Image: Lo que el día debe a la noche

Image: Lo que el día debe a la noche

Novela

Lo que el día debe a la noche

Yasmina Khadra

30 octubre, 2009 01:00

Yasmina Khadra. Foto: Archivo

Trad. W. Carlos-Lozano. Destino. 384 pp. 19’50 e.


Yasmina Khadra (Kenadsa, Sahara argelino, 1955) ocultó su verdadera identidad durante una década. Detrás de un nombre femenino -que alimentó la expectativa de una escritora emboscada en la sociedad argelina de los noventa, cuando aún se libraba una guerra civil encubierta-, publicó en francés una serie de novelas policiacas, donde la intriga alternaba con la denuncia política y social. En 2000, Yasmina Khadra desveló que se llamaba Mohammed Moulessehoul y que disfrutaba del grado de comandante en unas Fuerzas Armadas cada vez más desprestigiadas. Su abandono de la carrera militar para intensificar su actividad literaria sólo recrudeció las acusaciones de impostura. El fenómeno Khadra, de enorme eco internacional, parecía acomodarse al estereotipo de un autor atrapado por los conflictos del Magreb, pero con una clara vocación occidental. De hecho, la elección del francés corroboraba las sospechas de oportunismo y hostilidad hacia una tradición estigmatizada por el colonialismo.

Al igual que Pamuk, Khadra sería el Sidney Poitier de la causa árabe, la única cara que Occidente tolera del mundo islámico. Sin embargo, la evolución de Khadra como escritor impugna este dictamen. Las golondrinas de Kabul, El atentado y Las sirenas de Bagdad podrían leerse como una trilogía que recorre los escenarios más dramáticos de Oriente Próximo, señalando la responsabilidad de Europa y Estados Unidos en guerras inacabables, donde se invoca el derecho de injerencia o el respeto a los derechos humanos para justificar intervenciones calamitosas, desastres interminables de final incierto, que sólo han conseguido multiplicar el sufrimiento e incrementar el encono entre los contendientes. Lo que el día debe a la noche prosigue con esta tarea de esclarecimiento. De ojos azules y piel clara, Younes crece en el próspero hogar de un tío que ejerce como farmacéutico en Orán.

No tardará en integrarse en la comunidad occidental, pero la guerra de independencia le empujará a sus orígenes, obligándole a escoger entre los valores de su padre (un campesino arruinado, pero honesto y fiel a sus raíces) y la postura acomodaticia de su tío, más preocupado por conservar su estilo de vida que por una Argelia liberada de la presencia francesa. La aparición del amor sólo agudizará el conflicto, pues Younes se enfrentará a sus afectos y a su educación para dilucidar qué lugar le corresponde en un país estremecido por la violencia. "La Muerte, la fecunda concubina de la Desgracia, la realidad que no quería mirar de frente" se presentará sin avisar, con la forma de un brutal atentado en plena calle. Younes tendrá que elegir entre la indignidad o estar a la altura de las circunstancias, aceptando la cuota de dolor que le ha reservado la historia.

Kadhra no descuida ningún aspecto y se muestra exigente con el estilo, concertando lirismo y eficacia. En cuanto a los personajes, elude los estereotipos y las simplificaciones, logrando diálogos intensos y creíbles. Lo que el día le debe a la noche es un título elocuente, que apunta hacia la trastienda no ya sólo del poder, sino de los procesos políticos más nobles, donde la necesidad impone muchas veces aliados indeseables. Después de leer esta novela, resulta imposible acusar a Kadhra de complacencia con Occidente. Sería más exacto afirmar que se trata de un hombre airado, con una indignación creciente hacia los políticos que han incendiado Oriente Medio.