Tu sombra despierta, le dice el poeta a su hijo ausente, es mi mejor refugio, mi cobijo y mi sueño. Todo lo guarda para él, desde la primera gota de vida a la última palabra. Vive el padre su naufragio desde el silencio profundo, pero le cuenta al hijo historias de Ricardo Corazón de León con su vida que parece flotar sobre el jardín para definir el cuarzo luminoso y la escritura que limpia las estrellas.

Quiere decir a otros padres con problemas que un día los ojos verdaderos volverán a encontrarse en el fuego lejano de un futuro lento y en soledad. Acaricia entonces el surco de la luz. Sabe que un murciélago escupió su veneno sobre el sol de la noche. Y se da cuenta de que en el hijo deslumbra su llanto lleno de verdad. Que le habla con claridad y le rasga la voz de los ojos dormidos.

“Eso no es nada, hijo –le dice el poeta–. Eso no es nada”, porque el niño tiene un bulto en la frente. “Crecer es ir hilando cicatrices” sobre el mapa de la vida que contiene ciudades y praderas y “la tensión de un país que nos late en el cuerpo”. Es “el primer hombre que ha vuelto a respirar desde el lecho del lodo tras romper con los puños el hielo del pantano”.

Y habla luego con Salma porque hay luz del alba cada vez que descubre en las gotas de lluvia el eco de sus pasos sobre el agua. “Oh noche que guiaste –escribió el poeta de la noche oscura del alma–. Oh noche amable más que el alborada. Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada”.

Se abre entonces la tormenta y las hojas mojadas le hablan el lenguaje del amor intenso hacia el hijo lejano y solo. Despierta el alba. Y los dedos de Salma conversan al tocar esa mano que contiene la luz.

'Defender El Álamo' es el título de este libro que conmociona y que reúne poemas que están entre los mejores del escritor

Saben los que le rodean “que yo estoy solo y que mi hijo vive lejos de mí”. Seguro que lo lleva escrito en el poema abierto de la cara. Vive el poeta el aullido de las noches. Se acuerda entonces de lo que el viento se llevó, de Escarlata O'Hara, y cuando contempla las fotos del niño que sigue creciendo lejos, camino de sí mismo, repite en voz alta: “Mañana también será otro día. Y le tiembla la voz al mirarse al espejo”.

No le importa entonces que le corten la voz y que le dejen la garganta casi sin respirar con la niebla rasgando su golpe de silencio. Defender El Álamo (Visor) es el título de este libro que conmociona, de estos poemas de Pérez Azaústre, entre los mejores de su larga obra lírica. Y, efectivamente, el poeta descansa sobre los versos para decirle al niño “Defended el Álamo. Recordad El Álamo”.

Santana no es ese Napoleón del México encendido que nace en el cuarto del hijo ausente y por eso “hoy vamos a bailar la danza del espacio y empuñar las espadas tras el santo grial”. “Somos un mapa abierto y un globo dorado frente a la noche oscura. Siempre te quedará nuestra palabra. Yo cubriré tu espalda, y pienso resistir. Hijo, tú y yo sabremos defender El Álamo”.

La tristeza, en fin, inunda las letras de Pérez Azaústre en este libro emocionante. Tristeza, que es amor, diría Antonio Machado. Amor profundo del padre fracturado por el hijo adorado, tal vez solo.