Image: Parnaso funerario

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Poesía

Parnaso funerario

Enrique Badosa

17 octubre, 2002 02:00

Enrique Badosa. Foto: Archivo

DVD. Barcelona, 2002. 80 páginas, 7’90 euros

Enrique Badosa (1927) es uno de los grandes ausentes de su generación en las antologías. Salvo la excelente Partidarios de la felicidad, de Carme Riera, ninguna de las principales cuenta con este poeta barcelonés que, no obstante, desde 1956 es autor de una obra abundante, de variado registro y, desde luego, ineludible.

Ahí están libros como En román paladino (1970), Mapa de Grecia (1979) o Marco Aurelio, 14 (1998) para demostrarlo. Le debemos también una temprana antología de la lírica medieval catalana, su memorable versión de Horacio, o las de Espriu y J. V. Foix, y su ensayo Primero hablemos de Júpiter, uno de los documentos más interesantes de la polémica comunicación/conocimiento que algunos de los poetas de la llamada "escuela de Barcelona" establecieron con Vicente Aleixandre y Carlos Bousoño durante los años 50.

Aunque ha seguido cultivando distintos géneros poéticos (Marco Aurelio, 14 es uno de sus mejores logros, elegíaco, intenso y emocionante), Badosa parece dar protagonismo últimamente al registro satírico siempre presente en su obra, sobre todo a partir de Dad este escrito a las llamas (1976). Así, desde la diversidad temática de los Epigramas confidenciales (1989) a las sátiras literarias de los Epigramas de la Gaya Ciencia (2000) y de los epitafios que componen este Parnaso funerario, el poeta pasa revista crítica, anónima por supuesto, a los usos y costumbres sociales, en particular a la "poetambre" actual, como la denomina desde la advocación cervantina que abre esta última entrega.

El autor, que además de poeta ha sido editor de poesía, conoce muy bien los comportamientos de la sociedad literaria, y se dedica iluminar su visión del Parnaso contemporáneo como un carnavalesco desfile de monstruos ridículos entre los que sólo faltan las poetisas, a las que Badosa declara haber dejado fuera adrede, y los poetas antólogos que no dudan en incluirse a sí mismos dentro de su propio canon. Por su propia entidad satírica, estos epigramas no evitan la exageración: más bien basan su efecto humorístico-moral en la deformación, en el juego con el tópico, en el negativo de unos retratos a los que cada lector cómplice pondrá rostros y nombres, en unos efectos de lenguaje que Enrique Badosa domina con maestría quevedesca y que dan lugar a los mejores momentos del libro.

Aunque algunos de estos epitafios me parecen menos mordaces de lo que podrían haber sido (Experiencia/Diferencia), algo forzados en ocasiones (el "poeta malmaridado", el "despechado"), la mayor parte brinda espléndidos aciertos: el poeta polimorfo, el soberbio, el hermético, el poetón ya viejo incontinente, el ubicuo, el plagiario, el tópico. No faltan epigramas dedicados a las polémicas literarias, al mal lector que no entiende "lo cuerdo de no estar siempre muy cuerdo" o a ciertos críticos. Lo que sostiene, sin embargo, esta divertida colección es la muestra de la pluralidad poética actual presentada desde la tipificación ridiculizadora que pone el énfasis en las distintas formas de inautenticidad de que hay ejemplos en todas las tendencias y capillitas, y esto es lo importante de las sátiras que componen este repertorio de comportamientos identificables en el que todos podemos vernos incluidos porque "es fama que en tal campo de los muertos/ se ven más fuegos fatuos que en ninguno". Aunque se echase en falta la autocaricatura (ya la incluyó Badosa en la serie anterior), el lector podría percibir al sesgo toda una ética estética personal en la que se reconoce una trayectoria tan independiente y variada como auténtica.