Image: Agosto, octubre

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Novela

Agosto, octubre

Andrés Barba

24 septiembre, 2010 02:00

Andrés Barba. Foto: Antonio Moreno

Anagrama. Barcelona, 2010. 152 páginas, 15 euros


Salvo por las penetrantes incursiones del consagrado Luis Mateo Díez en la adolescencia, poco hay en nuestra reciente prosa narrativa acerca de esta edad problemática, sólo presente de pasada en las novelas como momento de una trayectoria vital y con frecuencia desde el tópico o la sentimentalina. No puede, pues, acusarse a Andrés Barba (Madrid, 1975) de buscar el facilismo temático porque Agosto, octubre se centra sin concesiones en ese trecho en que un muchacho se hace mayor y descubre en toda su dimensión los grandes secretos de la vida. Genéricamente, por tanto, el escritor madrileño hace una novela que pertenece a la conocida modalidad del relato de maduración, terreno, éste sí, minado por legión de textos de todo tiempo, lugar e idioma. Dentro de ese marco anecdótico y temático, Barba acota unas circunstancias diferenciadoras para dar vida a una intensa y dura historia, novedosa e interesante.

Agosto, octubre cuenta una peripecia externa muy simple. Un muchacho, Tomás, veranea con sus padres en el habitual pueblecito costero y regresa con los suyos a Madrid. Esto ocurre en la primera parte del libro, emplazada en agosto. En la segunda vuelve de nuevo al pueblo a impulsos del sentimiento de culpa causado por un episodio de las vacaciones. En agosto ha hecho acopio de experiencias decisivas: ha sabido de las diferencias de clase por medio de su ocasional pandilla de amigos; ha visto la violencia que rige el mundo; ha palpado la vertiente dramática de la existencia, la muerte (encarnada en el fallecimiento de la hermana del padre), y, empalideciendo todo ello, ha hecho un traumatizante descubrimiento del sexo.

Barba suprime de un tajo las connotaciones ternuristas o líricas previsibles al situar el amor en pleno descanso estival y se vuelca en el drama. Apenas explota la rebeldía familiar del hijo, selecciona unos personajes duros de justa sequedad emocional, esboza complejas psicologías posibles y reserva el ahondamiento en la conciencia para mostrar las indecisiones perturbadoras de Tomás. Hay que destacar que la narración tiene también mucho de exposición de un conflicto según reglas teatrales que desembocan en la catarsis de la transgresión. Así, lo que en principio parece ser más o menos innovadora historia de aprendizaje de la vida alcanza la hondura y el desgarro de la tragedia. La gran desigualdad entre las dos partes de Agosto, octubre (100 páginas la primera, 40 la otra) está bien establecida.

El pasaje localizado en octubre funciona como la liquidación del conflicto de conciencia anterior. Sólo se requiere la mínima e inesperada materia de este mes para redondearlo con veracidad. Tampoco hace falta mucha retórica para expresarlo con efectividad. Sirven para ello la frase corta, el léxico sencillo y el diálogo entrecortado. No es que Barba no sepa escribir con mayor énfasis (obsérvese, si no, "la áspera ternura de los sonidos de las dunas" o "un luto blanco, lóbrego de pura luz"), es que su meta está en comunicar de manera directa la experiencia decisiva de Tomás. En su aparente simplicidad se halla el acierto de esta novela en la que debe subrayarse el mérito de su originalidad: un sorprendente desarrollo anecdótico consigue reinventar un lugar común.