RELATOS. “En la primavera de su segundo año en la universidad, cuando tenía veinte años, Susan Andrews le dijo tranquilamente a su padre que lo había dejado de querer”. Así empieza “Una chica natural”, el segundo de los siete cuentos de Mentirosos enamorados (1981), la segunda y última colección de relatos de Richard Yates (1926-1992). Fiordo, siete años después, ha vuelto a editarla, con traducción de Andrés Barba, tal vez para coincidir con el centenario del nacimiento, el pasado 3 de febrero, del escritor de Yonkers (Nueva York).

No siempre comienza Yates sus cuentos de forma tan impactante, pero las rupturas y las dificultades o el fin de cualquier clase de relación son dos de los temas recurrentes de ese extraordinario narrador realista, angustiado y pesimista que fue Yates, admirador en su día de Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, a quienes cita varias veces.

Está feo decirlo así, pero los relatos de Yates, de entre treinta y sesenta páginas, casi alcanzan la categoría de novelas cortas, con tiempo y espacio para construir –como también sucede en Once tipos de soledad o, según otra traducción, Once maneras de sentirse solo (1962)– personajes de hondura psicológica y argumentos que evolucionan con cambios y novedades. Todas las novelas de Yates (siete) están traducidas al español.

DESASTRE. Vía Revolucionaria (1961), su primera novela, fue el formidable fogonazo de salida de Yates. En ella, con una pareja destinada al desastre, habitante de una confortable urbanización suburbial de las clases medias aspiracionales, ya fulminó la viabilidad del sueño americano –otro de sus temas–, mil veces promovido por el cine norteamericano.

La excelente versión cinematográfica de Sam Mendes en 2008, con Leonardo Di Caprio y Kate Winslet, reforzó el rescate en todo el mundo de Yates, un escritor que, tras su muerte, había caído en el olvido, pese a los elogios entusiastas de autores como Richard Ford, Raymond Carver, William Styron y Joan Didion.

'Mentirosos enamorados' fue la segunda y última colección de relatos del escritor neoyorquino

Dos divorcios calamitosos –en los que perdió la custodia de sus tres hijas–, una tuberculosis contraída durante su participación en la II Guerra Mundial y su desmesurada dedicación a la bebida y al tabaco –enfermó de enfisema, pero ni caso– influyeron decisivamente en que su obra y su vida se acortaran, mientras vivía de dar clases de escritura en universidades y escuelas.

Los trazos autobiográficos sazonan su escritura. La bebida es omnipresente y acompaña, en muchas ocasiones, a los naufragios e inestabilidades amorosas. Su etapa como redactor de discursos de Robert Kennedy –cuando este era fiscal general– asoma en la citada “Una chica natural”.

Sus experiencias en la guerra están detrás de “Licencia por motivos familiares”. La tuberculosis y la escritura –con mención al poeta tuberculoso John Keats– emerge en “Saludos en casa”. Su decepcionante incursión –al igual que la de Fitzgerald y tantos otros– como guionista de Hollywood pudo haber contribuido a “Adiós a Sally”: Yates escribió el guion de la película bélica El puente de Remagen (John Guillermin, 1969).

REALISMO. Richard Yates no fue un escritor “amable”. Su rugosa y muy elaborada prosa puso en pie un realismo áspero, incómodo, que, además, no escatimaba algún detalle desagradable. Y es que para Yates la vida no es agradable. Lo escupe uno de sus personajes: “Quieres que el mundo sea ‘agradable”, ¿no? Pues escucha, cariño, escúchame bien. El mundo no tiene una mierda de agradable, ¿sabes?”. La frustración, el fracaso y la desafección tejen las relaciones amorosas, familiares, profesionales y amistosas.

Los personajes de Yates tienden a no poder hacerse cargo de sí mismos, a no poder encontrar su punto de equilibrio y de apoyo. Por eso mienten y se mienten. Sucede también en Las hermanas Grimes (1976), mi novela favorita de Yates. También de Woody Allen: en Hannah y sus hermanas (1986), Elliot (Michael Caine) se la regala a su cuñada Lee (Barbara Hershey).