A-Merino

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Poesía

La voz de los relojes

15 noviembre, 2000 01:00

Ana Merino
Visor. Madrid, 2000. 58 páginas. 900 pesetas

Poesía autobiográfica la de Ana Merino, pero que huye de la constatación notarial de lo vivido, si es que tal aséptica fidelidad es posible, y deja espacio para la verdad de las mentiras

“¿De dónde soy?”, se pregunta Ana Merino al comienzo de su nuevo libro. “¿Dónde está mi geografía,/ mi pedazo de mundo?”, añade más adelante, en el mismo poema. Ana Merino (Madrid, 1971) se inició en la poesía con un libro, premio Adonais en el 94, significativamente titulado Preparativos para un viaje. Crónicas de ese viaje -en el espacio y el tiempo- son los dos títulos siguientes, Los días gemelos (1997) y el recién aparecido La voz de los relojes.

“Soy de lo que leo”, se responde. Pero la patria de Ana Merino no es sólo la literatura, sino también, como acreditan tantos poemas, la infancia y los sueños. Hay en su poesía una rara mezcla de intimismo neorromántico y onirismo, de cotidianidad y misterio.

“Mi vida se hizo frágil/ al saberse mortal”, comienza el segundo de los poemas. El sentimiento del tiempo, que diría Ungaretti, protagoniza, de ahí el título, La voz de los relojes. Resultan muy característicos de la poesía de Ana Merino los comienzos nítidos, casi en lenguaje directo, sin las rebuscadas ambigöedades que algunos confunden con la poesía. Pero a partir de ahí el poema busca nuevos caminos, rehúye el tópico, desdeña tanto la glosa conceptual como el convertirse en una deshuesada queja. La vida del protagonista poemático se hace tan frágil al saberse mortal que se parte en dos, como el vizconde demediado de Calvino, y el resto de los versos nos cuenta la historia de cada una de esas dos mitades.

Poesía autobiográfica la de Ana Merino, pero poesía que huye de la constatación notarial de lo vivido, si es que tal aséptica fidelidad es posible, y deja espacio para la verdad de las mentiras, para las aventuras de la imaginación: “Hay señales que indican un desvío/ que nunca tomaré,/ sin embargo imagino/ la historia de mi vida/ siguiendo ese camino,/ y soy otra mujer/ y vivo en una casa/ con un jardín sembrado de amapolas,/ y siempre que florecen/ paseo con mi hija,/ con una niña triste/ que no me reconoce”.

Los anteriores versos nos indican uno de los riesgos de esta poesía: cierta ingenuidad y un gusto por la sencillez que puede bordear el simplismo. Así recuerda, en otro de los poemas, sus inicios escolares: “Aquel primer año de pupitres/ y trenes de cercanías,/ te querías morir varias veces/ para resucitar sobre la cama/ e inventar la historia”. Pero ahora -nos dirá más adelante- “transformas el odio/ en gotas de rocío”. Afortunadamente, no abundan en el libro -pero tampoco escasean demasiado- las muestras de semejante blandenguería.

No favorece la adecuada lectura de los poemas el que éstos carezcan de título y vayan simplemente numerados, ya que de esa manera tienden a ser interpretados como partes de un único poema y no como textos exentos. Cierto que no todos desaparecen enteramente autónomos: algunos son sólo variaciones, resonancias de los temas principales. Pero la mayoría valen por sí mismos, al margen del conjunto, aunque integrados en él puedan adquirir una resonancia mayor. El título de un poema no es un adorno al margen, un añadido del que se pueda prescindir; es la opción estética final, la que corta el cordón umbilical del texto con su creador; en poesía el principiante y el aficionado se reconocen en que no saben titular; para poder titular es necesario ser capaz de ver el poema como un objeto estético, como obra literaria y no como un desahogo sentimental o como sibilinas palabras llegadas no se sabe de qué místicas honduras o alturas.

La voz de los relojes
es un libro menos monocorde de lo que a primera vista pudiera parecer: hay recuerdos de infancia, apuntes casi costumbristas, la reiterada constatación de ese momento de la vida en que, como diría Cernuda, el tiempo nos alcanza; hay también poemas viajeros en el sentido más convencional del término, casi coloreadas postales turísticas: “Amanecer cubano/ de pájaros cantores,/ de rincones dormidos/ por el frescor/ del aire sonámbulo/ al final de la noche”.

El poema final del libro -el más extenso- puede servir para ejemplificar la manera como Ana Merino trasciende la realidad y es capaz, nueva Alicia, de atravesar el espejo de “la peluquería del Señor Russel” para llevarnos de la mano a un trasmundo que es a la vez infierno y paraíso.