Poesía

Montañas en la niebla. Poesía vasca de los años 90

Jon Kortazar

13 abril, 2006 02:00

Jon Kortazar. Foto: Mitxi

DVD. Barcelona, 2006. 240 páginas, 13,25 euros

Como continuación de la selección y traducción de poesía vasca presentada en La pluma y la tierra (2000), Jon Kortazar ha llevado a cabo la presente antología de la poesía escrita en lengua vasca durante la década de los 90, en la que, digámoslo ya, hay textos de verdad importantes.

Y no es el único mérito de Kortazar su labor de traducción -en colaboración con otros-, sino también el extenso trabajo introductorio en el que, por una parte, da cuenta de qué ha sucedido en la poesía vasca en la década mencionada desde la perspectiva de la literatura como sistema y, por otra, ofrece breves pero precisos ensayos sobre la escritura de cada uno de los poetas seleccionados. Y hay que decir que todo ello resulta de una gran utilidad para la lectura de los poemas.

En la introducción, y refrendado con datos, se muestra cómo al gran número de poetas nuevos en la década de los 80 ha sucedido una nómina marcadamente inferior, casi la mitad, en la siguiente. El diagnóstico del prologuista es claro y parece certero: alcanzada la normalización del sistema "literatura vasca", la poesía ha pasado a ocupar el lugar marginal, o casi, que le corresponde en un sistema cuyo centro, señalado por el mercado, es la narrativa.

Atiende también Kortazar a las estéticas a las que se adscriben los nuevos libros, y de su análisis, en el que son instrumento ciertos rasgos caracterizados como postmodernos, se desprende que estos nuevos poetas vascos escriben en unas claves que son las mismas que comparten los poetas más exigentes en cualquiera de las lenguas, lo que sitúa a la poesía en euskera, pese a ser minoritaria, en un lugar privilegiado.

Los seis poetas representados aquí merecen toda la atención y algunos de los textos seleccionados son, sin más, memorables. Lo es "66 versos en la ciudad sitiada" de Rikardo Arregi Diaz de Heredia, un espléndido poema con su yo desdoblado, en un tiempo único, en Gasteiz y Sarajevo; y no lo es menos su "Tierra dormida III"; lo es "Sueño eterno" de Karlos Linazasoro, una ensoñación de viaje que reúne toda una educación sentimental presentada no de un yo, sino de un nosotros, que lo abre a una dimensión totalmente distinta; la dispersión del sujeto y la polifonía que se dan en la secuencia aquí recogida de "Trozos de vida", conjunto coral en el que se despliegan las lenguas y los puntos de vista, hablan de la calidad de la escritura de Juanjo Olasagarre; o "Notas breves - 1", donde, como en otros poemas más, Miren Agur Meabe pone su voz a trabajar por una nueva presencia, y aun identidad, de la mujer y de su cuerpo, muy en sintonía con no pocas autoras actuales en cualquiera de las lenguas que se consideren; "El momento" de Harkaitz Cano o su "Basquiat", monólogo dramático con un sujeto nada complaciente ni consigo mismo ni con el mundo, son muestras de calidad; y he de decir que memorable es toda la poesía de Kirmen Uribe, tal como el lector ya pudo comprobar en su Mientras tanto dame la mano (2004), escritor que con una aparente sencillez de discurso presenta una pluralidad de voces que hablan, se citan, etc., y es dueño de una magia narrativa singularísima con unos cierres de texto magistrales. Su decir, hecho de ficción y testimonio real -no faltan escenas de lo más cotidiano-, los combina de tal modo que se da una suspensión de estas nociones.

La lectura de esta antología es una ocasión de oro para conocer algo, y de verdad que es algo importante, de lo que la poesía vasca es hoy, una poesía que, por las distancia del resto de las lenguas españolas, es prácticamente desconocida para la mayoría de los lectores. No puede cerrarse esta reseña sin que conste un reconocimiento muy especial a los trabajos de Jon Kortazar, pues sin su labor de mediador -y se trata de una labor sustentada en sólidos conocimientos críticos y teóricos- esa poesía, con todos sus valores y por qué no mencionar el placer de lectura que dona, permanecería casi secreta. La cultura vasca, y la cultura española en general, tienen con él una deuda.