Natalia Ginzburg. Foto: Agnese de Donato/Lumen.

Natalia Ginzburg. Foto: Agnese de Donato/Lumen.

Letras

Natalia Ginzburg en dos novelas breves: la grandeza de deslumbrar desde lo pequeño

Lumen recoge en 'Familia y Burguesía' dos obras de la autora italiana donde explora la fragilidad y la desorientación contemporánea con su lucidez habitual.

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Hará más o menos una década, Natalia Ginzburg (Palermo, 1916 - Roma, 1991) devino una especie de moda en el mercado literario español y este se puso a publicarla sin orden ni concierto. Esto, típico por estos lares, suele enmendarse con introducciones críticas de verdad y un poco de contexto. Ginzburg alcanzó reconocimiento literario en su país en 1963 con Léxico familiar, una novela que no lo era. Acto seguido se dedicó a la escritura teatral y hasta 1973 no regresó a la ficción en prosa. Lo hizo con Querido Miguel, donde sus personajes se veían condicionados por la incomunicación entre generaciones y todas las resacas del 68 italiano, más cruento que el archiconocido mayo francés.

Familia y Burguesía

Natalia Ginzburg

Traducción de de Flavia Company. Lumen, 2026. 144 páginas. 19,90 €

En 1977 apareció Familia, que, en la mejor tradición de la escritora, tuvo un parto breve, de poquísimos meses. El volumen se dividía en dos nouvelles, Familia y Burguesía, intercambiables entre sí a partir de una estructura de pequeños y no tan sutiles vasos comunicantes. En España se ha optado por incorporar las dos en el título, es una decisión cuando menos osada.

El protagonismo de ambas recae en grupos alienados dentro y fuera de sí mismos. En Familia la descomposición del clan, que activa la búsqueda de uno que lo reemplace, corre a cargo de Ivana y Carmine, profesionales liberales que vivieron su amor, tuvieron una hija fallecida y se separaron sin mucha acritud.

Su actitud ante la vida es la de tomar los hechos y las amistades de golpe, casi como si fueran incapaces de asimilar el contenido de circunstancias y personas al estar inmersos en la vorágine de lo contemporáneo. Por lo tanto, piensan poco, cultivan un carpe diem desesperado sin saberlo e intentan solucionar la cotidianidad sin mayores traumas, hasta que sobreviene uno de gran calado y cae un telón de hielo.

Todos los personajes de Familia, al igual que los de Burguesía, son voces esparcidas en el espacio urbano de Roma e interiores desdibujados al importar la conciencia de sus ocupantes, almas inmersas en un caos muy realista, lleno de lo que podríamos denominar épica de la normalidad.

Esta permea toda la segunda nouvelle, quizá más deudora de esos años 70 de incertidumbre y malestar. Ilaria es una escritora que obtuvo gloria tiempo atrás y guarda su triunfal novela en los armarios de su piso. Sus vecinos son amigos y familiares gracias a la pujanza inmobiliaria de su hermano Pietro, quien hace y deshace en esa colmena poco colaborativa. Cada generación aguanta su trauma, así como todos los implicados, que navegan por la existencia en busca de una brújula capaz de arreglar su desorientación.

Estas novelas intercambiables muestran cómo, en su sencillez, la grandeza de Ginzburg deslumbra más desde lo pequeño

En ambas novelas cortas asistimos a un mundo en proceso de redefinición. La clase social de Ginzburg se hallaba por aquel entonces en ese extraño limbo de comprender los efectos de una guerra civil entre hijos y padres. Los primeros quisieron comerse el mundo y fueron engullidos, mientras los segundos tuvieron miedo de quedar trasnochados, volviéndose ridículos al aferrarse a una modernidad demasiado líquida.

Este desbarajuste colectivo es una de las claves del libro que, sin embargo, tiene múltiples niveles de lectura. Uno de los más fascinantes sería revelar las pequeñas migajas de pan autobiográfico que surcan su camino, más invisibles que la impronta de un estilo sin duda inimitable.

A primera vista Ginzburg puede resultar de una inocencia algo desquiciante. Para remediar esa sensación no está de más recordar su participación activa en la política, la lucidez de sus ensayos y, como decía el crítico Domenico Scarpa, la virtud de permitir leer sus palabras como si fueran las piedras de los claustros del cristianismo antiguo. ¿Por qué? Porque en su sencillez la grandeza deslumbra más desde lo pequeño.