José Ignacio Carnero.

José Ignacio Carnero. Óscar Gil Coy

Letras Libro de la semana

'Los fabuladores', de José Ignacio Carnero: el secuestro en el mar que quiso acabar con Franco

El escritor consigue extraer de aquel asalto absurdo una gran novela sin héroes, una historia que casi siempre va de menos a más.

Sobresale la comprensión con que su autor ha observado la corriente naturaleza de sus protagonistas.

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El 22 de enero de 1961, veinticuatro miembros del Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) secuestraron en alta mar, entre La Guaira y Curazao, el buque Santa María, un transatlántico cargado con cientos de inmigrantes españoles y portugueses que, tras ahorrar algo de dinero, volvían a su país.

Cubierta de 'Los fabuladores'.

Cubierta de 'Los fabuladores'. Random House

Los fabuladores

José Ignacio Carnero

Random House, 2026
272 páginas. 19,90 €

Tres hombres dirigían la operación: dos gallegos, el poeta Xosé Velo y el comandante Sotomayor, ambos con un largo historial de resistencia antifascista, y un portugués, Henrique Galvão, militar surgido de las entrañas del salazarismo, pero que terminaría siendo uno de sus más molestos opositores. El plan era llegar a Angola (donde Galvão había sido gobernador) y desde allí desatar el caos en Portugal y España, lo que habría de conducir a la caída de ambos regímenes.

Pero el barco ni siquiera salió de Iberoamérica. Hubo un muerto a bordo, la comunidad internacional intervino y el asalto fracasó, el barco atracó en Recife y sus protagonistas se dispersaron.

Es al final de esa aventura cuando Los fabuladores, de José Ignacio Carnero (Bilbao, 1986), despega realmente hacia sus propósitos. El autor de Ama y Hombres que caminan solos parte en dos su novela para distinguir el durante y el después de aquella empresa utópica que copó los titulares de la época y obligó a pronunciarse al mismísimo JFK, recién llegado entonces a la Casa Blanca.

La primera parte ("Lo que no existe") se centra en el pormenorizado relato (algo dilatado de más, con puntuales altibajos en la tensión) de aquel secuestro. El autor escoge la forma de lo que sería, en el audiovisual, un documental con dramatizaciones. En la segunda parte, Carnero orienta el libro hacia una búsqueda mucho más interesante, la que sigue el rastro de sus protagonistas, tres seres comunes e imperfectos que habían sobrevivido a la primera mitad del siglo XX entre vaivenes, picardías y fabulaciones, como casi todo el mundo.

Hasta las reflexiones más bien genéricas de la primera mitad adquieren una espesura distinta, de mucho más calado, en la segunda, cuando el autor perfila, mediante entrevistas, visitas a archivos y viajes por el mundo, el destino de los jefes de una operación que en realidad nunca pudo salir bien.

Terminada la aventura, la imaginación de aquellos tres hombres se quedó atrapada en el Santa María. A este respecto es significativa la vuelta de Sotomayor a Galicia en los ochenta, cuarenta años después de partir al exilio. Al pasear por su pueblo, el viejo resistente republicano comprueba, a su pesar, que allí ya no es nadie, nadie le para por la calle ni le pregunta por su lucha política; sabemos, sin embargo, que durante aquellas semanas escribirá cartas a su mujer, que sigue en Venezuela, diciéndole que no para de acudir a homenajes y atender a periodistas.

De todos ellos podría decirse lo que el autor dice de Galvão: "El mundo va en una dirección y Galvão se empeña en ir en otra". Páginas antes, ya había apuntado al empeño último de su novela: "Esta es una historia crepuscular como la que narran esos wésterns tardíos de los años sesenta. La historia de un tiempo de proezas y aventuras que se está acabando y que dará paso a una época de tecnócratas y expertos".

Hollando ese camino (el del ocaso de los héroes) obtiene sus mayores logros y salva una historia que casi siempre va de menos a más. Y logra sacar del molde en que los había confinado la Historia (el de unos ásperos guerrilleros tan audaces como inconscientes) a un puñado de personajes reales, con sus miserias, deseos y contradicciones.

La mera narración del secuestro (por muy interesantes que sean las rencillas y los dilemas morales a que los abocó aquella situación extrema) habría limitado las posibilidades del libro a las de un ensayo histórico, meritorio, pero sobre hechos ya sabidos.

Al reorientar su trabajo, sin embargo, José Ignacio Carnero consigue extraer de aquella empresa puramente absurda una gran novela sin héroes, acerca de tres hombres que, lejos de vivir deprisa y dejar un cadáver bonito, fracasaron, envejecieron y murieron solos.

Las mejores páginas tratan asuntos que son territorio exclusivo de la literatura: la muerte anónima de Xosé Velo en São Paulo, devorado por el cáncer de laringe, mientras su hijo le lee novelas y poemas al pie de la cama; el final de un Galvão medio loco, convencido de que será él quien mate en persona a Salazar (que lo precede en la muerte apenas unos meses) y a cuyo entierro acuden solo nueve personas; los últimos años del comandante Sotomayor, el gran fabulador de esta historia, impostor y buscavidas que muere inventando y reinventando su vida en una aldea de los Andes, acompañado por una mujer treinta años más joven a la que ha encandilado con sus historias.

El libro explora las inciertas fronteras entre la realidad y el relato que nos contamos sobre ella para soportarla

El libro explora las inciertas fronteras entre la realidad y el relato que nos contamos sobre ella, a menudo para soportarla. Y está lleno de fábulas y fabuladores: fantasean los pocos testigos que aún viven, de cuyos testimonios el autor no puede fiarse, y fantasean, desde luego, los protagonistas, al describir el papel que desempeñaron en su propia vida.

Fantasea incluso la dictadura de Salazar, cuando se inventa un enemigo temible en un Galvão ya decrépito que pasa sus últimos días leyendo novelas en su miserable piso de São Paulo. Entre tantas historias falseadas o adornadas, se antoja difícil escribir una novela que se atenga con rigor a los hechos probados. "Mi relato deriva, a menudo, hacia la confusión", constata Carnero, ya desalentado, en el último tercio de su libro.

A esas alturas está convencido de que no obtendrá un cierre satisfactorio hasta que pueda agarrarse al menos a un último resquicio de verdad. Este resquicio, por suerte, llega casi al final, cuando ya parece resignado a cerrar en falso la historia.

Las revelaciones últimas, que corrigen tentativas, callejones sin salida y versiones contradictorias a las que el autor se ha aferrado a lo largo de su viaje, están bien integradas y aportan un final coherente desde el punto de vista narrativo. Ante la frialdad de unos documentos que enmiendan parte de lo que le han contado, el narrador, al que hemos visto evolucionar en el lustro de investigación que encapsula su novela, acepta las mentiras de los fabuladores porque comprende que éstos solo buscaban algo de amor y reconocimiento.

Aceptar eso es la lección que deja esta historia. Una historia valiosa no por extraordinaria, sino por la delicadeza y la comprensión con que su autor ha observado la corriente naturaleza de sus protagonistas.