Nerea Pérez de las Heras

Nerea Pérez de las Heras Jairo Vargas

Letras

Nerea Pérez de las Heras: “Me da repelús el relato de superación individual; prefiero la rabia alegre”

La periodista y escritora publica 'Fantasma', un libro en el que aborda el accidente que le cambió la vida.

Reflexiona sobre política, sanidad, la fama y la manera en que miramos los cuerpos que se salen de la norma.

Más información: El viaje de Hitler a Italia y su obsesión por el arte renacentista, en la nueva novela de Rafael Tarradas

Publicada
Actualizada

En julio de 2023, mientras España hacía campaña para unas elecciones generales, Nerea Pérez de las Heras (Madrid, 1982) sufrió un accidente que le cambió la vida.

Periodista y escritora, ha hecho del humor, la conversación y la memoria crítica sobre la actualidad una forma de intervenir en la realidad. Desde Saldremos mejores, el pódcast que conduce junto a Inés Hernand; hasta Lo Normal, con Antonio Nuño, o Está el horno para bollos, junto a Judith Tiral, ha diseccionado la política y la vida cotidiana con su particular mirada mordaz.

Ahora vuelve a aquel verano en Fantasma (Alfaguara), que llega a las librerías el 3 de septiembre. Pero no es exactamente un libro sobre un accidente ni sobre la pérdida de una pierna. A partir de la pregunta "¿cómo te despides de una parte de tu cuerpo?", Pérez de las Heras se adentra en la sanidad pública, los cuidados, la amistad, la política, la fama y la manera en que miramos los cuerpos que se salen de la norma.

En Fantasma lo personal es el punto de partida para llevar al lector por aspectos de la vida en los que muchos no hemos reparado. Frente a la autocompasión y al relato de la superación individual, propone una mirada crítica, atravesada por una rabia que, en sus propias palabras, quiere ser también alegre y movilizadora.

Pregunta. Publica Fantasma, que nace del accidente que sufrió hace ya tres años y que le obliga a volver sobre una experiencia muy íntima. ¿Qué ha supuesto convertir todo aquello en un libro y compartirlo con los lectores?

Respuesta. Parece una catarsis, pero no lo ha sido; la terapia, el proceso y la curación ya estaban hechos. Los duelos son largos e intermitentes, pero el libro está extremadamente calculado tanto en su parte ensayística como en la testimonial. He editado mucho lo que quería que estuviera y lo que no, porque mi objetivo principal era que el engranaje literario funcionara, que tuviera ritmo y fuera emocional. Y, para eso, es necesario ser sincera y volver al fondo del agujero.

»Si ha revuelto a las primeras lectoras es porque me ha revuelto a mí. Tuve que volver a la experiencia de manera casi psicosomática, a veces me levantaba de escribir y notaba que el cuerpo no sabía si estábamos en el hospital, con la psicóloga o si me dolía algo. He pasado el relato por el cuerpo, pero en momentos puntuales.

P. Algunos pasajes son muy gráficos, ¿le interesaba incluir el cine de terror?

R. He controlado mucho el gore, que es algo que me encanta. El cine de terror me ayudó en la escritura y en la propia vivencia. Entendí a quienes dicen que, mientras les pasaba algo, parecía que veían una película. Por eso usé este recurso cinematográfico, porque una primera persona era demasiado y necesitaba ponerme al lado de quien lee.

P. ¿Cómo se aprende a convivir con la impotencia, la rabia, la ira, el dolor, con ese cambio de vida?

R. Se vive muchísimo mejor si ya tenías conciencia social y feminista porque te quitas complejos sobre el cuerpo, porque no le debes un cuerpo canónico a nadie. También libera entender que la responsabilidad de tu malestar no es tuya, sino de una sociedad que no recoge los cuerpos viejos, los débiles, los discapacitados, ni las infancias. Eso te coloca en un lugar, que intento reflejar en el libro, no de superación individual, que me da mucho repelús, sino de una rabia alegre, de enfado con el contexto pero que es movilizadora.

Portada de 'Fantasma'

Portada de 'Fantasma' Alfaguara

P. Vivimos en una cultura que tiende a convertir la enfermedad, la discapacidad o el trauma en relatos de superación individual. En Fantasma se resiste a esa idea. ¿Qué le incomoda de esa forma de contar el sufrimiento?

R. Me molesta mucho ese relato tramposo de la persona con discapacidad que se supera, es optimista, no puede ser mezquina. Claro que no, somos gente como cualquiera y reclamamos un estatus de humanidad completo, con sus luces y sus sombras. Lo que hace el relato de superación es responsabilizarte de todo lo que te pasa: “te pasa porque quieres”. Yo hablo mucho de mi red afectiva, pero esto es también una lotería y me lo han afeado activistas anticapacitistas, con razón, recordándome que tenga cuidado con ensalzar la amistad porque, ¿qué ocurre con la gente que no la tiene?

P. También es una situación nueva de la que está aprendiendo, ¿no?

R. Todos los días. Hay una historia muy larga de gente peleando por los ascensores, por los museos adaptados o para que el catálogo de prótesis de la Seguridad Social deje de ser arcaico. Yo me sumo a ese trabajo desde la humildad. No me gusta considerarme referente, prefiero participar en movimientos que ya estaban en marcha. Me ocurrió lo mismo con el feminismo, entro donde me dejen y hasta donde me dejen. Cuando escribí Feminismo para torpes pasé por una crisis pensando qué pintaba yo ahí si estaba todo dicho. Pero al final aportas, porque siempre hay un grupo que siente afinidad contigo, te escucha y a quien puedes acompañar.

P. Seguramente la mayoría damos por hecho nuestro cuerpo y no pensamos en ello. ¿Cómo ha cambiado la relación que tenía con su cuerpo y, en general, su idea de lo que es un cuerpo?

R. He tenido padres dependientes y mayores y valoraba mi cuerpo y mi independencia. Era muy consciente de que de un día para otro la cosa cambia. Es una parte de estas herramientas, una manera de estar pertrechada. Me ayudó mucho a afrontar la realidad porque vivir de espaldas a eso es una fantasía rarísima de vulnerabilidad.

P. El libro empieza con una pérdida muy concreta y acaba hablando del cuerpo, la identidad, la memoria, la amistad, la sanidad pública… ¿Cómo decidió hasta dónde podía alejarse el libro de su propia historia sin dejar de ser un libro sobre su propia experiencia?

R. Ha sido un equilibrio. En un principio pensaba que habría voces de mi protésico, de la fisioterapeuta, de las enfermeras…. pero se me hizo “poco yo” y pensé que se perdía un poco de belleza. Preferí hablar con ellas y procesar esas voces. A mí me ayuda compartimentar la escritura, había capítulos más equilibrados con la parte de ensayo y otros menos, y decidí no forzar, que cada uno tuviera su carácter. Mi editora, Carme Riera, me ha ayudado mucho con el orden y los desequilibrios. Ha sido una escritura que ha funcionado como me pedía cada tema.

P. Volvió al trabajo muy rápido, ¿le ha ayudado o ha frenado en cierto modo?

R. Volver tan pronto ralentizó porque corría en paralelo al duelo, no te concentras en la recuperación y tienes muchas distracciones. Regresé por necesidad, porque como autónoma el sostén es mínimo, aunque descubrí que también me anclaba a la rutina y a la vida. Me sometió a mucho estrés, pero me puso en marcha y me distrajo de estar mirándome constantemente el ombligo. Quizá una de las conclusiones del libro sea que debemos mirarnos menos al ombligo.

P. ¿Qué puede hacer el humor con una experiencia traumática que quizá no pueda hacer un discurso solemne?

R. El humor es un recurso peligroso, es una forma de pedir disculpas, de quitarle trascendencia a lo que estás viviendo, y puede convertirse en un escape para no ser del todo sincera. Tiendo a usarlo, a veces en exceso. Debo tener cuidado y no abusar de la caricatura porque puede dar la sensación de estar mucho mejor de lo que estás. Durante la escritura tenía que frenar los chistes porque en según qué circunstancias no resultan creíbles. Es una inercia que me ayuda, pero no es la panacea, a veces hay que llorar un rato. Detrás del humor también está el miedo a que te dejen tirada por resultar un bajón de persona. Te da reparo poner a prueba a tu entorno y usas el humor para minimizar tu experiencia.

P. ¿La fama le ayudó a atravesar lo que ocurrió o hizo más difícil vivirlo porque su cuerpo dejó de ser completamente privado?

R. Soy muy calculadora con la exposición pública y la cuido mucho. No me esperaba una respuesta tan masiva y cariñosa; me emocionó y estoy muy agradecida. Cuando hice público lo sucedido ya estaba preparada y sabía que generaría impacto. Ser conocida me coloca en el foco y ejerce una presión que he aprendido a controlar. Intento usar ese altavoz porque si todo el mundo mira hacia mí, aprovecho para hablar de la sanidad pública. Si lo hacen por morbo, me da igual porque se van a llevar un recado. Cuando sabes manejarlo es muy agradable.

P. Habrá gente que le trate desde la condescendencia, otros que quizá recurran al hate. ¿En los últimos años ha notado que la gente le trata diferente?

R. La gente proyecta muchas cosas sobre mí, y dedico un capítulo a contestar una de las ideas que más me molestan, que es que cualquier vida es mejor que una vida discapacitada. Muchas veces me han dicho eso de “cuando me cuesta levantarme por la mañana o hay días tristes, pienso en ti, en que estás tan contenta”. Vamos a ver, a mí me han cortado una pierna pero igual tengo más razones para estar contenta que tú.

»La vida discapacitada es un infierno por cómo es la burocracia, cómo es la ciudad, el coste económico y porque ningún partido nos lleva en su programa electoral, pero no somos desgraciadas porque sí o por nuestros propios cuerpos, sino por el contexto. Mi malestar tiene más que ver con la lista de espera del tribunal de discapacidad que con mi propio cuerpo.

P. ¿Cuáles han sido las trabas con las que más se ha topado durante este tiempo?

R. La lentitud y la dificultad de los trámites. Mi tarjeta de aparcamiento, por ejemplo, estuvo meses olvidada en el cajón de una administración porque me dejaron un mensaje en el contestador. Cuando llegas a la ventanilla no te apetece ni arremeter contra el último eslabón de un engranaje que falla. La burocracia es desesperante y una gran barrera de acceso para muchos, no solo para la gente discapacitada, también para las familias numerosas, las monoparentales, los migrantes. La ciudad también es una traba, las aceras son estrechas y muchas paradas de metro son inaccesibles.

P. Siempre ha defendido la sanidad pública, pero una cosa es defenderla como una convicción política y otra depender de ella. ¿Qué aprendió de la sanidad pública cuando le tocó vivirla desde dentro?

R. La había vivido mucho como acompañante y le estoy muy agradecida. Me reafirmo en que debemos defenderla porque es lo mejor que tenemos. Hay que escuchar a sus profesionales como trabajadores y no mitificarlos. Las experiencias negativas reafirman que son trabajadores llenos de dificultades, hartazgo, precariedad y sobrecarga. La sanidad pública nos da dignidad como sociedad, es una conquista a la que se ha llegado después de muchos años y mucha lucha, no podemos permitir que la conviertan en un negocio.

»No hay que confundir la sanidad privada como una opción de pago de la sanidad pública, son cosas distintas. Una es un negocio para el que eres un cliente, y como tal si no eres rentable te expulsará, mientras que la otra es un derecho. He sido usuaria puntual de la sanidad privada en un momento de emergencia. Era eso o verme encajada en una lista de espera. Ojalá no hubiera tenido que acudir a ella. Pude acceder a ese atajo, pero es un atajo que no me interesa si está bloqueado para el 80 % de la sociedad.