Miguel Costas durante un concierto. Foto cedida por el autor.

Miguel Costas durante un concierto. Foto cedida por el autor.

Música

Miguel Costas, el músico que sobrevivió a Siniestro Total: "Me veo tocando hasta que me muera o quede impedido"

El incombustible compositor, guitarrista y cantante publica sus memorias, '¡Esas palmas, coño!', una crónica de su vida dentro y fuera de los escenarios.

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Según Miguel Costas (Vigo, 1961), la movida viguesa tiene una fecha exacta de nacimiento y otra de defunción. En el libro de memorias que acaba de publicar el exmiembro de Siniestro Total, aparece incluso la siguiente esquela:


MOVIDA DE VIGO

* Cine teatro Salesianos, 27/12/1981

✝ Pazo Quiñones de León, 21/09/1986

La primera es la fecha del primer concierto de Siniestro Total bajo ese nombre (cuando grabaron su primera maqueta se llamaban aún Mari Cruz Soriano y Los Que Afinan Su Piano). “Hoy mucha gente dice que estuvo allí, pero lo cierto es que no había casi nadie, solo nosotros, nuestros amigos y los de las otras bandas que tocaron”. Suele pasar con eventos que con el paso del tiempo adquieren un aura mítica.

La segunda fecha, la de su muerte, es de cuando a los políticos de Madrid y Vigo se les ocurrió hermanar las dos movidas. “El disparate definitivo. La traca final. El epílogo grotesco”, se afirma en el libro. Para ello, fletaron un tren desde la capital rumbo a la ciudad gallega, en el que iba “una nutrida comitiva representativa de la Movida madrileña”, a saber: Alaska, Carlos Berlanga, Fabio McNamara, Jaime Urrutia, Ouka Leele, el Hortelano, Jesús Ordovás… “Sesenta piezas de museo viviente”.

Como reconoció Ordovás, no pararon de beber en todo el trayecto. “Lo que ocurrió en aquel expreso nocturno Madrid-Vigo solo lo saben ellos. O lo que quede de sus neuronas”, afirma Costas en el libro.

Al llegar a Vigo, algunos ni se tenían en pie, y encima les dieron un bono de 25.000 pesetas a cada uno para gastar en los bares de la ciudad. “La gran bacanal, costeada con dinero público, estaba a punto de comenzar”.

“Lo peor no fueron las anfetaminas ni la coca; eso entraba dentro de lo previsible. El problema fue el desprecio. Cada cual iba a lo suyo, sin el menor interés por la música ni por el dichoso hermanamiento cultural. Fue una juerga de egos”, relata el exmiembro de Siniestro Total y de Aerolíneas Federales —banda que montó en paralelo y que también tuvo éxito en la década de los 80, aunque siempre antepuso su compromiso con los primeros—.

Después hubo un concierto en el que tocaron Los Nikis, Alaska, Gabinete Caligari y Siniestro Total. A la mañana siguiente, cuando estaba programado un desayuno con el alcalde de Vigo en una cafetería de la playa de Samil. La “hilera de zombis borrachos y pasados de todo” se encontró con los políticos de turno, que asistieron atónitos a su desfase. Algunos se despelotaron para bañarse en el mar.

Para rematar, una comida en el Pazo Quiñones de León. “A un lado de la mesa, el Vigo institucional: concejales, esposas y gentes de bien observando a los artistas con la misma fascinación con la que se mira a un tucán. Al otro, los expedicionarios madrileños, que seguían bebiendo cubatas y fumando porros sin el menor disimulo”.

Aquel “fracaso absoluto” acabó con un vaso arrojado por McNamara que impactó en la cabeza de una funcionaria madrileña y hubo que llamar a una ambulancia. O, al menos, así es como lo recuerda Costas.

A cuatro manos

Esta y otras mil anécdotas salvajes recorren el libro, que, por cierto, se titula ¡Esas palmas, coño! Memorias supervivientes de un siniestro total (Roca Editorial) y es de lectura obligada para seguidores de Siniestro Total, de Costas, del punk en español y para todos los interesados en la historia de la música popular en España.

“En realidad, no existía la movida viguesa, lo que pasa es que coincidió que en aquel momento había seis bandas con disco publicado, algo que no ocurría en otras ciudades más grandes como Zaragoza”, afirma Costas al otro lado del teléfono. Nos atiende desde su casa de Escairón, en Lugo, donde vive rodeado de vacas.

Portada de '¡Esas palmas, coño!'

Portada de '¡Esas palmas, coño!'

Costas ha escrito el libro en colaboración con el abogado y periodista Renato A. Landeira, quien, basándose en sus conversaciones grabadas, se ha encargado de la redacción final y de la documentación necesaria para rellenar las lagunas de la memoria de Costas y de espigar algunas citas de compañeros, amigos, productores y periodistas que completan y contextualizan los recuerdos del músico.

También ha sido crucial la “prodigiosa memoria” de la madre de Costas, a quien está dedicado el libro. “Nos ha dado medio libro hecho”, afirma él.

Gracias a que su maqueta empezó a rular por los círculos adecuados en Madrid (Julián Hernández estudiaba allí y supo moverse) y a sonar en Radio 3, al principio Siniestro Total tuvo más fama en la capital que en su propia ciudad.

“Creo que la clave del éxito de Siniestro Total es que nunca buscamos el éxito. Hicimos el grupo para pasarlo bien los fines de semana hasta que un día nos dimos cuenta de que nos dedicábamos a eso a tiempo completo”, recuerda el excomponente de la banda que cosechó éxitos como “Bailaré sobre tu tumba” o “Miña terra galega”.

Lluvia de escupitajos

Por las páginas del libro chorrean los escupitajos que el público del punk les lanzaba en los conciertos. Una moda absurda y asquerosa que se importó del Reino Unido. “Yo acababa con la guitarra llena de lapos; y hay vídeos de Germán con alguno colgando de la boca, era bastante asqueroso”, relata.

“También eran conciertos violentos. A Germán le dieron en la rodilla con una botella y a mí me dieron con un cenicero en un concierto en León y acabé con la cara chorreando sangre. Años después, la chica que me lo tiró vino a pedirme perdón porque se había quedado con la culpa”, recuerda Costas.

En un concierto en Puertollano, a los promotores "se les escapó un detalle demoledor: había sillas", que acabaron volando por la sala. Otro concierto, celebrado por el Ayuntamiento de Madrid en el barrio de Hortaleza, se convirtió en una batalla campal entre rockabillies, mods y punkis. "Recuerdo tocar bajo una lluvia de cascos de cerveza. Se armó tal pifostio que pasé mucho miedo".

Página de '¡Esas palmas, coño!', las memorias de Miguel Costas

Página de '¡Esas palmas, coño!', las memorias de Miguel Costas

Al final, Coppini acabó dejando Siniestro Total. Aunque lo daba todo encima del escenario, en el fondo no estaba hecho para aquellas salvajadas. "Visto con el tiempo, todo encaja: lo raro hubiera sido que no acabara huyendo de aquella mugre hacia el pop pulcro de Golpes Bajos", recuerda Costas, en referencia al grupo que Coppini formó con Teo Cardalda, y donde lo primero que hizo fue triunfar con una canción que había sido desechada por sus compañeros de Siniestro Total: la inmortal "Malos tiempos para la lírica".

“Si Germán no se hubiera ido, no creo que yo hubiera llegado a ser cantante. Me tocó cantar a mí porque era el que estaba delante con la guitarra y Julián [Hernández] estaba en la batería”, recuerda. Con el tiempo, entraron nuevos miembros y Julián acabó cambiando la batería por la guitarra y la voz, de modo que Siniestro Total pasó a tener dos cantantes.

Letras controvertidas

La primera canción que compuso Costas, "Las tetas de mi novia", tenía una letra provocadora, bestia e inconsciente: “Las tetas de mi novia tienen cáncer de mama, por eso no quiero tocarlas. Las tetas de tu novia no tienen cáncer de mama, por eso sí quiero tocarlas”. Ya está. Esto repetido hasta la saciedad, sobre la música de "I’m a Rocket", de los neerlandeses Gruppo Sportivo.

A aquella gamberrada adolescente hoy le lloverían las críticas y la banda sería cancelada ipso facto. “Esa es la canción que más problemas podría tener hoy y, de hecho, ya no la toco en directo”, reconoce Costas.

Hay otras canciones de Siniestro Total con títulos y letras que hoy no tendrían cabida, como “Hoy voy a asesinarte”, “Matar jipis en las cíes”, “El sudaca nos ataca”, “Cuánta puta y yo tan viejo” o “Más vale ser punkie que maricón de playa”. Hoy indefendibles. “De todas formas, creo que el problema de base es que la gente ya no entiende la ironía”, opina Costas.

Después de Siniestro

En 1994, Costas se marchó de Siniestro Total por un cúmulo de motivos, principalmente diferencias musicales y desgaste físico y mental, como detalla en el libro. Pero “en la calle hace frío”. Así titula el primer capítulo de la segunda parte, donde cuenta el vértigo que sintió al verse con 33 años fuera de la banda a la que había dedicado toda su vida adulta.

Mi error fue no empezar una carrera directamente con mi nombre, sino montar un grupo [Los Feliz], por lo que me costó que la gente me reconociera”, relata. Después de aquello sí montó una banda llamada Costas, y con ella sigue, con los mismos músicos que le han acompañado en los últimos 20 años.

En el libro, por cierto, desmiente el mito de que era drogadicto y que eso precipitó su salida de la banda. De hecho, asegura que nunca ha consumido drogas duras. “Hubo todo tipo de especulaciones, pero ninguna real. Fuimos un grupo de cervezas en cantidad, eso no lo niego, pero otro tipo de drogas no nos coincidió. En mi instituto se estilaban los porros, pero después de una mala experiencia con uno, decidí que no más. La gente nos preguntaba si teníamos droga por ser gallegos, pero aunque Galicia fue un centro neurálgico y murió mucha gente, a mí no me tocó de cerca”.

Historia clínica infinita

Costas sigue en activo, a pesar de sus graves achaques. En 1981 se rompió la clavícula en el accidente de coche del que sacaron el nombre para la banda. “Desde entonces no puedo levantar el brazo derecho, así que no puedo cantar el Cara al sol”, bromea.

También tiene varias hernias discales de cargar con guitarras muy pesadas; primero su Yamato japonesa, con la que grabó casi todos sus discos con Siniestro Total y que estuvo pagando a plazos durante un montón de años, y luego la Gibson Les Paul, hasta que se pasó al modelo SG, más ligero.

Miguel Costas durante un concierto. Foto cedida por el autor.

Miguel Costas durante un concierto. Foto cedida por el autor.

Pero lo peor es el pie. En 1990 se rompió el hueso calcáneo durante una prueba de sonido en Bilbao. “En 2023 se me infectó y casi me mata. Desde entonces ando jodido, casi siempre con una muleta”, afirma. Y hace años también sufrió una peritonitis que casi le manda al otro barrio. “El médico me dijo que si hubiera llegado cinco minutos más tarde al hospital, no lo habría contado”, asegura.

En el plano personal, también ha atravesado momentos duros que aparecen en el libro. En el libro cuenta la muerte de su padre cuando él tenía 18 años, la de Coppini en 2013 y la de su segunda mujer, Pilar, en 2019. El problema fue el hígado en los tres casos, y quizá los tres se podrían haber salvado si hubieran enfermado unos años después. "Y ahora estaríamos aquí los cuatro, discutiendo sobre cómo restaurar ese viejo horno de pan".

A pesar de todo, Costas sigue adelante. El próximo 4 de julio actuará en Noia (A Coruña) y el 8 de agosto, en las fiestas de Sada (en la misma provincia), . Cree que morirá con las botas puestas, lo que en el mundo del rock significa con una guitarra colgada, encima de un escenario. No le queda otra. “Me veo tocando hasta que me muera o hasta que quede impedido. A los autónomos nos queda una mierda de pensión. Además, no sé hacer otra cosa”.