Image: Querida maestra. Escritoras en la correspondencia de Flaubert

Image: "Querida maestra". Escritoras en la correspondencia de Flaubert

Ensayo

"Querida maestra". Escritoras en la correspondencia de Flaubert

Gustave Flaubert

11 diciembre, 2009 01:00

Retrato de Flaubert, por Giraud

Ed. de A. álvarez de la Rosa. El olivo azul. Córdoba, 2009. 143 páginas, 17 euros


Esta es la correspondencia entre un hombre que ha experimentado tempranamente el desengaño, quizá sin haber vivido lo bastante, y una mujer que, tal vez por haber vivido demasiado intensamente, se ha impuesto en su vejez el hábito de la ecuanimidad y el equilibrio. Leyendo estas cartas, divierte constatar que las declaraciones solemnes y las grandes profesiones de desánimo y misantropía caen del lado del "realista" Flaubert, defensor de la palabra precisa (le mot juste) y del regio distanciamiento que lleva al autor a no dejarse ver en su obra más que el propio Dios en la Creación; y que el otro extremo, la ecuanimidad, corresponde a la ya anciana Aurore Dupin, más conocida como George Sand, ex amante de Musset y Chopin y autora de una vasta obra que no sobrevivió al naufragio del Romanticismo. El autor de Madame Bovary se rinde a la generosidad de su interlocutora, que manifestó en su día su admiración por la polémica novela y salió en defensa de Salammbô. En justa correspondencia, el novelista condesciende a ir leyendo los libros que le manda su interlocutora, y a elogiarlos reticentemente, mientras se asegura un espacio para dar rienda suelta a su resentimiento.

Es ésta una correspondencia -sobre todo en la parte relativa a Flaubert- de grandes gestos y declaraciones sonoras, muy del gusto de la época. Pero también es un valioso documento sobre el malestar de la inteligencia en un tiempo difícil: el correspondiente a la guerra franco-prusiana, la caída de Napoleón III y el contraproducente experimento revolucionario de la Comuna de París. La ecuánime George Sand, que ha visto otras muchas cosas, dice no sentir "pena por el incendiario y por el asesino", pero sí compadecer "a la clase a la que una vida brutal reduce a producir tales monstruos". Flaubert, por el contrario, se anticipa a lo que será, en el siglo y medio venideros, el sentimiento predominante entre los intelectuales que no han sucumbido a los cantos de sirena de la Revolución: el escepticismo, la denuncia del pavoroso fondo moral que se adivina tras un mundo entregado al poder ciego de las masas… No es para tanto, parece decirle su anciana interlocutora. Sí que lo es, se reafirma el novelista...

Y lo curioso es que, si nos asomamos a la otra correspondencia que complementa este volumen, la que el autor mantuvo con la hoy olvidadísima escritora Leroyer de Chantepie, y que arranca un par de lustros antes, en 1857, encontramos una especie de ensayo general de lo que luego le dirá a Sand, unido a una muy favorecedora pose paternalista que hubiera estado fuera de lugar con su otra corresponsal. Genio y figura. O un conjunto de balbucientes declaraciones en primera persona que poco favorecen, en fin, a quien tan claramente se expresó respecto a su tiempo en La educación sentimental.

Flaubert siempre detestó la crítica. "¿Conoce usted -escribió a George Sand en 1869- alguna crítica que se interese por la obra en sí, de una forma intensa?", para exigir a continuación a los críticos "una gran imaginación y una gran bondad, quiero decir una facultad de entusiasmo".