Novela

Todas las caricias

Carme Amoraga

25 octubre, 2000 02:00

Algaida. Sevilla, 2000. 252 páginas, 2.500 pesetas

Carmen Amoraga (Picanya, Valencia, 1969) ganó en 1997 el premio Ateneo Joven de Sevilla con Para que nada se pierda, una novela sobre el amor, la identidad y el destino. Todas las caricias, su segunda novela, es también la historia de un sueño incumplido en el fatal destino de una mujer que ha tenido tres hijos de tres maridos y un único amor por un hombre que no fue el padre de ninguno de aquellos hijos. La novela afronta sin rodeos los hechos en su origen y razón de ser de la historia misma. Raquel dos Santos, su narradora y protagonista, empieza contando cómo su madre la trajo al mundo asistida por el hombre que venía de matar al padre de Raquel y cómo ella siempre amaría a aquel hombre que juntó en sus manos la sangre del padre con la vertida en el nacimiento de la hija. Vida y muerte quedan, pues, unidas en esta rememoración familiar del Raquel. Su apurado recorrido por una accidentada genealogía trae al presente una dilatada cadena de amores, pasiones, arrebatos y frustraciones que dejan el amargo regusto de una lucha solitaria condenada al fracaso por no haber sabido reconocer la verdad del amor.

Todas las caricias son las manifestaciones soñadas de un amor nunca consumado ni extinguido. El sueño y la memoria constituyen los ejes vertebradores de la novela. El sueño modifica la percepción de la realidad, modelada por la narradora incluso en su facultad de inventar los nombres, y sustenta toda una vida de espera que sólo al final se revelará inútil.

La memoria trae al presente, que coincide con la vejez de la narradora, el peso de un pasado individual y familiar dominado por la soledad y la muerte. Espacio y tiempo son así coordenadas interiores en la peripecia de los personajes entre Europa y América, con alusiones a la Guerra Civil española y a la II Guerra Mundial como únicas referencias exteriores. Lo cual intensifica el sentido del texto como novela memorial y de expiación a través del recuerdo. Pesa la huella de García Márquez, que no es mal modelo, en un discurso eminentemente narrativo. Por afán de contar, se omiten matices que podrían enriquecer el texto. Pero no hay duda de que la autora ha sabido resolver con acierto el tratamiento de graves inquietudes en el corazón de los seres humanos, encadenando episodios y nombres en un texto que reflexiona sobre su propia andadura hacia atrás y hacia adelante, según las leyes de la memoria, sin perder su naturalidad y frescura, manteniendo, adrede, sus maneras de relato oral con destinatario múltiple.