Tan solo fueron veinte días, pero los sentí como un viaje sideral. En un momento desesperado ante la sobrecarga de trabajo decidí desinstalarme, de un ramalazo, todas mis redes sociales. De las que soy terriblemente adicta cerré mi cuenta; del resto, me bastó con desinstalarlas de mi teléfono. La ansiedad me repetía que cada scroll me estaba restando tiempo, así que la motivación de desaparecer era solo una: recuperarlo, y a toda costa.

Lo que vino de rebote fue una gran sorpresa: mucha más calma, la fuga de mi insomnio y una distancia emocional digna de monje budista que, como bien sabe mi psicóloga, lloraba desesperada por tener.

Que me encontrase tan bien poco tenía que ver con que hubiese rescatado, a lo tonto, tres horas diarias para redactar artículos de prensa, desarrollar guiones de radio, hacer informes de lectura de manuscritos en francés o dinamizar clubs de lectura en bibliotecas públicas por cuatro chavos que me pagan el alquiler y el café, sin la oferta del croissant.

Poder trabajar sin taquicardia ni migraña tras el abandono de la forzosa sociabilidad -¿o voyerismo?- digital no fue la culpable de tanta paz. Si algo apaciguó mi resentimiento y crispación fue el hecho de blindar toda posibilidad de enterarme de tantas cosas que no me importan y que incluso detesto saber.

Sonaba el despertador y podía quitarme las legañas sin que me asaltase la foto de la tostada con huevo y aguacate que desayunaba una aspirante olímpica en la categoría de mejor corredora de cinta del gimnasio de su barrio; ya no me hacía al harakiri porque había dejado de ser bombardeada por los miles de ejemplares vendidos de esa autora joven que sospecho que publica cada tres años porque heredó un piso.

Tampoco topaba, mientras esperaba que hirviera el agua, con la publicación de mi expareja sonriente con una recién nacida entre brazos, después que me hubiese abandonado porque no quería ser padre y de modo innegociable; ni me sorprendía, en la cola del supermercado, la sonrisa de dentífrico de esa amiga con la que un día dejamos de hablarnos sin comunicárnoslo y que ahora se va de escapada europea con quienes habíamos puesto a parir.

Nada de eso se colaba en mis retinas y luego se transformaba en garrapata porque, de repente, estaba protegida por una aduana que me había construida en lo que dura el toquecito a una pantallita táctil.

En un mundo donde impactos de todo tipo nos atraviesan, engullimos información como un enfermo conectado a un tubo respiratorio

En Despedidas (Anagrama), Julian Barnes dice adiós a sus lectores tras diagnosticársele un cáncer de sangre. Para ello, el autor anglosajón traza un recorrido por parte de su pasado, que le sirve de muleta para reflexionar sobre esas cuestiones existenciales que solo salen a relucir ante el tufo a muerto que emanan las prendas al hacer la colada.

Conocer determinados procesos quirúrgicos de enfermos terminales le hace plantearse lo siguiente: ¿estaríamos dispuestos, sanos y salvos, a una intervención quirúrgica que consistiese en "un orificio preciso en el cráneo y causar un daño infinitesimal con el fin de provocar la liberación de todos nuestros recuerdos?" ¿Aun sabiendo que el precio por no olvidar ningún detalle de esa noche con una sucesión de carcajadas, o del primer beso patoso adolescente, fuese rememorar cada uno de los episodios en que se nos ha escapado un pedo flatulento o hemos fantaseado con tirar el bebé por la ventana en plena crisis postparto?

Si la identidad es indisoluble de la explicación profunda de dónde venimos, la pregunta cobra una relevancia distinta cuando se dirige a un escritor. ¿Puede una ficción no nacer desde la anécdota a la que vuelve la mente una y otra vez? ¿Puede una mirada fundamentada únicamente a través de ideas y conceptos abstractos que vagan por manuales de filosofía, o necesitamos construirla a través de las experiencias atravesadas?

En Niña de octubre (Gatopardo ediciones), Linda Boström Knausgård narra acerca de los electroshocks que recibió entre 2013 y 2017 a causa del trastorno bipolar que se le había diagnosticado; "sometieron mi cerebro a tal cantidad de corriente eléctrica que estaban seguros de que no sería capaz de escribir esto", confiesa.

La pérdida de facultades intelectuales como efecto secundario de la terapia electroconvulsiva, a día de hoy todavía legal en países como Suecia, la arrojó a una terrible disyuntiva: ¿cómo podía curarse, si su recuperación implicaba un borrado de cabeza que le impedía contar historias, cuando la literatura era su vocación y valía? ¿Y si no era capaz de imaginar un mundo completamente distinto al sufrido, de verdad podía esperarle un futuro alegre y prometedor?

Desde la perspectiva del centro psiquiátrico donde estuvo internada, por supuesto que sí: la recuperación de un enfermo mental pasa por extirpar toda seña de carácter, por convertirse en alguien desprovisto de su propio testimonio pero bajo sus mismos apellidos y carnes. Por fortuna, a la novelista y poeta no le convenció ese intercambio: su obra es un intento de recuperar ese entramado interpretativo que no solamente puede servir de inspiración sino que nos devuelve el sentido crítico. El poder decir que no.

Quizás el problema no es pensar que somos lo que somos a través de lo vivido, sino entender la reminiscencia como un bien preciado. La memoria a veces salva, sí, sobre todo cuando tenemos que repensarnos como parte de un colectivo responsable del avance histórico. Pero, sobre el ciudadano común también persigue, condena e invade espacios que ojalá fueran destinados a una causa mejor. O, como mínimo, más llevadera.

En un mundo donde impactos de todo tipo nos atraviesan -74 gigabytes equivalentes a 70.000 pensamientos es el promedio diario de nuestros procesos cerebrales, apunta Barnes-, engullimos información como un enfermo en coma conectado a un tubo respiratorio. Es entonces cuando el hecho de no saber se erige como un oasis de paz; como un estado de sosegada ignorancia no solo deseable, también utópico y envidiable. Y es que, quizás, estamos expuestos a recordar por encima de nuestras capacidades.

Andrea Genovart (Barcelona, 1993) es escritora. Su primera novela, Consum preferent, obtuvo el Premi Llibres Anagrama de Novel·la 2023 y se publicó en español ese mismo año.