Ben Clark.

Ben Clark. Alberto de la Rocha.

Letras

Ben Clark convierte la amenaza nuclear en una reflexión poética sobre la memoria y el porvenir

En 'Semiótica nuclear', el escritor ibicenco reflexiona sobre el pasado y el futuro, el distópico y apocalíptico.

Un libro coherente y emotivo que nos interpela directamente.

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Ben Clark (Ibiza, 1984) es autor de libros como Los hijos de los hijos de la ira, La fiera, La policía celeste y Demonios, que consiguieron, respectivamente, los premios Hiperión, Ojo Crítico, Loewe y de la Crítica.

Portada de 'Semiótica nuclear'.

Portada de 'Semiótica nuclear'. Visor.

Semiótica nuclear

Ben Clark

Visor, 2026. 88 páginas. 12 €

Según el diccionario, semiótica es la “teoría general de los signos”. Si añadimos el adjetivo nuclear, el título del libro adquiere todo el sentido. En la cubierta, un símbolo: “de advertencia de radiación ionizante”.

Un movimiento hacia atrás (la memoria, el pasado, incluso remoto) y otro hacia adelante (el futuro, lo distópico y hasta apocalíptico) vertebran esta obra dividida en tres partes, dos poemas liminares y un prefacio en el que se alude a la decisión de crear la Human Interference Task Force (1981) con el fin de advertir del “peligro de los residuos nucleares”.

Y añade: “Imaginar esa advertencia obligó a preguntarse qué signos podrían sobrevivir a la erosión del tiempo, qué papel tendrían los traductores […] y qué fragmentos de nuestra civilización llegarían a perdurar”. Ahí, el origen de la semiótica nuclear.

Pasamos de las cuevas prehistóricas y las ruinas de una civilización que se extingue a ese paisaje venidero que todavía parece de ciencia-ficción; el que evocan películas como Terminator (en el último verano de su infancia).

Porque “la lengua del futuro está ya muerta. / Tan solo existe en nuestras elegías” o “no ha nacido”, Clark invoca al poeta y al lector futuros: “Escribo a quien no conoceré”. Se pregunta: “¿Y si los herederos no son seres humanos?”.

Además, amorosos poemas de desamor, sobre el cuidado, la muerte (como el dedicado a Stephen Dunn), la traducción, la bolsa, Chernóbil, los moriscos hornachegos de Salé o un poto. Todo a favor de un libro coherente y emotivo que nos interpela directamente. “Yo escribo desde el borde de este lento hundimiento”, afirma.