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Primera palabra
El museo Slim
Por Luis María Anson, de la Real Academia Española Ver todos los artículos de la 'Primera palabra'
Luis María Anson, de la Real Academia Española
Nunca llegué a conocer bien a la gran nación iberoamericana, a pesar de visitarla todos los meses durante muchos años. México es tan grande, tan asombroso, tan complejo, que resultaría una ingenuidad creer que se lo conoce a fondo. Octavio Paz me decía en su casa, después quemada, de la capital mexicana que los tejidos políticos, sociales, religiosos, culturales, raciales, de México eran demasiado sutiles y, por eso, el análisis de su realidad se hace contradictorio incluso entre los especialistas.
Hace tiempo leí un musculado trabajo de investigación sobre Carlos Slim escrito por José Martínez. Me gustó el libro que no era una diatriba ni una apología y en el que se dibuja el perfil de un hombre discreto, sosegado, austero, enamorado de las manifestaciones culturales. Una persona de bien, en fin, preocupada por la dimensión espiritual del hombre. Carlos Slim está a años luz de esos empresarios mexicanos con tendencia indeclinable al bóvido y al pienso, seguros en el redil, bajo las faldas del poder.
José Martínez cuenta en su libro que en un congreso económico en Nueva York, un despistado periodista yanqui preguntó a un prócer mexicano. "¿Este Carlos Slim es de México?" "No -contestó su interlocutor-. En absoluto. México es de Carlos Slim". Y lo que de verdad vale en el gran personaje no es su dinero ni su poder sino su conocimiento de la condición humana, su amor a los bienes de la cultura, su sencillez personal. Todo eso mana en él como la nieve desde las montañas y los cedros del Líbano donde están sus ancestros. A Carlos Slim, escribí en una ocasión, podrían aplicársele las palabras yacentes que se leen en el Museo Antropológico de la capital mexicana: "Estos toltecas eran ciertamente sabios. Solían dialogar con su propio corazón".