Novela

Gólgota

Román Piña

1 junio, 2006 02:00

Román Piña. Foto:Pepa Llausàs

Premio Ciudad de Palma Camilo José Cela. Lengua de trapo. 2006. 221 págs, 17’50 e.

La visión humorística de la realidad no tiene muy buena prensa en la literatura, y menos aún en la española, inclinada por lo común a un tono moral severo.

El humor paródico o satírico ocupa, sin embargo, un buen espacio entre los registros preferidos por la postmodernidad y -aparte, claro, la destacada obra de Eduardo Mendoza- se da entre nosotros una valiosa tendencia de este tipo, cultivada por autores jóvenes, y que la editorial madrileña Lengua de Trapo ha detectado y viene promoviendo. A Pablo Tusset o Rafael Reig, conocidos autores de este corte, incorpora otro nombre notable, Román Piña.



El mallorquín Román Piña (1966) encarna bien la figura del escritor vocacional que vuelca su infatigable activismo cultural en dispersos ámbitos, como la edición de una mínima e interesante revista, "La bolsa de pipas", el periodismo, la poesía y la narración. La actitud independiente que le caracteriza adquiere en Gólgota una dimensión revulsiva. En esencia, en esta nueva novela Piña busca un alegato contra las falsificaciones del mundo moderno. Para ello, actúa por una parte como notario de hábitos, circunstancias y rasgos característicos de la vida actual. Por otra, pone esos materiales en un entramado anecdótico inventivo, más cerca de la farsa que de la crónica. Y sobre todo esto proyecta una mirada corrosiva.



Gólgota tiene un hilo anecdótico principal: Andrés, un hombre aún joven, entre místico y nihilista, con un pasado duro, sube a lo alto de una grúa instalada en un solar urbano, y allí se establece para denunciar

corruptelas y exigir la dimisión del alcalde. Esta línea, de corte patético y que desemboca en tragedia, según vaticina la propia imagen religiosa del título, tiene la función de un pretexto utilizado como percha para colgar de ella varios casos o peripecias, también desalados o tristes, un muestrario de la incongruencia, las penurias o la insatisfacción de otras tantas existencias: un hombre solitario que cuida de su desvalida abuela, un voluntarioso amigo de Andrés, un abogado preso de fantasías sexuales, un empresario especulador, el alcalde oportunista… En suma, el ocurrente episodio de la grúa da pie a una visión coral de Palma, a una limitada colmena de la ciudad balear donde se muestran los inciertos caminos de la modernidad, por acudir a la imagen de la novela de Cela, sólo que actualizada aquí con una imaginería libérrima, con un incisivo gusto transgresor, con algo cercano al nihilismo.



Todo ello lo presenta el autor con trazos entre guiñolescos y esperpentizadores. Una fértil imaginación produce escenas en el límite del absurdo, en las cuales aprovecha sus excelentes cualidades para el humor de situaciones, sin duda alguna lo mejor de Gólgota. El resultado es una fábula muy divertida, escrita en una prosa ágil y animada por unos diálogos sencillos y directos. Piña garantiza el entretenimiento del lector, pero no se muestra complaciente. Esta fábula cáustica deja una marca profunda de tristeza tras comprobar en qué mundo tan poco humano vivimos.