Ensayo

El reloj de la historia

F. Rodríguez Adrados

4 enero, 2007 01:00

Carlets

Ariel. Barcelona, 2006. 847 páginas, 39’90 euros

Este libro testamentario, de inmensa extensión y de extraordinaria ambición, posee cuatro partes. La más importante es, con mucho, la segunda, titulada "La cultura greco-occidental". En ella se pone a prueba la principal tesis de esta filosofía de la historia: Grecia constituye un auténtico novum que modifica y transforma sustancialmente el sentido mismo de las agujas del reloj de una Historia cuyo sentido, en este libro, se indaga.
Los posibles criterios -de apertura, de resistencia, de adaptación- que Rodríguez Adrados utiliza, en libre variación de las ideas de Karl Popper respecto a la sociedad abierta, hallan, al parecer de Rodríguez Adrados, en la historia de Grecia su experimentum crucis. La novedad griega, con su invención del individuo, de la libertad, de la democracia y de la tragedia, posee un calado semejante, para Rodríguez Adrados, al del tránsito desde los mamíferos superiores al homo sapiens, o de éste al homo symbolicus. Esa sociedad y cultura abierta e innovadora que tuvo en Grecia su paradigma se prolonga en el mundo helenístico y romano y, posteriormente, en los sucesivos "renacimientos" que constituyen el mundo occidental, europeo inicialmente, y norteamericano después.

El libro manifiesta la evidente orientación greco-céntrica de un gran conocedor del mundo ateniense. El autor proyecta su especialidad sobre la historia en su conjunto, manifestando una normativa histórica que tendría en la Grecia clásica (ateniense) su criterio. Habla de Grecia como eje vertebrador de ese sentido de la historia que en el libro se indaga. Esa indagación del sentido de la historia procede más bien de fuentes judeo-cristianas. La filosofía de la historia, como él mismo reconoce, no posee raíces en Grecia. O no las tiene en un sentido que no sea cíclico, o de tendencia a la degradación sucesiva (a partir de una primitiva edad de oro).

El "sentido de la historia", que sobre todo florece desde Vico y la ilustración hasta Hegel, Marx y los contemporáneos Spengler y Toynbee, como Rodríguez Adrados señala, tiene sus raíces quizás en plena edad media, en las meditaciones sobre el Hexamerón de Buenaventura (siguiendo huellas agustinianas y de Joaquín di Fiore). Es una versión secularizada de una teología de la historia que procede de fuentes judeo-cristianas. El libro erige en normativa histórica lo que de las grandes innovaciones griegas (democracia, libertad, individuo) se desprende. En una cuarta y última parte se abre una interesante grieta en toda la construcción. Podría decirse que ese finale, de gran brevedad, diez escasas páginas que ponen punto final a las ochocientas cuarenta y siete del libro entero, desconstruye por dentro el conjunto de la obra.

Esa cuarta parte se titula "Pasado, Presente y Futuro". Es un intento de prospectiva y pronóstico cuando ya se han recorrido casi todas las horas y los minutos de la rotación de ese reloj histórico que da título al libro, desde el homo sapiens a Grecia, y de ésta hasta la era global. El autor, en la máxima atalaya de su reflexión, y en búsqueda de un esclarecimiento de los signos que permiten entrever lo que está por venir, habla de una sociedad que se caracteriza quizás por vegetar entre una "dulce paz y una dulce decadencia... una especie de paraíso insulso y sin memoria".

Un desencanto helado sobrecoge a Rodríguez Adrados en esas páginas últimas. Si todo el libro tiene carácter de testamento, esta reflexión final es el codicilo añadido.

Cuajado de referencias eruditas y de ambiciosas reflexiones, acordes con la extensa cultura de su autor, este libro alterna la meditación sobre épocas y eones con aterrizajes en argumentos de actualidad. Se unen, sobre todo en los últimos trechos de este libro incitante y apasionado, el ensayo de largo aliento (sobre el sentido de la historia), con la reflexión sobre asuntos políticos -locales y mundiales- del momento.

He sido lector de muchos excelentes trabajos de Francisco Rodríguez Adrados. Quizás por eso considero el segundo libro como el núcleo principal del texto, en el que despliega sus concepciones del mundo griego, tan querido y conocido por él. Me ha resultado altamente sintomático ese final pesimista que parece dar un giro inesperado a toda la argumentación tramada a lo largo y ancho de este ambicioso texto, tan necesario en los tiempos de penuria y de pensamiento escaso que actualmente padecemos.