No recuerdo quién era. Se las daba de artista y de enfant terrible, y no paraba de decir sandeces. La entrevistadora, encandilada, lo animaba a decir más y más, y en una de estas el genio declaró, con ánimo provocador, que valoraba más a una persona por “viajada” que por “leída”.

Lo decía así, haciendo este curioso empleo del participio pasivo, que siempre ha llamado mi atención y que no deja de tener su gracia. Pues da a entender que la persona en cuestión ha leído muchos libros, cuando lo que viene a decir, en rigor, es que la que ha sido leída es ella misma, como cuando decimos de alguien que hemos leído su pensamiento o su conducta.

Me pregunto por qué demonios hay que establecer prioridades o jerarquías entre las actividades de leer y de viajar, pero lo cierto es que no es infrecuente verlas asociadas de las más diferentes maneras. Es ya un tópico eso de que leer es como viajar con la imaginación (y al escribir esto me viene el recuerdo el lema escogido por AENA para su glorioso premio de narrativa: “Leer es volar”. Por cierto, ¿alguien sabe si los más de tres millones de euros invertidos en la iniciativa han tenido efectos apreciables en los índices de lectura, siquiera de los títulos seleccionados? No me da la impresión, y en ese caso menudo despilfarro).

Viajar y leer pueden ser –y sin duda son a menudo– actividades enriquecedoras. Pero pueden ser también, por mucho que nunca se diga, adocenadoras e incluso alienantes, y tener efectos indeseables entre quienes las practican. No me refiero solo al aburrimiento o la fatiga. Pienso ahora en efectos directamente nocivos para el espíritu.

La masificación del turismo –por hablar primero de los viajes– suele entrañar para los viajeros experiencias humillantes o envilecedoras, empezando por las que padecen en los aeropuertos gestionados por AENA (¡y dale!).

Viajar y leer pueden ser -y sin duda son a menudo- actividades enriquecedoras. Pero pueden ser también, por mucho que nunca se diga, adocenadoras

Luego está el nada edificante espectáculo de toda esa gente –incluido uno mismo– disfrazada de no se sabe qué, sin el más mínimo sentido del decoro, acarreando de un lado a otro maletas del tamaño de armarios, a veces dos o más.

Y esas colas para simplemente comprar un helado o para visitar unas ruinas que muy pocos acertarían a contextualizar histórica o culturalmente. Por no hablar de la permanente exposición al maltrato de camareros, de azafatas, de lugareños que apenas reprimen su desprecio por ese obediente ganado humano al que todos están dispuestos a ordeñar hasta el último euro.

Mucho más que leer, viajar es hoy un imperativo social que para muchos se traduce en una secuencia de penalidades y estafas que apenas compensa la exhibición en redes sociales de un puñado de fotos de platos raros y de selfis con trasfondo de postal cuidadosamente encuadradas.

Del mismo modo, leer puede no consistir en otra cosa que el embrutecedor consumo de unos cuantos clichés narrativos y sentimentales pretenciosamente hilvanados por cualquier figurón de la tele, o de intrigas de tres al cuarto ideadas con previsible astucia por un autor de best sellers.

Es común, cuando se viaja, encontrar en las salas de recepción de los hoteles anaqueles poblados de libros allí abandonados por anteriores huéspedes. Repasar sus títulos -algo a lo que no me sé resistir cuando se da la ocasión- suele ser decepcionante, cuando no deprimente. Uno se lleva las manos a la cabeza constatando cómo se entretienen las horas de ocio. Tienta establecer un paralelismo entre los beneficios que cabe extraer de esas lecturas y los que, a efectos de experiencia, supone viajar del modo en que en la actualidad te proponen hacerlo muchos paquetes turísticos.

Entre una y otra inanidad, al menos no cabe duda de que, si bien luce menos, leer resulta bastante más barato y confortable.