Image: Sándor Márai. Diarios (1984-1989)

Image: Sándor Márai. Diarios (1984-1989)

Ensayo

Sándor Márai. Diarios (1984-1989)

Trad. Eva Cserhati y A. M. Fuentes

11 diciembre, 2008 01:00

Escultura del escritor húngaro Sándor Márai. Foto: Vimola ágnes

Salamandra, 2008. 219 páginas, 20’50 euros

Fue Sándor Márai (1900-1989) un novelista húngaro de gran calidad de prosa, bien conocido durante el perío-
do de entreguerras, cuando fue traducido a muchas lenguas, incluido el español, como Alejandro Márai. Tras la II Guerra Mundial y al ver cómo los comunistas húngaros se imponían y destruían el mundo de la burguesía liberal que había sido el de Márai, éste y su mujer abandonan Budapest en 1948, adonde nunca regresarían. Privado así, en amplia medida, de su público natural, Márai publicó (menos) en editoriales del exilio, pasando por varias ciudades de Europa hasta llegar a Estados Unidos, donde se instaló en San Diego -California-. Allí el anciano, solitario y amargo pero lúcido Sándor se suicidó, pegándose un tiro (en los Diarios narra cómo compró el revolver) el 21 de febrero de 1989. Atrás quedaban novelas tan espléndidas como El último encuentro o memorias como ¡Tierra, tierra!

Márai había publicado ocasionalmente otros diarios, pero dudo que sean tan claros y estremecedores como este último, que sólo tiene una entrada y a mano (el resto del diario está escrito a máquina) en enero de 1989: "Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora." La idea de suicidarse cuando su vida no tuviera sentido, agobiado por las dolencias de la vejez y la inacción creativa, y antes de caer como un semivegetal en manos de los médicos, es una constante en Márai y especialmente en las sobrias y atinadas páginas de este diario de continuo adiós. Aunque se siente viejo y cansado (en 1985 termina una novela policíaca, lo último que escribió, salvo los diarios) Márai permanece atado a la vida mientras vive su mujer Lola, con la que ha compartido 62 años de matrimonio. Cuando Lola muere a principios de 1986 tras una penosa dolencia -que el diario relata- ,Sándor se siente solo y lejos de todo y seguro, además, de que no desea llegar al punto en el que terminó su mujer, cuya frase final, "Qué lento muero" recordará a menudo.

Estos diarios finales están llenos de reflexiones literarias pero también de recuerdos de exilado y de una dura visión de la vejez. Frente a tantas visiones idealizadas del postrer tiempo humano como nos ofrece la publicidad oficial, Márai se asume en el bando más realista: la vejez y sus límites son duros y crueles y raramente valen la pena. No creo que Márai conociese la frase de Céline que dice "La vejez es lo que sobra de la vida", pero sin duda hubiera estado de acuerdo con ella. Camina por la calle, inseguro, tambaleante, y le da vergöenza o algo parecido que los transeúntes acudan a ayudarlo. Dos de sus hermanos más jóvenes mueren en la lejana pero no olvidada Budapest, casi al mismo tiempo que su mujer, y el impulso creador se va secando. Sueña con escribir Roger, una novela dura sobre el sinsentido de la vida, que es un viejo proyecto y que no llegará a empezar. Decrépito, solo, vacío, sin interés por nada, su afán se centra en morir dignamente, en una eutanasia que sólo ve posible por propia mano.

Aprovechando que en Estados Unidos la venta de armas es libre, Márai se compra un pequeño revolver con veinte balas, atiende las instrucciones de uso, y luego lo guarda en el cajón de la mesilla. Toda la segunda parte del diario es una meticulosa preparación para la muerte (para el suicidio) considerando la nada que ha llegado a ser su vida y el dolor y la vergöenza de una mala muerte, es decir, una muerte en manos de esos médicos (los insulta) que sólo quieren alargar una vida que ya no es humana ni casi vida. Libro lleno de lapidarias sentencias y claro alegato a favor de la eutanasia y la muerte digna, la prosa sencilla y lábil de este Márai final, no puede dejar indiferente a nadie. A mí me parece un gran libro. El final de un humanista europeo, ahora que por todos lados asistimos a la agonía del genuino humanismo.