Pintó la luz. Pintó el silencio. Pintó el aire. Pintó el alma de la mujer. Pintó el espíritu de las cosas. Agazapado en el laberinto de la soledad de Octavio Paz, buscó siempre al ente perdido bajo los párpados enrojecidos del cielo.

Le temblaba la noche en los pinceles. Derramaba de forma incesante las lágrimas azules, los encarnados suspiros, la desolación de los grises, los blancos indecisos.

Sus pinceladas tantas veces abstractas en el fondo de sus cuadros, ardían en el mar de Pere Gimferrer, encendían la noche inmensa de perfil seguro, sangraban en los poemas del amor oscuro de Federico García Lorca.

El pintor azotaba a los dioses extinguidos y sabía acariciar los sudarios habitados. Descarnaba poco a poco los ojos del amor. Emborronaba sus heridas. Y se estremecía al reflexionar sobre la vida porque, como Rubén Darío, no sabía adónde vamos ni de dónde venimos.

Félix Revello de Toro ha cumplido cien años y vive entre la paz y el temblor, tras dejar en la cultura española, en el arte universal, la expresión profunda de la belleza, una obra gigantesca, en cantidad y calidad, que retrata la sociedad de su época y la realidad de la existencia, a veces de hierro, a veces de seda.

Jamás se dejó poner bozales. Ha sido pintor de su tiempo por encima del bien y del mal

Recuerdo que hace ya muchos años conversé con él sobre el pensamiento oriental y hablamos de los Upanishads, allí donde se lee: “Hazme ir del no ser al ser; hazme ir de la oscuridad a la luz; hazme ir de la muerte a la inmortalidad”.

Siempre independiente, ferozmente libre, por encima de estilos y tendencias, Félix Revello ha sido, lo es todavía, un inmenso pintor ante el que se ha rendido la admiración de los intelectuales más profundos, de los críticos más exigentes.

Féliz Revello de Toro: 'Sumida en el sueño', 1989

Féliz Revello de Toro: 'Sumida en el sueño', 1989 Museo Revello de Toro

Las modas y los modos, que en el último siglo zarandearon las artes plásticas, resbalaron en su maestría sin romperla ni mancharla. Jamás se dejó poner bozales, tampoco mordazas. Incluso durante la dictadura mantuvo su arte en libertad. Ha sido pintor de su tiempo por encima del bien y del mal.

Las llamas de su obra se han hecho brasas. San Juan de la Cruz le tomó de la mano y le condujo al jardín de las espadas muertas, al resplandor que se siente en las profundas cavernas del sentido.

El pintor siempre estuvo donde se derramaban las esencias del amor, allí donde se balancean los brazos de los árboles, el movimiento de las telas, los sueños secretos del crepúsculo.

Caligrafía del fuego, el artista plasmaba en colores pálidos los versos de Aleixandre, mi inolvidado Aleixandre: “Cuerpo feliz que fluye entre mis manos, rostro amado donde contemplo el mundo, donde graciosos pájaros se copian fugitivos, volando a la región donde nada se olvida”

Me ha hecho disfrutar tanto a lo largo de mi vida la pintura de Félix Revello, he meditado tantas veces sobre la profundidad de su arte, que no podía pasar su centenario sin este recuerdo de mis letras, tan desvencijadas ya. En el silencio de su gran pintura sangran las heridas, todavía sin cicatrizar, batallas tantas veces perdidas, lejana y sola la imagen de aquella amada de luto oscurecida.

Pero tal vez no debemos lamentarnos de lo que nos aporta el desafío de las nuevas generaciones en el pico del águila real mientras las campanas doblan, amigo Félix, admirado Félix, sobre el cadáver del tiempo que se va. El incierto “no es nada” del verso de Juan Ramón, no retornará. Ni “las espadas como labios” de Aleixandre. Ni tampoco el temor y el temblor lírico del Lorca asesinado.