralicio o el Ministerio de Cultura, la iniciativa se ajusta a un propósito mayor: hacer visible que la ciencia puede ser una herramienta al servicio de la cultura y del futuro.

Toledo, Patrimonio de la Humanidad desde 1986, necesita no solo ser admirada, sino comprendida, cuidada y protegida de cualquier amenaza, especialmente de las invisibles. En esa tarea, ICAToletum marca un camino ejemplar apuntalado por enseñanzas previas: la defensa del pasado a través del conocimiento científico para garantizar un legado edificante e inspirador.