Resultaría insensato hablar de “derechos de lector” en los términos en que se habla de “derechos de autor”. Y sin embargo, con frecuencia la sola mención de según qué escritor va asociada a un lector señalado cuya tenaz, apasionada y productiva devoción por él redunda en un efecto casi de “propiedad” sobre ese escritor en cuestión. Puede que esté exagerando un poco, pero no demasiado.

En el ámbito académico, es corriente la figura del “especialista” que ha dedicado toda su carrera al estudio de un solo autor. Cuando uno acude a la bibliografía de cualquier “clásico”, tanto más cuanto más oscuro e irrelevante sea, la encuentra siempre copada en buena medida por el nombre de un único estudioso que pasa por ser “el mayor especialista” en su obra, sobre la que ha publicado decenas de libros, ediciones y papers.

Pero ahora no pienso en esta especie tan común en el ecosistema universitario. Pienso más bien en lectores sin toga que, por la razón que sea, han conectado muy particularmente con un determinado autor sobre el que alcanzan a saber todo lo que cabe y más, desplegando, cuando hay ocasión, unos conocimientos y una penetración asombrosos.

En lengua española, por ejemplo, uno piensa en John Cheever y no puede menos que recordar a Rodrigo Fresán, que ha prologado y anotado todas sus obras y escrito incontables artículos sobre él. Si uno se ve en situación de escribir cualquier cosa sobre Cheever, poco menos que siente el impulso de pedir el permiso o la aprobación de Fresán. Exagero de nuevo, cómo no, pero ya me entienden.

El caso de Fresán no me sirve del todo, dado que su voracidad lectora y su monstruosa memoria lo han convertido en “propietario” de un montón de escritores (por no mencionar aquí a Bob Dylan o Stanley Kubrick). Un ejemplo más neto de lo que digo es Íñigo Lomana, a quien tengo por casi exclusivo “propietario” –al menos en lengua española– de Philip Larkin, sobre el que sabe más y mejor, seguramente, que el propio Larkin (y conste que no bromeo: ninguno de nosotros sabe tanto de sí mismo como algunos biógrafos y especialistas alcanzan a saber sobre el autor objeto de su atención).

Imposible imaginar a dos poetas más distintos que Philip Larkin y Ted Hughes, también en lo relativo al físico, al temperamento y a sus respectivas biografías

Lomana acaba de publicar en la colección Alba Poesía, que dirige Gonzalo Torné, una excelente antología titulada: Larkin & Hughes y otros poetas ingleses. Es de sobra conocida la polaridad de Philip Larkin y Ted Hughes, los dos faros de la poesía inglesa de posguerra. Imposible imaginar a dos poetas más distintos, también en lo relativo al físico, al temperamento y a sus respectivas biografías.

Arteramente, Torné persuadió a Lomana no solo de antologar y traducir a Larkin y –mucho más sumariamente– a un buen puñado de los poetas que integraron, con él al frente, lo que se conoce como The Movement (una reacción a la sofisticación del Modernism que imperó en las letras inglesas hasta la Segunda Guerra Mundial): lo persuadió además, quién sabe cómo, de empatar su experta selección de la poesía de Larkin con otra de Hughes, a quien, contra todo pronóstico, y venciendo arraigadas resistencias, Lomana se vio en situación de también antologar y traducir (espléndidamente, por cierto). El resultado es sensacional y hasta cierto punto insólito, dada la acusada inercia que asocia a estos dos poetas sólo antagónicamente.

Extremando la creciente afición de Torné a releer el canon por medio de antologías que, lejos del convencional eclecticismo, reordenan y combinan experimentalmente los hilos de la tradición, este feliz volumen pone en juego, principalmente, dos voces muy consabidas que al resonar en la misma cámara generan sorprendentes armonías. Contribuye a lograrlo una traducción desprejuiciada, esmeradísima y afinada, respaldada por sucintas presentaciones que uno desearía más prolijas. El resultado es una estrepitosa delicia.