Image: Hojas de hierba

Image: Hojas de hierba

Poesía

Hojas de hierba

Walt Whitman

18 septiembre, 2008 02:00

Retrato de Whitman

Edición y traducción de Francisco Alexander. Visor. Madrid, 2008. 1.135 pp., 24 e.


Tiene esta versión total del libro de Walt Whitman (West Hills, Nueva York, 1819 - Camden, Nueva Jersey, 1892) un complemento ideal para leerla con pleno fundamento: los densos y sucesivos prólogos que el poeta añadió a su obra desde aquella primera edición reducida de 1885 y por él mismo costeada. He comenzado leyendo el último de estos prólogos, el que Whitman puso a la octava edición. Lo escribe en 1891, sólo un año antes de su muerte, y me ha llevado a recordar otro prólogo: el escueto y conmovedor que nuestro Cervantes escribe para su Persiles horas antes de morir. El tono, guardando las distancias, es el mismo: el de una persona que sabe que va a morir y que deja atrás una obra colmada.

Más que en ese prólogo, la presencia de la muerte está mucho más viva en los últimos poemas que Whitman escribe. Incluso hay uno de ellos ("¡Adiós mi fantasía!") que plantea esa dualidad terrible que sólo las vísperas de la muerte ofrecen. "Fantasía" es el término que el poeta utiliza para definir su torrencial inspiración, el fruto colmado de tantos años que ha sido su obra, la intensa vida a ella entregada. En el otro extremo, en ese mismo poema, se halla la muerte y en medio de ambos conceptos la angustiosa tensión del fin, que él fija en uno de sus versos: "Me voy, yo no sé a dónde". Además, como una resonancia de su inconfundible optimismo, lanza un grito ("Adiós y ¡salud!") con el que parece retar a la misma muerte.

Whitman tiene en ese momento 73 años. Antes, han transcurrido otros 40 en los que ha sometido a su libro a un ritmo y a una extensión crecientes. Y antes están las raíces de su obra y de su vida, que había comenzado en 1819. Hay en la suma poética que es Hojas de hierba -acaso un único poema de fragmentos múltiples- una serie de constantes que la caracterizan: la presencia nutricia y total de la naturaleza de su país; sus preocupaciones sociales -con particular referencia a su obsesiva idea de una utópica, ideal "democracia"-; el amor universal y la sensualidad, definida por las mentes cerradas de su tiempo como "escandalosa" en algunos pasajes, así como un vitalismo claro, entusiasta. Whitman tiene una idea muy concreta del mundo y de su país, y testimonia sobre ellos en sus inconfundibles versículos de amplísimo respiro.

De estos cuatro grandes temas es el de la naturaleza el impulsor de su canto, el más genuinamente expresado entre los escritores de su país. Seguramente sólo otro poeta americano, Pablo Neruda, se le puede comparar por la riqueza y variedad de la misma, aunque hay siempre diferencias en las que no entramos.No es raro que otro escritor norteamericano, Emerson -revelador también del vitalismo y los dones que sólo la naturaleza concede-, se sintiera entusiasmado al leer la primera edición de Hojas de hierba y declarase que era "la creación más extraordinaria de ingenio y de sabiduría que los Estados Unidos han producido hasta ahora".

Tiene el lector, con esta edición, la primera absolutamente completa, con los 389 poemas de la novena y última preparada por Whitman en 1892, el mismo año de su muerte en Camden. La versión de Francisco Alexander se convierte así en la de referencia en español, por su abarcador esfuerzo, porque trae más luz a ese gran libro, una de las incuestionables cimas de la poesía universal. Hay también en el traductor una comprensión previa de Whitman, una sintonía, que revelan estas palabras de su prólogo: "Hojas de hierba es la confesión total de un hombre tolerante, bueno, comprensivo y misericordioso que poseyó el don poético genial y que quiso explicar su posición respecto de Dios, del Universo y de los problemas eternos del hombre".