Image: ¡Viva la muerte! Cultura y política de lo macabro

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Ensayo

¡Viva la muerte! Cultura y política de lo macabro

Rafael Núñez Florencio y Elena Núñez González

16 mayo, 2014 02:00

"Osario", de Gutiérrez Solana (1931)

Marcial Pons. Madrid, 2014. 476 páginas, 29 euros

En su nuevo libro, esta vez escrito en colaboración con su hija, Rafael Núñez Florencio sigue un planteamiento que ya le dio buenos resultados en una obra anterior: El peso del pesimismo: del 98 al desencanto (Marcial Pons, 2010), el de conducir al lector a través de la historia y la cultura españolas en busca de determinadas actitudes vitales, que en este caso son nada menos que las actitudes ante la muerte. Es un ejemplo de lo que hace décadas se viene llamando historia de las mentalidades, un género que ha tenido muy buenos cultivadores en Francia, pero no tanto en España, y que encuentra en los textos literarios una fuente esencial para aproximarse a formas de entender la existencia que ya no son las nuestras.

En el caso de la actitud ante la muerte el cambio producido en las últimas décadas ha sido enorme y se ha producido al compás de un cambio aún mayor en la realidad de la muerte. En la España de hace un siglo la esperanza media de vida se situaba en cuarenta años, lo que implicaba una fuerte mortalidad en niños y jóvenes, mientras que en la actualidad llega a los ochenta y dos, un avance de una magnitud sin precedentes históricos, que se ha seguido produciendo en estos últimos años de recesión económica. Pero no es la muerte en sí misma la que interesa a los autores de este libro, sino su reflejo en la literatura, el arte y la política, sobre todo en lo referente a esa particular forma de enfrentarse a ella que pone el énfasis en esos aspectos materiales de la muerte que el buen gusto prefiere evitar y los aborda con un tono burlesco, desgarrado o sarcástico que se resume en el adjetivo macabro. Muy lejos de ese humor negro de gente educada que encontramos, por ejemplo, en A dos metros bajo tierra, una de esas grandes series televisivas con que la HBO nos obsequió hace años, cuyos protagonistas son directores de una funeraria, es decir el tipo de profesionales que en las sociedades desarrolladas se ocupan de evitar a los parientes del difunto todo contacto con ese aspecto sórdido de la muerte en que se complace la mirada macabra.

La cantidad de literatura realmente macabra que el lector medio es capaz de digerir, sean versos malos de Espronceda o descripciones tremendistas de Gutiérrez Solana, tiene claramente un límite, pero por suerte Rafael y Elena Núñez no se sienten obligados a mantenerse en ese registro y el libro resulta mucho más variado y atractivo de lo que hubiera sido si se hubieran atenido estrictamente a su título. Escriben con agilidad y libertad y en su largo recorrido histórico, que comienza con el mítico enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray en la Salamanca de 1936, retrocede luego hacia la Edad Media, el barroco y el romanticismo y avanza después hasta la actual polémica sobre la memoria histórica, abordan múltiples perspectivas ante la muerte. Su texto, en el que se engarzan numerosas citas, pasa revista a autores de primera fila, desde Quevedo: "soy un fue, y un será, y un es cansado", hasta el propio Unamuno: "¿Soñar la muerte no es matar el sueño?" Pero aborda también textos de mucha menos calidad literaria, novelas o memorias que hoy no leeríamos y que sin embargo nos acercan también a la comprensión de diversas actitudes, desde la exaltación de la muerte en los legionarios de Millán Astray hasta la adaptación a la crueldad de niños que presenciaron escenas terribles en la Guerra Civil.

Otra gran dimensión del libro es la política: el recuerdo de los difuntos puede ser privado y familiar, pero puede alcanzar también una dimensión colectiva y por tanto política. Esa actitud, que responde a la necesidad psicológica de incluir a los desaparecidos en el vínculo solidario en el que se basa una comunidad, rara vez llega a los extremos necrófilos que alcanzó el culto falangista a los caídos, ejemplificado en la larga marcha del ataúd de José Antonio a hombros de sus camaradas.