Acaba de publicarse en Acantilado un pequeño y precioso volumen misceláneo que reúne media docena de ensayos de Erich Auerbach, más un puñado de cartas –estremecedoras las escritas en los años 30 y 40– con corresponsales de la altura de Thomas Mann, Walter Benjamin, Erwin Panovsky o Victor Kemplerer.

Se titula La cicatriz de Ulises. Horizontes de la literatura universal, y se presenta en edición de Matthias Bormuth, autor también de la introducción. Todos los materiales reunidos son de enorme valor, pero aquí quiero destacar particularmente el ensayo titulado “Filología de la literatura universal”, del año 1952.

El ensayo fue la contribución de Auerbach a un volumen en homenaje a Fritz Strich, historiador de la literatura conocido entre otras cosas por sus trabajos en torno al concepto de Weltliteratur, que puso en circulación nada menos que Goethe en un pasaje famoso de sus conversaciones con Eckerman.

En el pasaje en cuestión declara Goethe: “Hoy en día la literatura nacional ya no quiere decir gran cosa. Ha llegado la época de la literatura universal [Weltliteratur], y cada cual debe poner algo de su parte para que se acelere su advenimiento”.

Desde que estas palabras fueron pronunciadas, han corrido ríos de tinta en torno a sus intenciones y sus alcances. Más de un siglo después, Auerbach reconsidera la idea en un mundo profundamente transformado.

Impresiona constatar cómo en los 50 algunas inteligencias atentas acertaron a vislumbrar muchas de las problemáticas que determinan nuestro presente

Impresiona constatar una y otra vez cómo en la década de los 50 algunas inteligencias atentas acertaron a vislumbrar muchas de las problemáticas que determinan nuestro presente. Auerbach enfrenta el concepto de universalidad al de la globalización entonces aún emergente, como poco antes se habían contrastado los conceptos de cosmopolitismo e internacionalismo.

Las reflexiones de Auerbach mantienen la actualidad toda su vigencia. Se trata, por un lado, de saber si la universalidad cuyo advenimiento celebraba Goethe es capaz de preservar la riqueza y la diversidad que tanto lo atraían, o si conlleva un proceso de uniformización que opera en un sentido exactamente contrario. Y se trata de averiguar, a la vez, si el incesante y abrumador incremento de documentos de toda índole que no cesan de abarrotar los archivos y las bibliotecas, gracias a menudo a saberes muy especializados, permite algún tipo de perspectiva abarcadora, de síntesis integradora y por lo mismo fértil, o si estamos abocados al inventario indiscriminado, a la enciclopedia.

El autor de Mimesis (1946), todo un paradigma de crítica universalista, plantea estas disyuntivas con sosegado dramatismo, abierto a la esperanza que le despiertan algunas jóvenes luminarias de su tiempo. “En todo caso –concluye– nuestra patria filológica es la Tierra entera; hoy ya no puede serlo la nación. Es cierto que lo más precioso e indispensable que hereda el filólogo es la lengua y la cultura de su nación, pero esa herencia sólo es eficaz en el desprendimiento, en la superación. Si las circunstancias cambian, debemos regresar a lo que ya poseía la cultura prenacional de la Edad Media, a la noción de que el espíritu no es nacional”.

Conocía este texto por la versión algo abreviada que del mismo hizo Pablo Gianera para la revista argentina Diario de Poesía (núm. 81, 2011). Se presentaba allí con una excelente introducción de María Teresa Gramuglio, quien señalaba la acuidad de la problemática planteada por Auerbach y ponía el ensayo de este en discusión con dos aportaciones entonces aún candentes: La República mundial de las letras, de Pascale Casanova (1999, traducción en Anagrama de 2001), y los primeros trabajos sobre el tema de Franco Moretti (en la New Left Review).

Vale la pena seguir estas y otras pistas que Gramuglio procuraba para profundizar en una cuestión y en un debate apasionantes cuya importancia no hace más que crecer y complicarse, conforme el proceso de globalización cultural se entrevera con el desarrollo de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial.