Ensayo

Salvad la industria española. Desafíos actuales y reformas pendientes

Roberto Velasco

9 enero, 2015 01:00

Velasco tiene en los empresarios más confianza de lo que parece

Prólogo de Felipe Serrano. Catarata. Madrid, 2014. 319 páginas, 22 euros.

Este libro contiene ideas valiosas, pero el profesor Roberto Velasco (Bilbao, 1940) ha elegido alojarlas como agujas brillantes en un pajar de pensamiento convencional, o incluso disparatado, como que sólo hay dos modelos en economía, el neoclásico y el keynesiano, y que el primero "tiene una fe sin límites en la economía de mercado": la verdad es justo la opuesta, como es fácil comprobar rastreando la teoría de los fallos del mercado desde Pigou hace un siglo hasta hoy.

Aconsejo al lector pasar rápidamente por encima de los topicazos, como la supuesta ventaja indudable de la "economía mixta", como si la virtud por alguna razón no explicada residiera en la bisectriz entre la coacción máxima y la mínima, o las insustanciales vaporosidades como "un nuevo contrato social", y los señuelos numéricos propios de burócratas como los europeos o descarados como Bill Clinton (cabe añadir a Klaus Schwab y el Foro Económico Mundial), que pretenden seriamente que creamos que hay alguien que sabe cuánto debe ser el peso de la industria en el PIB.

Ocasionalmente se remonta hasta ficciones que confunden el Estado con la Madre Teresa de Calcula, al servicio de "los miembros más débiles de la sociedad", o le atribuyen sabiduría para "anticipar el desarrollo de las industrias del mañana cuando los mercados de hoy no emitan señales suficientes para marcar el camino a los empresarios industriales", como si los políticos hubiesen ostentado alguna vez tales dotes adivinatorias. Y repite la habitual tontería sobre el "ascenso imparable del fundamentalismo de mercado... el predominio abrumador de un liberalismo económico en su versión más radical", delirio que no resiste la más mínima contrastación empírica y que, de hecho, los datos del propio autor desmienten.

Pero entre tanto convencionalismo antiliberal, y a pesar del título dramático que convoca a un intervencionismo aún mayor para impedir el naufragio, el lector puede reconfortarse observando que Roberto Velasco tiene en los empresarios más confianza de lo que parece. Así, habla con acierto de la industria vasca tras la reconversión: "su capacidad de reacción ha sido tan sobresaliente que puede ponerse como ejemplo de revitalización industrial y de implantación de sectores vinculados a las nuevas tecnologías".

También repasa con buen ojo la última crisis, el derrumbe de la demanda interna y el efecto arrastre de la construcción sobre el sector secundario, y concluye que la mayor productividad y la contención de costes han impulsado el dinamismo exportador de nuestra industria, supuestamente herida de muerte, que ha dado lugar a que en estos últimos años las exportaciones industriales españolas hayan crecido más que las francesas o las italianas, y solo un poco menos que las alemanas. "España ha demostrado una apreciable competitividad exterior basada en un patrón exportador sólido en su diversidad, singularidad y concentración en determinados productos y mercados. Todo lo cual convirtió a las exportaciones en el principal soporte del PIB durante los peores años de crisis".

Tiene páginas interesantes sobre el mercado de trabajo y el sistema educativo, y es realmente excelente cuando se atreve a saltar fuera del cerco del pensamiento único. Así, por ejemplo, rechaza la tesis de la "desindustrialización" de España desde 1978 (constata "la creciente presencia en nuestro país de empresas de capital extranjero en la industria"), subraya la cara negativa del nacionalismo para la industria en Cataluña y el País Vasco, y refuta cuatro falacias populares. Sostiene Velasco con buenos argumentos que la tecnología no crea paro, que "la protección del empleo y los recursos destinados a la seguridad en el trabajo tienen un efecto negativo" sobre el empleo, que la deslocalización no obedece exclusivamente a las diferencias salariales ("los procesos deslocalizadores responden en muchas ocasiones a reestructuraciones de las actividades productivas de las firmas transnacionales"), y no equivale a pérdidas de empleo, "un prejuicio que tanto han contribuido a difundir entre la población los medios informativos".