Gregor Von Rezzori. Foto: Beatrice Monti

Gregor Von Rezzori. Foto: Beatrice Monti

Letras

Gregor von Rezzori, el pícaro de los Balcanes que vio a Hitler entrar en Viena

'Tras mi rastro', la autobiografía que el escritor alemán terminó poco antes de morir en la Toscana, es la revisión irónica, ácida y despiadada de su vida.

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Lo ocurrido el 12 de marzo de 1938 aparece en dos de sus grandes obras: Memorias de un antisemita y La muerte de mi hermano Abel; en la primera, según el propio autor, revestido de "falsa vivencia personal"; en la segunda, bajo la piel de una novela.

Tras mi rastro

Gregor von Rezzori

Traducción de José Aníbal Campos
De Conatus, 2026
405 páginas. 23,90 €

Pero faltaba la experiencia de Gregor von Rezzori (1914-1998) aquel día, el día del Anschluss, cuando Alemania, cumpliendo lo que todo el mundo sabía que iba a cumplir, derribó la "talanquera fronteriza" que lo separaba de su hermano sureño y se lo anexionó. En ambos libros, Rezzori describe la llegada de Hitler a Viena y su discurso en la Plaza de los Héroes. Pero omite un detalle esencial: dónde estaba él.

Y sorprende comprobar que, como en tantas otras ocasiones históricas, el escritor andaba pululando entre la multitud, a escasos metros del aspaventero dictador.

Sin un gramo de grandilocuencia, Rezzori despacha la visión en sus memorias con un comentario en apariencia banal, pero que encierra la banalidad misma del personaje: "Lo único que me vino a la mente entonces, y a lo que aún hoy no sabría añadir nada más, es que su aspecto era exactamente igual al de las fotos".

La muchedumbre, añade, se habría arrodillado con idéntico fervor religioso ante una foto del Führer: "La magia no residía en la persona, sino en su imagen".

Los editores españoles de Tras mi rastro, las memorias de Rezzori, comparan el libro con El mundo de ayer, de Stefan Zweig, aunque cuesta ver similitudes claras entre uno y otro. El de Rezzori, si acaso, sería el reverso irónico del de Zweig, y en parte por su desencanto ("soy un colérico melancólico", dice el autor) recuerda antes al Joseph Roth más sublime, el de las caricaturas.

Todos recorren, eso sí, escenarios parecidos, aunque los apuntes de Rezzori llegan mucho más lejos, siquiera temporalmente: este escribe las últimas páginas en 1997, un año antes de morir, aunque en realidad todo concluye ocho años antes, con la caída del Muro de Berlín, o incluso treinta años antes, cuando Rezzori se instala en la Toscana y a partir de entonces vive feliz y, por tanto, sin mucho que contar.

Más allá del anecdotario –casi inverosímil: nuestro autor vivió la caída del Imperio austrohúngaro en su Czernowitz natal, presenció, como se ha dicho, el Anschluss, pero también la noche de los cristales rotos en Berlín y los juicios de Núremberg como periodista–, estas memorias propician el reencuentro con un escritor de veras único, capaz de transmitir el pavor de un niño de la Bucovina mediante la descripción de las manos temblorosas de su niñera abrochándole los botones para huir de los soldados que van a ocupar su casa.

Él mismo reconoce el recurso de la ironía en aras de su propia salvaguarda: no tuvo una vida fácil, pero, cuando uno la lee, intuye que se lo pasó muy bien. Su obra, al igual que su actitud ante la vida, siguió, según confesión propia, esta frase de Chesterton: "Los ángeles pueden volar porque se toman a la ligera".

No tuvo una vida fácil, pero se lo pasó muy bien. Carrère y Javier Marías han reconocido su magisterio

De ese modo, desnudo de toda solemnidad, analiza sus días, desde el consabido trauma del internado a la separación con sus hijos. El relato de su etapa escolar, con ataques furibundos a la pequeña burguesía criminal que abriría los brazos a la "rozagante Germania", deja grandes momentos de arbitrariedad y bilis bernhardiana: "El único intelecto desplegado en las escuelas austriacas fue aquel que contribuyó a arrastrar a las fosas comunes a toda mi generación".

En otro momento, cifra la contribución austriaca al Reich milenario en la purga de judíos "con un entusiasmo, una bajeza y un sadismo ejemplares". Otros blancos de sus críticas son, por supuesto, la propia Alemania (que, con su rechazo, lo empujó por la senda de la ironía, "irritante para el lector medio alemán", pero el único recurso que le quedaba para no caer "en la sátira malvada") u Occidente en general, con su arrogancia civilizadora, según él incapaz de llevar a sus colonizados nada más que "inodoros o tranvías eléctricos".

La parodia de la cursilería ("lo que me impide mojar ahora la pluma con la que escribo en la sangre de mi corazón…"), la mencionada distancia irónica, la mezcla de sofisticación y trazo grueso, la irreverencia hacia los tótems de la cultura alemana: todo lo que enriquece su narrativa está aquí, en descarnada primera persona.

Mujeriego, dandi, insolente, Rezzori fue amigo de Brigitte Bardot, marido de la actriz Hanna Axmann, y toda su vida se rodeó de mujeres atractivas, algunas casadas, a las que nunca conseguía tratar bien del todo (y de las que a menudo vivió). Terminó sus días junto a la galerista Beatrice Monti, con quien levantó un "refugio cultural" en plena Toscana.

A su primera mujer, madre de sus tres hijos, le dedica comentarios vitriólicos y la acusa de eso que hoy llamamos alienación parental. Pero en ningún momento oculta su condición de "marido terrible". No en vano, el nacimiento de su hijo menor –lo cuenta él mismo– apenas distó unos días del de la hija que tuvo con una amante.

De Carrère a Javier Marías, muchos han reconocido su magisterio. Su luz en nuestro país, después de la publicación de La gran trilogía en 2009, parecía apagada, y solo se recuperó un poco en la década siguiente, con las ediciones de La muerte de mi hermano Abel y Caín, gracias al empeño de su traductor, José Aníbal Campos, que hace en estas memorias un prodigioso trabajo de mímesis con la prosa libre, llena de gracia, de este "pícaro de los Balcanes".

En principio, Rezzori no estaba en absoluto destinado a ser uno de los escritores principales del siglo XX europeo. De niño, en su Czernowitz natal (ciudad asimismo de Paul Celan), le gustaba más dibujar y salir de caza que leer o escribir.

Y a la literatura –para la que conservaría siempre la habilidad del fino retratista– solo llegó por accidente y necesidad, y al principio prestó su pluma a "banalidades" que le pedían las revistas y a la novela por entregas. Pero, como repite en el libro, "el acontecer acontece con uno y por encima de uno"; es decir, hay poco que hacer, salvo dejarse llevar y "ser vivido".