A ella, a la poeta le despierta el peso exacto del siglo. Él la observa como si un dios se permitiera la fatiga. Las pupilas de ella cargan la memoria de las ruinas. No se siente sacudida por la hipocresía de los gestos aprendidos porque los días le han rasgado con las uñas de la ventana azul. Se estremece como las mujeres que se niegan a arder sin haber elegido el fuego.

No hay crueldad en los dientes de su amor que muerde sin odio y en su rutina de depredador medido ordena el caos sin violencia gratuita. El sueño de ella, de la poeta, de Leonor Pataki, que escribe Una madeja de estambre (Visor), no es mensaje ni fuga ni profecía. Por eso no le duele el pasado al cerrar los ojos que huyen sin aviso como si una grieta en el viento lo absorbiera todo.

Con sus versos del amor inmóvil ha construido templos entre las ruinas del abandono. Tal vez por eso, ama a su amor sin cadenas ni ansiedad. A ella no le interesa ser querida si el precio es la rendición porque el ser no se endurece por temor. Fluctúa entre el roce y el zarpazo con soberanía intacta en el interior de la delgada tristeza y la inmensa ternura. En tu piel –le dice– hay manchas de sol, polvo de amarillas copas de oro. Y es que el amor no se exige, se negocia.

Descifra la poeta el rumor de una lejanía anterior a la memoria. No hay sumisión en su silencio. Hay presencia condensada, pero no espera de él que justifique su ser. Desde su libertad sin horizonte, desde su hogar sin encierro, eligió el amado lejano y solo la dignidad del mundo en ruinas sobre la languidez del oro.

La poeta vio en los ojos de él un reflejo de luz inmensa mientras en su mirada se derraman todas las fronteras porque nada es más necesario que el instante que se vive. Carpe diem quam minimum credula postero. Resulta absurdo reclamar espacios, exigir memorias, perderse en futuros compartidos con la certeza de la indiferencia.

Impresionante libro este que acabo de leer, 'Una madeja de estambre' (Premio Loewe de Poesía a la Creación Joven) de la poeta mexicana Leonor Pataki

El mundo del enamorado es el desorden sagrado de lo que no se puede fijar, pero él insiste, desde su lengua tibia que no busca la oquedad, en recordar que tal vez el orden es otra forma del miedo, una prisión de simetrías forzadas. Basta convivir con la soledad como quien comparte el lecho.

El mundo para él es siempre mar y en su fuego –feroz, delicado, sin nostalgia– se esconde la promesa de que no todo lo hermoso tiene que ser útil. Hay días que en la respiración del ser amado se aprende más que en mil libros subrayados. Borda entonces el fuego un círculo de reverencia, porque sí sabe lo cerca que está el amor, la pérdida, la belleza.

El futuro se transforma en espacio por descubrir, en espacio sideral, en el ser que no se divide, que no se dispersa, que en su soledad escondida ocupa cada rincón. Él, el que la amaba, la mira con la atención de quien contempla el misterio de la nada cuando se desenreda la madeja de estambre de su vida que está en manos del aire. Juega entonces con el viento y tiembla sin temor en el laberinto del presente. Y en el gesto sublime de no exigir, encuentra la paz.

El amor, en fin, no araña, no empuja, no clama. Ofrece el cuerpo entero como una vibración y lo contempla todo pidiendo sin nada pedir. El dolor no es pasajero, es la condición de existir. No tiene un final, es solo la otra cara de la indecisión, de aquello que se funde con la luz durante el día y se apaga por la noche sin esperanza ni queja.

La libertad para la poeta y para su amor es la esencia misma de existir y la muerte no está en el gesto tardío, sino en la presencia quieta, en el eco lejano. La soledad se muestra como la esencia del amor verdadero, no como el verso perdido o como un abandono. Se trata de la eternidad contenida en un suspiro porque la muerte no es el final, sino un paso, un regreso a la totalidad.

Impresionante libro este que acabo de leer, Una madeja de estambre (Premio Loewe de Poesía a la Creación Joven). Su autora es ella, la poeta mexicana Leonor Pataki; el amor es él, el gato de Keops que desde hace cuatro mil años en el Egipto clásico vive al calor de los hogares que en todo el mundo le han sacralizado.