Scarlett Johansson y Roman Griffin Davis, en una escena de 'Jojo Rabbit' (Taika Waititi, 2019)

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Letras

Baviera, 1933: así detectó una joven inglesa cómo el veneno nazi se inoculaba en la sociedad alemana

Se publican dos traducciones de 'La cruz torcida', novela perdida donde la británica Sally Carson muestra con asombrosa lucidez el modo en que el nazismo modificó la sociedad antes de conducirla al horror puro.

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En 1933, el año en que Hitler alcanzó el poder, Sally Carson, inglesa de 32 años, llegó de vacaciones a Schliersee, un pueblecito de los Alpes bávaros en principio ajeno —entonces como hoy— a los vaivenes de la historia. Se presentó allí con unos amigos, la zona le gustó y decidió quedarse un tiempo.

Mientras paseaba por los alrededores de la iglesia, o cruzaba la plaza del mercado o la calle principal, iba tomando nota de ciertos elementos ambientales que a ella, hija de la democrática Inglaterra, le llamaron mucho la atención.

Apenas un año después publicó Crooked Cross (editada ahora en España, a la vez, por Periférica y Alianza), una novela inverosímilmente lúcida —porque se escribió en tiempo real— sobre lo que estaba ocurriendo en aquella Alemania.

La carrera literaria de Carson fue muy breve. Su primera novela gustó, se vendió y llegó a adaptarse al teatro. En 1936 publicó una secuela (The Prisoner) y más tarde, en 1938, el cierre de la trilogía, A Traveller Came By. En 1941 murió de cáncer de mama.

Mientras Europa ardía por razones que ella advirtió antes que nadie, sus libros apenas despertaron interés, y se leyeron menos aún tras el triunfo de los Aliados. Pero en 2025, un sello inglés, Persephone Books, puso en circulación, tras un hallazgo casual, su primera novela, que conquistó a crítica y lectores. Leída hoy, sorprende, más allá de la calidad, lo consciente que era la autora de la importancia de lo que estaba pasando.

La cruz torcida (sin el artículo en la versión de Alianza, traducida por Ainize Salaberri; la de Periférica es de Jesús González Yumar) muestra, a través de la familia Kluger, cómo el nazismo se infiltró en la cotidianeidad alemana hasta lograr una implantación perfecta que lo hizo prosperar.

Los Kluger, como observa Lexa, la hija a través de la que se nos cuenta la historia, eran una familia normal: “Un padre normal y con bigote, como cualquier otro; dos muchachos normales que eran sus hermanos, y una madre normal con el pelo canoso y la mirada cansada, como las madres de muchos otros”.

En la Nochevieja de 1932, las dichas y desdichas de los Kluger son también las de cualquier otra familia. El padre, veterano de la Gran Guerra, disfruta de una plácida madurez. La madre, ama de casa, batalla con la falta de dinero, pero logra sacar adelante a los suyos.

Helmy y Erich, los dos hermanos, están en el paro. Lexa tiene todo el futuro por delante: se casará con Moritz, un prometedor cirujano del pueblo. Pero en aquellos meses se está gestando un cambio político que les cambiaría la vida a todos, para bien o para mal.

En las calles se perciben ciertos desequilibrios. Hay reyertas, discusiones. “La política. El cuento de nunca acabar. La gente debatía por los rincones y paraban cuando alguien se les acercaba”, escribe Carson. De pronto, una noche, se ilumina la montaña vecina. Todos salen a ver qué pasa. Es una cruz gamada gigante ardiendo en la ladera. Jóvenes entusiasmados celebran la ocurrencia y gritan vivas a Hitler y al partido nazi. Pero aún hay muchos a los que todo aquello les da igual.

Helmy, desde siempre un chico perdido, apocado y con poca personalidad, encuentra su sitio en las filas del partido nazi, “que lo acoge de buena gana”. Después ese partido gana las elecciones y los coloca a él y a otros jóvenes a medida que acapara poder, ganándose así la fidelidad de las familias. Los jóvenes, azotados por una crisis económica insoportable, encuentran un propósito en el partido y pueden culpar a judíos y comunistas de todo lo que les ha ido mal hasta entonces.

En ese momento a Moritz, el prometido de Lexa, lo han echado ya de la clínica donde trabajaba. Aunque es católico, como la mayoría en Baviera, su apellido, Weissmann, tiene resonancias semitas. Aprovechan que ha dado unas charlas al gremio de trabajadores y justifican el despido por sus supuestas simpatías comunistas, que es otra forma de llamarle judío.

El antisemitismo larvado emerge; la familia le cuenta a Lexa lo preocupados que habían estado siempre por la posibilidad de que Moritz no fuese tan católico como parecía. “Estaba claro que los nazis no podrían contar con llevar a cabo todas las propuestas que planteaban —escribe la autora—. Solo una de las promesas que planteaban sería fácil de cumplir: el exterminio de judíos”.

La novela se despliega en su superficie como una historia de amor, la de Lexa y Moritz, contra los elementos. Es la parte más convencional del libro, pero se ve compensada por la finura de la autora para captar eso que solo captan las buenas novelas: un paisaje, un ambiente, en este caso enrarecido, hasta que finalmente se envenena del todo.

Carson recurre a un alter ego masculino, un inglés llamado Michael Reader, para registrar los cambios que ella observó entre sus vecinos de Baviera. Reader había estado en el pueblo un año antes y al volver ahora, con los nazis en el poder, descubre una realidad nueva.

De la “sensación de pobreza” se había pasado al “ajetreo”. “Erich y Helmy entraban y salían con prisa y aires de importancia. El señor Kluger, si bien no estaba de acuerdo con todo, se sentía embriagado por la euforia que se respiraba”. Reader enseguida advierte el éxito que aquel régimen vigoroso ha traído a algunos jóvenes del pueblo y se sorprende de la hostilidad internacional que despierta.

En la novela aparece también algo que resultaría fatal para los perseguidos: la capacidad de adaptarse en lugar de huir mientras pudieron. Así, Moritz “pronto aprendió a distinguir entre las familias que aún se alegraban de verlo y las que preferían no contar con su presencia”. El error de muchos fue pensar que los nazis eran simplemente una moda que pasaría pronto.

La cruz torcida muestra bien la fascinación que despertaba Hitler. En cierto momento, el padre, al fin y al cabo un hombre de orden, manifiesta su negativa a votar a aquel líder histriónico al que muchos consideran un mero alborotador. Su hijo le anima a ir a un discurso antes de las elecciones; el padre se niega: “¿No sabes que, si lo escuchas hablar, durante las veinticuatro horas siguientes creerás cualquier cosa que haya dicho?”, dice a modo de excusa.

El ideal nazi que se propaga entre los habitantes de Kranach (así llama Carson el pueblo de la novela basado en el que ella conoció) es el que precedió al puro crimen, y la autora es capaz de verlo (y mostrarlo) desde la perspectiva de quienes creían en él. No es un mérito menor. Así, Helmy, nazi entusiasta, “tenía en mente la idea de una gran nación donde en todas partes vivieran hombres que pensaran igual, que sintieran una pasión tan intensa y entregada por su país como la que él tenía”. “En el fondo —dice poco después—, todos ellos querían lo mismo: un país estable y en paz”.

La admirable imparcialidad con que Carson retrata a sus personajes tal vez solo fuera posible entonces, antes de que se descubriera a donde había conducido ese ideal.