Charles Dickens, en una lectura en Boston al comienzo de su segunda gira americana. (1867)

Charles Dickens, en una lectura en Boston al comienzo de su segunda gira americana. (1867) Rubén Vique

Letras

La adicción que mató a Charles Dickens: exhibirse ante multitudes de lectores

Un libro reconstruye la frenética década de exposición pública del autor de 'Oliver Twist', que leía en alto sus obras.

El escritor, ya enfermo, consumía láudano antes de salir a escena.

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Las carcajadas, al parecer, resonaban en todo el auditorio cuando llegaba la escena culminante de la lectura. Solía ser un capítulo de Los papeles póstumos del Club Pickwick, en concreto el treinta y cuatro, en el que, mediante la descripción de la vista de Bardell contra Pickwick, se hace un brutal escarnio del poder judicial en la Inglaterra victoriana.

Portada de 'El suicidio exaltado de Charles Dickens', de Philippe Delerm

Portada de 'El suicidio exaltado de Charles Dickens', de Philippe Delerm Navona

El suicidio exaltado de Charles Dickens

Philippe Delerm

Traducción de José Ramón Monreal
Navona, 2026. 94 páginas. 17 €

La vista resolvía la demanda que la señora Bardell, casera de Pickwick, había interpuesto contra su inquilino. Según la respetable señora, Pickwick había incumplido su promesa de casarse con ella. Esa promesa nunca existió, es solo el primero de los muchos malentendidos de un capítulo hilarante, con un juez y un abogado esperpénticos y una causa a dirimir totalmente disparatada.

Dickens había comprobado cientos de veces que la escena, leída en voz alta, funcionaba bien. Según una espectadora de la época, el escritor mostraba un gran talento a la hora de interpretarla: mientras narraba la aparición del juez, descrito en los términos más extravagantes y ridículos, “su propia personalidad parecía disolverse como por arte de magia”.

En El suicidio exaltado de Charles Dickens, Philippe Delerm (1950) narra con plasticidad, por medio de capítulos breves, cómo esa necesidad patológica de Dickens por exponerse lo acabó matando. Tenía dos lecturas infalibles: el citado capítulo de Pickwick y el asesinato de Nancy a manos de Sikes en Oliver Twist. Esta última escena equilibraba la comicidad de la anterior infundiendo terror en los asistentes.

Como anota Delerm, es curioso que, para el encuentro con sus lectores, Dickens prefiriera siempre estas novelas de juventud –por muy buenas que sean– a las obras maestras que escribió después, como David Copperfield o Grandes esperanzas.

La febril actividad de Dickens se debía a su necesidad de aliviar la “vertiginosa soledad” que sintió desde niño

A lo largo de su vida, Dickens “interpretó” sus textos en cientos de lecturas públicas, casi todas entre 1858 y 1870, que lo fueron extenuando cada vez más. Cada noche, cuenta Delerm, hacía reír y llorar a la multitud: “Cada vez, era una embriaguez. Pero una embriaguez regida por una mecánica precisa y calculada, de la que él dominaba cada entonación, cada mímica”.

Ese cálculo lo animó a incluir puntualmente en el repertorio breves pasajes autobiográficos que conectaban bien con el público: alguna parte de Nicholas Nickleby o de David Copperfield. Pero el repertorio, en esencia, apenas cambió durante aquella década de actividad prodigiosa, más allá de algunas calas en Canción de Navidad.

En principio, Dickens, amante del teatro desde la infancia, leía en público por dinero. Delerm, sin embargo, aventura una razón más poderosa, en cierto sentido dickensiana: su necesidad de aliviar la “vertiginosa soledad” que sintió desde niño. Eso, dice, lo llevó a una actividad febril que, en principio, no necesitaba: sus novelas, publicadas por entregas en periódicos y revistas, le habían convertido en el escritor más leído del mundo y uno de los que más dinero ganaba.

Ejemplifica este rasgo de su carácter la agónica gira por Estados Unidos de 1867-1868. Ya muy enfermo (le quedaban tres años de vida), Dickens pasó todos esos meses en ultramar administrándose grandes dosis de láudano antes de salir a escena, presa de las taquicardias y con horribles dolores en una pierna.

Charles Dickens, hacia 1867.

Charles Dickens, hacia 1867. Jeremiah Gurney/Heritage Auction Gallery

Pese a todo, terminada cada lectura, corría a preguntar por el número de asistentes y la recaudación, y no ocultaba su alegría cuando le comunicaban la asombrosa cantidad que acababa de embolsarse. En una sola noche, en Boston, recaudó quinientas libras; toda la gira americana le reportó treinta mil libras que intentó llevarse íntegras a Londres, sin ceder una sola al fisco estadounidense.

Según Delerm, Dickens, que tuvo diez hijos con Catherine Hogarth, de la que terminó separándose, “tenía fuego para dar y tomar”. Más allá de sus novelas, todas vigentes, este flanco público de su naturaleza le da una gran contemporaneidad.

Todos los que le trataron quedaron impresionados por su capacidad de trabajo, pero también por su alegría de vivir y su encanto. El escritor se dio cuenta pronto de que debía aprovechar ese carisma para impulsar su carrera. “Quiere ser aplaudido, esa es la base de su carácter”, escribe Delerm.

“Es muy coqueto, cuida de sus trajes de hombre de ciudad o más a menudo de elegante y cómodo gentleman-farmer, se mira en el espejo, se peina constantemente, sobre todo desde que su calvicie avanza sin cesar”. Tiene también un lado oscuro que muestra durante su separación de Catherine. Entonces “descubrimos a un hombre de cólera cruel, despiadado, que asombra a sus hijas con su violencia”.

La vorágine de lecturas, la necesidad de ganar dinero debido a sus costosas responsabilidades –pensión alimenticia para su numerosa prole, alquileres de las casas que ocupaba para ocultar su relación con Ellen Ternan, su joven amante– lo empujaron a ese “suicidio exaltado” del que habla Delerm.

En 1868, en un estado físico lamentable, interrumpe la gira americana y vuelve a Inglaterra. Se está quedando ciego, apenas es capaz de pronunciar la palabra “Pickwick”. Ya en su casa de Kent retoma el manuscrito de El misterio de Edwin Drood, que no conseguirá terminar.

La apoplejía definitiva lo sorprende en su escritorio dos años más tarde. La muerte de Dickens, el novelista más famoso de su tiempo, sumió en el luto a toda Inglaterra. Como si contradijera el deseo de multitudes que sintió toda su vida, pidió un entierro discreto y privado, que se celebró en Westminster, de madrugada, en presencia de unos pocos familiares y amigos.