Irene Cuevas con un gatito.

Irene Cuevas con un gatito. Irene Cuevas

Letras

La transformación animal de Irene Cuevas: "Cada vez que sales de un armario tienes que construir tu imagen"

La escritora madrileña publica 'Animal Print', un libro de relatos donde lo salvaje y lo humano intercambian máscaras.

Más información: El esplendor de la imparable literatura 'queer': "No es una identidad, es una forma de ver el mundo"

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"A todas las que tuvisteis que cambiaros de piel para poder ser". Empieza así el nuevo libro de Irene Cuevas (Madrid, 1991), con una dedicatoria precisa y muy dolorosa que anticipa todo lo que viene después.

"No sé si nacemos con una máscara en el mundo que luego nos tenemos que quitar, sobre todo las personas LGTBQ+, para poder entrar en nuestra identidad propia. Yo me he tenido que cambiar varias veces de piel, de hecho, para poder ser no una, sino muchas".

Nos sentamos debajo de un sauce llorón, en el parque del Retiro. Nos quitamos los zapatos y como si nos conociéramos desde hace años, Irene me cuenta todo lo que se esconde detrás de Animal Print (Reservoir Books, 2026).

Desde pequeña ha tenido que mutar, una y otra vez, porque no encajaba dentro de lo que la gente, el mundo o sus padres querían que fuera. Y de eso tratan los cuentos de su nuevo libro.

"Cada vez que sales de un armario tienes que volver a construirte fotográficamente, volver a enseñar esta imagen de ti misma siendo otra". No es suficiente salir del armario una vez: parece que, cada vez, hay que recordarle al mundo que te colocas en aquel "afuera".

Sus amigas la recuerdan siempre con la piel ensangrentada porque, de adolescente, sufría de dermatitis. Hoy lo interpreta como si una parte de su cuerpo estuviera rechazando eso que sentía que tenía que ser. Así nació el cuento Muda. "Yo he sido ese personaje muchas veces", confiesa.

Pervertir la fantasía

Irene atravesó todos los personajes, incluido el de Sirenito. Recuerda el mundo poco inclusivo de la natación de competición en la que participó durante su adolescencia, y el vestuario como ese lugar donde la identidad se derrumba y se construye a la vez: un espacio desprotegido y vulnerable.

"Te da miedo lo que observas y lo que otros vean. Yo era muy tímida con mi intimidad, no quería que nadie me viera. Cuando exploré ese personaje le quise dar mucho de mí".

Portada Animal print.

Portada Animal print. Reservoir Books

A raíz de un artículo periodístico de Rebeca Yanke, descubrió el mundo del mermaiding (nadar con cola de sirena) en España y quiso contar la historia de una "familia de sirenas", pero desde una mirada masculina.

Eligió la perspectiva del hijo porque el entorno de los chicos en ese deporte le parece más violento. Quiso llevar el relato hacia la fisicidad y explorar la agresividad en un deportista de élite que está formando su identidad dentro de un grupo de amigos que hacen la performance de ser muy masculinos.

"¿Qué hago yo con la fantasía del padre?", se preguntó al acercarse al cuento. La pervierto, se respondió. "Me gustaba esa actividad nocturna que hacía él a escondidas, en contra de lo que su padre pensaba que era".

El deseo indómito

Irene relata el momento exacto en que el código empieza a romperse, describiendo el enamoramiento lésbico en la adolescencia con una sensibilidad extrema. Es un deseo que nace envuelto en el cuidado y, a la vez, en el temor a ser invasiva.

"Era una situación conflictiva: si lo muestro demasiado, estoy perturbando un ambiente e incomodando a las chicas que me gustan; y si no lo muestro, nadie se va a enterar de que las deseo. Es el conflicto de todas nosotras".

Es ahí cuando la mirada ajena te etiqueta como depredadora o monstruo. Te lo imponen desde fuera porque te perciben peligrosa y, al final, terminas habitando ese espejo distorsionado, aunque no te corresponda. "Las chicas que van disfrazadas de animales tiernitos son más agresoras que la que se siente incómoda por no querer hacer daño a sus amigas".

Es un juego de identificaciones constante: qué soy con respecto a los otros y cómo me miran. En Animal Print, el sentido de la vista y la mirada están por todos lados: las que miran, las que enjuician, las que se exhiben... Todo tiene que ver con los ojos. Todo es cuestión de perspectiva. "Cuando eres pequeña te van lanzando palabras, y las palabras son muy hirientes porque te forman o te deforman".

El relato Cute Aggression muestra que, debajo de la supuesta monstruosidad, hay una coraza para proteger a ese animal adorable que nadie ha sabido amar. "Te mordiste del puro deseo atragantado", escribe y el personaje empieza a sangrar.

Cuevas habla de un deseo de desmesurada amistad y pertenencia, algo que atraviesa a todas las identidades queer. "Como no perteneces a este mundo, necesitas que te acepten en otro. De adolescente te agarras a cualquier cosa para sentir que formas parte de algo".

En otro de los relatos aborda temas muy delicados como el abuso y el feminicidio. Fue una elección consciente porque vivimos en una sociedad feminicida que ha normalizado estos actos.

Irene Cuevas.

Irene Cuevas. Isabel Wagemann

Mucha gente le pregunta por qué le interesan estos temas tan violentos, y su respuesta es una: son la realidad de todas nosotras. "Somos espectadoras de eso, lo sentimos como si le pasara a nuestra amiga o a nosotras mismas; es una muerte colectiva. Cada vez que muere una, nos matan a todas".

Las protagonistas de ese cuento sobreviven a ver una violación y un feminicidio, pero la frase "no quiero regresar a un lugar donde se vuelva a abrir la posibilidad de aquella noche", sonará para siempre en sus cabezas.

Escribió las dos primeras partes de esta historia hace seis años y no sabía cómo terminarla. El verano pasado fue a Berlín y estuvo en la discoteca Berghain. Al ver aquello tan animal, tan queer, donde la gente se transformaba con sus máscaras, supo cómo iba a cerrar el círculo.

Vio a sus personajes allí consigo: en ese lugar de trance, un purgatorio para limpiar la culpa y la rabia. "No puedes sacarte la culpa, pero por lo menos puedes bailar". Y así lo hicieron.

Sin embargo, uno de los momentos más devastadores del mismo cuento es cuando la protagonista descubre la monstruosidad en su propia casa: su hermano consume audios de violaciones grupales. El enemigo ya no es un extraño en un callejón, sino alguien que se sienta a tu mesa.

Decidió darle esa vuelta porque estaba muy decepcionada con el mundo. "Con casos recientes como el de Gisèle Pelicot, te quedas sin horizonte: cualquiera puede ser un agresor".

Y pensó: en esta historia, ni siquiera un chico ciego va a salvarse de la quema. "Si naces hombre, naces con un privilegio estructural que te empuja a ocupar espacios de dominación. El poder en sí es un lugar de violencias".

Sacudirse de los relámpagos

Todos los cuentos de Irene Cuevas nacen de los títulos. Y de allí sale la primera escena, surgen los personajes y las historias. El libro es un cuerpo y el lenguaje le va dejando marcas.

Se imaginó a una niña andando por la calle con un pijama de leopardo y la siguió. Al principio pensó que la iban a atropellar al ser confundida con un animal real, pero luego surgió el conflicto real: el del deseo y el miedo.

Al escribirlo, se dio cuenta de que era el primer relato que hablaba tanto de ella misma. "Este libro es muy personal, mucho más yo que mi primera novela".

Mientras conversamos, los pájaros se nos acercan sin miedo. Ellos también forman parte de este mundo que estamos intentando dibujar bajo el sauce. "Para mí el feminismo o es interseccional, desclasado, marxista, antirracista y animalista o no lo es. Lo demás es capitalismo haciéndose pasar por feminismo".

Para construir este universo, Irene se dejó inspirar por Suniti Namjoshi, escritora india (y lesbiana) que reescribió fábulas occidentales y orientales en los 80 y 90. Namjoshi explicaba en su prólogo que, al principio, ser feminista era luchar contra los abusos del poder masculino, pero que luego entendió que es estar al lado de los que carecen de poder: otra mujer, una persona del colectivo, un niño, un anciano... o un animal.

Por eso, en todos los cuentos hay animales. Los únicos personajes del libro que no están disfrazados de animales ni se transforman son los más peligrosos y chungos: los violadores y los asesinos salen como humanos.

Como decía Gloria Fuertes, el animal más peligroso es el humano. Para Cuevas, el disfraz o la transformación animal es, paradójicamente, la única estrategia de supervivencia en este mundo.

Después de la tormenta, la culpa y la violencia que atraviesan las páginas de Animal Print, queda en sus personajes la capacidad de sacudirse el dolor y seguir adelante. "Como los animales que se sacuden de los relámpagos", así termina el libro. Sus protagonistas se sacuden las violencias de encima y, por fin, mudan de piel para poder ser.