Gonzalo Celorio. Foto: Archivo del autor

Gonzalo Celorio. Foto: Archivo del autor

Letras

Gonzalo Celorio, Premio Cervantes: "La petición de perdón del Gobierno de México fue un despropósito"

El escritor y profesor de la UNAM es una de las grandes personalidades de la cultura mexicana. Antes de recibir el Premio Cervantes, recorre su vida a partir de sus recientes memorias.

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Anda en medio de un trajín de cuidado. La cercanía de los fastos del Premio Cervantes ha acelerado sus rutinas y disparado el número de compromisos. Aun así, con las maletas abiertas, a medio hacer, se toma un rato para atender a El Cultural, poco antes de volar sobre el Atlántico.

En Madrid será agasajado con pompa y circunstancia. Reconoce sentirse "abrumado" al verse, en la nómina del galardón más relevante de la literatura en español, a la altura de escritores que marcaron su rumbo literario, y puede decirse que también vital, como Carpentier y Borges. De un poema de este último –"Cambridge"– toma el título para su autobiografía, Ese montón de espejos rotos (Tusquets).

Esos añicos son para Gonzalo Celorio (CDMX, 1948) la metáfora perfecta de la memoria, por su naturaleza fragmentaria y aleatoria. Y así desarrolla el relato de su pasado, bajo la lógica caótica con que fluyen los recuerdos. Tantos…

Sus clases en la Facultad de Letras de la UNAM –repletas siempre de alumnos encandilados por su voz baritonal y su rigor expositivo–, su pasión por España (Siglo de Oro, flamenco, exilio republicano…), su querencia por los antros populares del centro de la Ciudad de México (con el Bar León, junto a la Catedral, como principal referencia nocturna: boleros, tequilas y promiscua amistad), su ingrata experiencia al frente de la poderosa editorial de Estado Fondo de Cultura Económica (la biblioteca del sello que abrió en La Habana le puso en el disparadero del Gobierno de Fox), sus múltiples vaivenes sentimentales, sus casas y sus barrios en la "inevitable e inhabitable" megalópolis chilanga (la Roma, Coyoacán…), su familia de apóstatas (dos de sus hermanos colgaron los hábitos para volcarse en la revolución y la academia)…

Celorio, sin duda, puede confesar que ha vivido. Y lo sigue haciendo, claro, a sus 78 años, después de capear un cáncer en la garganta, que, sin embargo, le recortó las facultades vocales ("Se me agota la pila rápido"). Por eso pide responder por escrito. Bien.

Pregunta. Dice que escribir estas memorias, en las que afloran bastantes pasajes de su vida íntima, ha sido como "salir encuerado a la calle".

Respuesta. De manera insospechada, me he dado cuenta de que me he vestido con mi propia desnudez.

P. Para ser escritor, muestra grandes recelos hacia el lenguaje. "Distorsiona lo que se propone retener en la memoria", afirma. ¿Al releer Ese montón de espejos rotos constata que ahí está 'la verdad' de su vida?

R. El lenguaje no es la realidad, pero es la mejor manera, si no la única, que tenemos de aproximarnos a ella. Y, al mismo tiempo que nos permite conocerla así sea de manera sucedánea, nos impide aprehenderla en su totalidad. Sí, creo que en Ese montón de espejos rotos, como su nombre lo indica, hay fragmentos que reflejan con la mayor nitidez posible algunos pasajes más o menos significativos de mi vida.

P. Al hilo de esto, es curioso cómo relata su salida forzada de la dirección del Fondo de Cultura Económica en 2002. Cuenta que prefirió reconstruir aquellos dolorosos hechos sin echar mano de las notas que había tomado mientras sucedía. ¿Por qué confió más en la memoria que en las 'actas propias' de su cese?

R. No es que haya confiado más en mi memoria que en esas notas escritas al filo de los acontecimientos, sino que el acto de recordarlos sin esa prótesis y con más espontaneidad iba más a tono con el espíritu del libro, que no es una autobiografía, sino una sucesión de remembranzas.

Las notas que tomé podrían ser más objetivas, pero en este libro, que forma parte de la literatura del yo, quise darles cabida a las apreciaciones subjetivas de los momentos vividos, porque, por paradójico que parezca, la subjetividad es parte sustantiva de la realidad.

P. Aquel episodio evidencia las dialécticas entre cultura, política y economía. Es usted una persona que ha tenido encomendada la gestión de cargos muy relevantes en la vida cultural mexicana. Aparte de en el Fondo, en la UNAM y la Academia Mexicana de la Lengua. ¿De qué debe cuidarse uno sobre todo cuando ostenta el poder?

R. Lo primero es cuidarse de uno mismo, de que tus principios y tus objetivos no se vean adulterados por la adulación o por la ineficiencia de los subordinados; lo segundo, que es más importante escuchar que ordenar, y lo tercero, que las tareas de coordinación no deben sobreponerse verticalmente a las funciones directivas de los colaboradores.

"México necesita un sistema educativo más riguroso, menos atávico con respecto al nacionalismo y más abierto al mundo"

P. Ese montón de espejos rotos muestra una existencia consagrada con fervor a la cultura. ¿Cómo resumiría el efecto benéfico que insufla esta en la sociedad?

R. Me parece que hay que atender simultáneamente dos frentes de la misma importancia, el de los creadores y el de los receptores de la creación. No basta con apoyar a los escritores o a los artistas; hay que formar lectores y crear públicos capaces de recrear la creación artística.

P. Una vez, paseando por las instalaciones de la UNAM, un egresado de sus aulas me decía que representaba seguramente el mayor logro de integración y vertebración social de Latinoamérica. ¿Hasta qué punto está de acuerdo con tal afirmación?

R. Concuerdo con ella plenamente. La UNAM es la institución mexicana que ofrece la mayor movilidad social del país. No puedo saber si es la más solvente de Latinoamérica en ese renglón, lo que sí puedo decir es que la UNAM tuvo desde sus orígenes una vocación social muy firme, que incluyó a todo el continente. Así queda de manifiesto en su propio escudo, que contiene el mapa de Latinoamérica.

P. En su libro rememora lo gratificante que fue llegar a este campus y encontrar, aparte de compañeras del sexo femenino por fin, a estudiantes de clases sociales diversas. Importante esa mezcla, ¿no?

R. Por supuesto, y no sólo por la diversidad en lo que se refiere al género y a la clase social; también por lo tocante a la ideología, la religión, la nacionalidad.

P. ¿Qué necesita México hoy, aparte de su UNAM, para avanzar en ese progreso y vertebración social?

R. Una mayor igualdad económica, sin subordinación a imposiciones políticas dogmáticas y paternalistas, una igualdad también entre hombres y mujeres en un contexto en que todavía priva la violencia y el machismo, y un sistema educativo más riguroso, menos atávico con respecto al nacionalismo y más abierto al mundo.

P. ¿Cómo ha vivido, por cierto, las fricciones de los últimos años a propósito de aquella polémica exigencia de López Obrador al rey Felipe VI?

R. Desde que surgió esa solicitud de perdón en 2019, manifesté en el VIII Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Córdoba, Argentina, que me parecía un despropósito del Gobierno mexicano exigir al Estado español perdón por los abusos cometidos durante la Conquista en un país que aún no era México cuando España aún no era España, hacía medio milenio.

"Los Siglos de Oro representan la cima de la literatura de nuestra lengua, cuando España adquiere su identidad"

»Hay en esa solicitud una actitud retrotópica que siente nostalgia por un paraíso perdido que nunca existió en cuanto tal y que no acaba de asumir la parte dominante de su identidad, sin la cual México simplemente no sería México.

P. El exilio español contribuyó en gran medida en su formación intelectual. Tuvo varios profesores (Luis Rius, Gloria Caballero…) que procedían de aquel éxodo. ¿Cómo resumiría su impacto en México?

R. Determinante. No hay área de la cultura, incluyendo en ella la academia, el arte y la difusión, en que el exilio español no haya dejado su benéfica impronta: la poesía, la música, el teatro, la investigación científica y humanística, las tareas editoriales y de divulgación. Mi vida, en muy alta medida, ha estado marcada por el exilio, como lo escribí en un opúsculo titulado con un verso de Pedro Garfias, Un río español de sangre roja. Los profesores del exilio republicano nos enseñaron dos cosas que no siempre van juntas: el rigor y la tolerancia.

P. Lo suyo por la historia de España (en particular por el Siglo de Oro) es "pasión". ¿Por qué le atrae particularmente este periodo?

R. Mi caso no es nada excepcional. Los Siglos de Oro representan la cima de la literatura de nuestra lengua, cuando España adquiere su propia identidad, como resultado de la confluencia de tantas y tan diversas culturas en la suya.

"Los profesores del exilio republicano nos enseñaron dos cosas que no siempre van juntas: el rigor y la tolerancia"

P. También se enganchó a España por la vía del flamenco, al enamorarse de una bailaora. De su mano se adentró en las 'jonduras' de Antonio de Mairena, El Lebrijano, Manuel Agujetas… ¿Sigue escuchando flamenco?

R. No con la devoción de antaño, pero puedo decir que sentí vanidosamente como si el disco de Diego 'El Cigala' y Bebo Valdés hubiera sido grabado para mí en particular. Es el concilio brillante del flamenco, el bolero y la reminiscencia habanera del piano, ¿qué más puedo pedir?

P. Evoca su 'vida golfa' en los antros de Ciudad de México. ¿Considera aquellos tugurios, en los que se doctoró como ANTROpólogo, una segunda universidad?

R. No en términos académicos, desde luego, pero sí en términos vitales. Gracias a estas 'prácticas de ciudad', pude conocer mejor la sociedad en la que vivo y descubrir facetas ignotas de la condición humana.

"Espero sobrellevar los fastos en buenas condiciones físicas, porque todavía no logro que el espíritu aterrice"

P. En estos locales, en particular en el Bar León, escuchaba sobre todo boleros, un género que salió de España y cobró nuevas formas en América, sobre todo en Cuba. Qué bello proceso de sincretismo musical, ¿no?

R. Sí, musical y cultural.

P. ¿Qué bolero diría que refleja mejor este momento de su vida?

R. Se me olvidó que te olvidé, de la compositora y vocalista Lolita de la Colina.

P. Ganar el Cervantes le ubica a la altura de Paz, Fuentes, Bioy, Borges... ¿Qué tal se encuentra en ese olimpo?

R. Abrumado.

P. Imagino que ya tiene muy avanzado el discurso. ¿Por dónde lo quiere encaminar?

R. Si se tratara de un poeta, a nadie le parecería extraño que hablara en su discurso de su propia poética. Pero la literatura del yo también se ejerce en la prosa: en la novela, en el ensayo y por supuesto en las memorias, que son los géneros en que mi literatura ha querido perseverar. Así que hablaré de mi "poética narrativa". Por supuesto que también me referiré a la vigencia de Cervantes en la literatura de nuestra lengua –su lengua–.

P. Anda con las facultades canoras algo tocadas por un cáncer en la garganta del que afortunadamente salió adelante. ¿Cómo afronta el horizonte de unos días de socialización tan intensa, en los que recibirá múltiples agasajos y deberá tomar la palabra con frecuencia?

R. Con preocupación. La voz que tengo, de suyo disminuida y pedregosa, se me acaba como si fuera de pilas. Y me cuesta mantenerla audible sobre todo en lugares abiertos o populosos. Hay quienes me aconsejan que no hable mucho para no desperdiciarla, pero un foniatra me acaba de decir que es mejor ejercitarla lo más posible para que se fortalezca, así que no sé bien qué es más conveniente.

P. ¿Qué es lo que más ilusión le hace de los fastos que se avecinan?

R. Que los pueda sobrellevar por lo menos en buenas condiciones físicas, porque todavía no logro que el espíritu aterrice.