BABILONIA. La calavera de Francesco Petrarca (1304-1374) se desintegró en las manos de Giovanni Canestrini en cuanto el biólogo la tomó y la extrajo de su sarcófago de mármol para realizar, en 1874, un estudio de los huesos del poeta y humanista. Fue la cuarta vez que los restos óseos del genio de Arezzo fueron hurgados y deteriorados. Así termina el amenísimo Los lugares de Petrarca (Acantilado), escrito por el arquitecto, filósofo, crítico, profesor y escritor Eduardo Prieto.

El libro, que combina fluida y culta erudición, narratividad, pensamiento y cierta impronta lírica, comienza, claro, con el avistamiento en Aviñón, a la salida de misa, por parte de un treintañero Petrarca, de la adolescente Laura de Sade, con la que el autor de los más de 300 sonetos de Cancionero no llegaría a tener ninguna relación, pero a la que convertiría en su ideal femenino inspirador.

Pronto dedicará Prieto a Aviñón, "esa apestosa Babilonia de Occidente", según Petrarca, corroída por las intrigas, excesos y corruptelas del poder y por la lujuria y sede papal durante más de setenta años, muy apasionantes páginas en las que detalla desde sus opulentos banquetes hasta su red de letrinas y cloacas.

Petrarca odió Aviñón, ciudad en la que pasó más de quince años al servicio de las autoridades eclesiásticas, pero en la que encontró para vivir una casa, que Prieto describe y analiza, en la vecina Fontaine-de-Vaucluse, junto a la telúrica gruta de la que manan las aguas del río Sorgue, investigada con riesgo de su vida por el mismísimo Jacques Cousteau y cuya sima interior ha sido fijada en 315 metros de profundidad.

POSTERIDAD. Los lugares de Petrarca pondera la condición del poeta como peregrinus ubique, en sus propias palabras como alguien impelido a "cambiar continuamente de sitio".

El libro ofrece numerosas resonancias de muy sentidas aspiraciones actuales

Además de en Aviñón, Petrarca vivió en Nápoles, Roma, Parma, Florencia, Venecia y Padua, entre otras ciudades de su mapa geográfico y literario, en una búsqueda de lugares apartados, de "desiertos" para el espíritu en los que desarrollar lo que Prieto llama su "proyecto solitario, elitista, campestre y bibliófilo", que culminaría, junto a Padua, en su casa de Arquà, donde la muerte le sorprendió en 1374 leyendo un libro en su muy pensado studiolo.

Una muerte, apunta Prieto, que ni pintada para quien siempre ambicionó, pese a sus contradicciones –servir a los magnates / vivir con austeridad y apartado–, pasar a la posteridad con una imagen muy elaborada y esmerada.

MONTAIGNE. El libro se subtitula Sobre naturaleza y soledad, y en cómo cultivó ambas mediante la elección y configuración de sus casas reside su meollo, que ofrece numerosas resonancias de muy sentidas aspiraciones actuales.

El autor de De vita solitaria, muy influido por Séneca, Cicerón y San Agustín, tuvo fobia a las ciudades y buscó en sus retiros campestres el ideal del ocio (bien aprovechado) frente al frenético negocio urbano. Jardines, huertos, ríos, bosques y montes fueron el decorado y el paisaje exterior de sus casas, su teatro de operaciones y su “teatro de marionetas”, lejos de los “sucios placeres” y para afanarse en “el cuidado del alma” mientras paseaba, meditaba, leía y escribía.

Para acordar y desacordar sus opiniones sobre la soledad y la escritura, Prieto pone en pie un imaginario y sustancioso encuentro y diálogo entre Petrarca y Michel de Montaigne (1533-1592) a orillas del río Sorgue, que opera como condensación de muchas ideas del libro.

También trae a colación, entre múltiples alusiones culturales, la figura de San Jerónimo, explorador y habitante del desierto sirio, para hacer notar la coincidencia iconográfica entre las representaciones pictóricas del santo en su estudio (Messina, taller de Van Eyck y Durero) y el retrato del encapuchado y laureado Petrarca en el suyo, que ocupa la portada del muy jugoso volumen.