Image: Finalmusik

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Novela

Finalmusik

Justo Navarro

24 mayo, 2007 02:00

Justo Navarro. Foto: Ángel Díaz

Anagrama. Barcelona, 2007. 251 páginas. 17 euros

El granadino Justo Navarro cuenta ya con una obra consistente -media docena de novelas y un par de libros de poesía-, avalada por varios premios no marcados por la comercialidad. Sin embargo, no alcanzará nunca las cotas de un escritor popular ni tendrá muchos lectores, porque sus narraciones rehúyen las historias convencionales -o, dicho con mayor exactitud, las historias sometidas a formas de relato convencionales y esperables-, poseen una fuerte carga intelectual y, además, están servidas por una prosa cuidada, precisa, de gran sobriedad, culta, como cabía esperar de un traductor tan avezado como él. Hay en Finalmusik varios motivos temáticos que enlazan la obra con otras anteriores del autor y contribuyen a completar la sensación de coherencia y homogeneidad que ofrece el conjunto de su producción: la mezcla difusa de realidad e invención -que alcanzó su punto culminante en F.-, la presencia de alguna intriga o episodio misterioso, unas relaciones familiares -con el fondo de la figura del padre- que parecen precarias, las dudas acerca de la identidad... El lector de Hermana muerte, La casa del padre o El alma del controlador aéreo reconocerá sin dificultad alguna en estas páginas el estilo narrativo ya inconfundible de Justo Navarro, que asoma deliberadamente tras la silueta del narrador cuyo nombre responde a las iniciales J. N. (pág. 233), es granadino y tiene como profesión la de traductor. El hecho de que su nombre se haya metamorfoseado en variantes diversas, como Noveiru, Novaro, Nibaró o Nofeira (pág. 232), según sus distintos lugares de residencia, no es sólo un dato biográfico, sino un indicio de la diversidad de mundos en que el traductor ha vivido al sumergirse en los textos ajenos: "Toda mi vida es esta multiplicación de historias oídas, leídas, traducidas, inventadas. Mi sentido de la irrealidad es mucho mayor que mi sentido de la realidad" (p. 229).

Un narrador que ha pasado varios meses en Roma se dispone a volver a su Granada natal, cuando la capital italiana se halla en situación de alerta como consecuencia de una amenaza terrorista. En ese tramo postrero de su estancia hace J. N. desfilar, como sumario y final de fiesta o Finalmusik, a algunos de los personajes con los que se ha relacionado: monseñor Wolff-Wapowski, caído en desgracia tras el último relevo en la sede papal; la profesora X, eminente experta en estudios semióticos, y su distante y sospechoso marido, influyente en el mundo financiero; el escritor Carlo Trenti, de quien el narrador está traduciendo una extensa novela y que representa muy bien la nebulosa frontera entre la ficción y la realidad (no se llama Trenti, su novela plantea un misterio con varias soluciones posibles, incluso tiene una idea peculiar y alarmante, aunque literaria, acerca del papel real que Francesca, efímera amante de J. N., pudo tener en la detención de un terrorista); Fulvio, el ex boxeador casado con Francesca y aspirante a una grotesca plaza de barbero en el Parlamento... En rigor, la novela de Navarro parece no contar nada trascendente, salvo algunas conversaciones, ciertas entrevistas, algún corto viaje, una recepción y breves resúmenes de la obra de Trenti. El interés de la narración no radica en sus acciones externas, sino en la originalidad de la visión -que afecta implícitamente al problema de la realidad, a su fijación verbal y a las posibilidades de la traducción- y en la mezcla de recuerdos, reflexiones e impresiones de inesperada formulación ("el camarero tomaba notas en su libreta como si apuntara impresiones felices", pág. 168; "tendré que irme muy pronto, dijo Mazotti, y su tono era testamentario", pág. 169), donde incluso se aprovecha en algunos momentos la posibilidad de los juegos fónicos: "Era De Peri de poco pelo, brillante, muy aplastado sobre el casco craneal, cara de cuero caro" (pág. 132); "SSSS [...], Società Studi Strategici Sicurezza, una señal de sigilo o un silbido de serpiente" (pág. 133). La literatura lo impregna todo, como se advierte en algunos transparentes intertextos (Lorca, pág. 66; Pedro Salinas, pág. 219), en el relato fragmentario de la novela de Trenti, en el recuerdo de Joyce dedicado a la traducción en Roma, en la mención de algunas obras inexistentes que parecen auténticas.

Justo Navarro es autor para paladares delicados. No cabe esperar de él grandes historias, sino buceos intensos en personalidades que sólo gracias a la profundidad de perspectiva adquieren solidez y consistencia.